Optimismo

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En mucho, el desencanto de los últimos tiempos es consecuencia del optimismo con que se quiso presentar la transición política del fin de siglo. No fue sólo la descarada demagogia de la campaña del año 2000, sino el clima general, que todavía domina en la opinión pública. Durante diez años vivimos en el entusiasmo de la “transición a la democracia”: todo era visto bajo esa misma luz, todos los conflictos, las protestas, también las reformas institucionales significaban un avance. Además estaba, está todavía, un inconmovible prejuicio progresista, la idea de que el futuro es siempre mejor. No se puede decir, no se puede ni pensar que hayamos vivido en realidad un proceso de desintegración política.

Lo malo no es el engaño. Para vendernos su mercancía los políticos tienen que asegurarnos que lava más blanco. Lo malo es que ellos mismos se creen lo que dicen, lo malo es que de verdad son así de optimistas. Están convencidos de que no se puede ir marcha atrás y que, en lo fundamental, el país va a seguir en paz: por eso apuestan fuerte, arriesgan, juegan a tensar las cosas. Nos proponen ahora, para completar la transición, la más disparatada colección de reformas económicas, fiscales, electorales, con promesas tan extravagantes que cuesta tomárselas en serio; sólo se les ocurre compararnos con Estados Unidos, Francia o España, porque están convencidos de que es el futuro al que llegaremos fatalmente, dentro de poco. Ni por error se fijan en lo que sucede en Bolivia o Colombia, no digamos ya en Liberia, Pakistán o Argelia. Eso no puede suceder aquí.

La semana pasada, un grupo de diputados pidió que se iniciara un juicio político para destituir al presidente Lucio Gutiérrez, en Ecuador; tienen suficientes votos para abrir el procedimiento, aunque no llegan a la mayoría que la constitución requiere para remover al presidente. Es un caso más. En la última década han sido defenestrados Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Abdalá Bucaram en Ecuador, Alberto Fujimori en Perú, Fernando de la Rúa en Argentina, Gonzalo Sánchez de Lozada en Bolivia. Como síntoma, tiene su interés. Dice que la autoridad política es bastante precaria en nuestro continente. No hay golpes militares como en otro tiempo, pero no es mucho más sólido el poder civil. El único que parece capaz de mantenerse contra viento y marea, y ha padecido vientos y mareas, es Hugo Chávez: otro hecho que conviene tener presente.

Nada de eso significa que haya fracasado la democracia. El problema no es del orden jurídico. Prácticamente en todos los casos se ha destituido al jefe de Estado con procedimientos más o menos legales, o se ha reconstruido el orden de representación legal en poco tiempo. Las crisis –son muchas- manifiestan un proceso de descomposición social que lleva veinte años y que hace imposible una integración política de mínima coherencia. Los estados de la región han sido siempre débiles: cada vez más, parecen estar huecos. Han cedido todos los instrumentos de política económica, carecen de recursos para poner en práctica cualquier política social, no pueden ofrecer ni siquiera una razonable seguridad pública. Hay en casi todas partes los indicios de una guerra civil dispersa, enconada, sin dirección, una guerra civil irreconocible, hecha de motines, asaltos y balas perdidas, mezclada de narcotráfico, mientras la clase política hace equilibrios para sostener un sistema representativo que no consigue credibilidad. Los votos no son nada.

¿Estamos muy lejos de eso? Pienso en los muertos del narcotráfico y en todos los demás, en las balaceras de la campaña de Oaxaca o Puebla, pienso en los conflictos agrarios que ya no le importan a nadie, pienso en el extravío del presidente, en la absurda falta de coordinación del gabinete. También pienso en la espectacular defensa de René Bejarano, hace unos días: un caso que sería muy menor, si no estuviera asociado al único futuro que puede imaginar el PRD. Eso es hoy por hoy la política en este país. No hablo de lo que dijo en la cámara, que por caridad puede pasarse por alto, sino de todo lo que ha dicho antes y después. A poco que uno se distraiga, se pierde el hilo de las explicaciones: lo que queda es que hay conversaciones y cartas, reuniones secretas, películas, facturas, extraños documentos que uno no sabe de dónde salen y que muestran a toda la clase política –toda, no se salva nadie- metida en negocios inconfesables. Todos se conocen, se hacen favores y se traicionan, intercambian maletas de dinero. No está mal como defensa decir que todos son iguales, contribuye a atrincherar en el cinismo a los partidarios de López Obrador. La imagen que se queda es la de un liderazgo como el de los países africanos de más trágica historia: un liderazgo faccioso, irresponsable, abusivo, oligárquico, absolutamente ajeno a la gente que sólo mira con infinito asco.

No sería mala idea moderar el optimismo, en vista de lo que hay. Dejar de mirar el futuro fantástico que sería, si fuésemos los Estados Unidos, y ver el modo de evitar que este país se parezca cada vez más a Colombia, a Argelia, a Liberia. Ya no se trata de que el futuro sea maravilloso, sino que no sea catastrófico.

La Crónica de hoy, 10 de noviembre de 2004