Otra batalla

Etiquetas: ,

La noticia es de hace algunos meses. Igual podría haber sido de ayer, podría ser del año que viene. Un grupo de estudiantes del CCH Azcapozalco decidió ocupar de manera permanente un salón. Intimados por las autoridades, se rehusaron a desalojarlo. La bronca terminó con el director descalabrado y una veintena de estudiantes ante el Ministerio Público. Nada nuevo, nada muy notable. Y acaso eso sea lo más interesante.

Tomo la noticia de la página informativa del Movimiento Estudiantil Revolucionario Internacionalista. Conservo la sintaxis. “Otra actividad muy importante para el día de hoy era la toma de un salón para que fuera ocupado como Cubículo de Trabajo Estudiantil y donde el CGR se pudiera reunir y tomar decisiones en pro de la comunidad del CCH… Se realizó un documento donde se le informaba a las autoridades que se había tomado el espacio… A los pocos minutos acudieron autoridades queriendo que se desalojara el espacio… incluso nos ignoraron cuando les preguntamos si acaso ya habían leído el documento, después de mucho insistir contestaron que no, no lo habían leído. Se les contestó que primero lo leyeran y después argumentaran todo lo que quisieran pero que el espacio ya era de los estudiantes y nada los haría cambiar de opinión”. Llama la atención el ánimo desafiante, el autoritarismo típicamente adolescente: argumenten lo que quieran. También la hostilidad hacia las autoridades, que desde luego no forman parte de la comunidad del CCH.

El motivo de fondo, que justifica el movimiento, es que la “Rectoría [de la UNAM] está coludida con la SEP para reducir el nivel y la calidad de nuestra máxima casa de estudios para formar mano de obra barata que sólo sirva para ser explotada en las grandes empresas trasnacionales”.

Sigue, en la misma página, una crónica del desalojo. De nuevo, conservo la ortografía y la sintaxis. “YA A LAS DIEZ DE LA NOCHE LAS AUTORIDADES DEL PLANTEL COMENZARON A VIOLENTAR A LAS PERSONAS QUE SE QUEDARON RESGUARDANDO EL ESPACIO… AL SUFRIR LA VIOLENCIA POR PARTES DE LAS AUTORIDADES LA BANDA RESISTIENDO EN SU AUTODEFENSA AVENTO UN TUBO AL AZAR SOLO PARA DISPERSAR A LOS OPRESORES Y SIN QUERER EL TUBO DESCALABRO AL DIRECTOR DEL PLANTEL, EL DIRECTOR AL SER LASTIMADO INCLUSO DESDE ANTES… COMENZO A AMENAZAR… Y AHORA EL DIRECTOR ADEMAS DE EXPULSARLOS LOS QUIERE DEMANDAR”. Imagino que escriben todo con mayúsculas porque están en la idea de que las mayúsculas no se acentúan, y así se ahorran el trabajo de pensar en eso. Tiene su interés la redacción porque son muchachos que estudian preparatoria. Y no deja de ser simpático que se lance un tubo “al azar” y descalabre al director “sin querer”; son revolucionarios, pero no tenían intención de lastimar a nadie. Mucho menos partirle la crisma al director.

Me quedo con algunas palabras: violentar, resguardar, resistencia, autodefensa, opresores. Por supuesto, resultan incongruentes. Sin embargo, no es trivial que puedan decir con esa naturalidad que las autoridades de la escuela en la que estudian son los opresores. Los muchachos están viviendo la revolución social en ese espacio protegido que es la escuela, donde es una monstruosidad que alguien piense siquiera en una denuncia penal. Las fronteras son tenues y problemáticas: hay una violencia verbal que busca otros objetivos, hay una violencia física que se querría que no fuese violencia.

Es una tradición ya perfectamente establecida que haya en la UNAM y en las preparatorias un “movimiento estudiantil” de resistencia más o menos permanente. El propósito no importa. Para una parte no despreciable del alumnado estar en la preparatoria o en la universidad implica participar en un movimiento de protesta. En un taller de reparación de coches, en una planta industrial eso no sería posible y no tendría sentido. Las escuelas permiten la revolución permanente. Incluso invitan a la revolución permanente. Y no estaría mal que nos preguntásemos por qué.

También es normal que los estudiantes ocupen espacios en los edificios escolares para actividades políticas y culturales “en pro de la comunidad”. Algo dice esa necesidad de “espacios”. De nuevo: tendríamos que intentar entenderlo. Sigue, en la misma página, un encendido diálogo entre los estudiantes. Unos dicen que el salón “sólo lo quieren para drogarse” o para “vender dulces y cigarros”, otros dicen que se trata de “abrir el espacio a mas compas, ademas de boicotear a las transnacionales”. El problema es el espacio. Estudiar, hacer la revolución. Muy probablemente son hoy una minoría los revolucionarios, pero siempre hay algo de ese clima, ese lenguaje, esa tensión moral en la educación superior.

Me conmueve una nota, hacia el final de la discusión: “Yo entro a clases y eso no cambia al país, me están preparando solamente para trabajar a los empresarios. YA BASTA!”.

La Razón, 17 de octubre de 2009