Otra violencia

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Leo en el periódico una noticia un poco confusa sobre desórdenes urbanos en Argentina. Se trata de un par de manifestaciones violentas de los últimos días, encabezadas por los grupos que se llaman de piqueteros. Según dice la nota, son activistas “de extrema izquierda” que diariamente organizan protestas: cierran carreteras, estaciones de trenes, atacan oficinas de empresas extranjeras y extorsionan a los supermercados, exigiendo paquetes de alimentos; como se puede imaginar, uno de los problemas es la actitud que debe adoptar la policía frente a eso, hasta dónde hace falta la serenidad y la tolerancia y cuándo hay que empezar a repartir trancazos. Para no “criminalizar la protesta social”, como dice el presidente Kirchner. Lo de la extrema izquierda no me convence, tengo la impresión de que es un tópico, un resabio de la Guerra Fría, producto de la inercia ideológica que identifica a la izquierda con el desorden y que encuentra que la violencia es lo más izquierdista de la izquierda. No es así. Por supuesto que la izquierda suele exigir cambios, pero no cualquier cambio es de izquierda, ni mucho menos cualquier violencia.

Me llama la atención en particular el aire de familia que se adivina entre los piqueteros de Buenos Aires y nuestros campesinos inconformes de Atenco o de Xalatlaco, los maestros de primaria o los intransigentes líderes estudiantiles que aparecen cada tercer día, apoyando lo que sea, dispuestos a casi todo. Quiero decir: dispuestos a cerrar carreteras y ocupar edificios públicos, romper escaparates, pintar paredes y apalear policías. También entre nosotros hay la idea de que todo eso es de izquierda, tampoco tengo claro que lo sea. Con frecuencia la ocasión de los motines y desórdenes es algún conflicto muy concreto, aunque hay también protestas generales contra la “globalización”, por ejemplo, que llevan ese mismo acompañamiento. No hace falta mucho para ver que esa violencia esporádica y confusa es expresión de una inconformidad más general, igualmente desorientada, que se dirige casi contra lo que sea.

Razones no faltan. Hay que contar la miseria, aunque las más veces no sean los miserables los que protestan así. Hay que contar la desigualdad, la escandalosa concentración de la riqueza y sobre todo la desesperanza, la falta de un horizonte de vida decorosa. Pero también están las causas propiamente políticas. Para el caso mexicano, pienso en dos: la influencia y la libertad de acción de los pequeños líderes, y la crasa ineptitud de los partidos políticos.

La nueva violencia es básicamente desorganizada, no tiene un propósito político reconocible, más allá de la intimidación, no obedece a un programa ni está encuadrada en ningún partido. Tiene su parte de revuelta espontánea, su parte de provocación profesional y de chantaje. Manifiesta una irritación imprecisa, pero también el poder de una multitud de pequeños líderes que necesitan hacerse notar: líderes sindicales, campesinos, caciques de la venta ambulante o del transporte urbano, muchos que antes estaban obligados a negociar lo suyo dentro del PRI y que ahora tienen que hacerse un lugar como sea, muchos también de ese raro gremio mexicano que son los “luchadores sociales”. Son quienes convocan y suman gente y deciden las formas de presión, líderes espontáneos algunos o mafiosos, con buena intención y mala y pésima. Ocupan la calle porque pueden, porque así a veces se consigue algo.

Lo más grave es la ineptitud de los partidos, su incapacidad para construir políticamente los conflictos. Ha habido motines urbanos desde que hay ciudades, no es ninguna novedad. Conflictos va a haberlos siempre. Ahora bien: la tarea de los políticos consiste en dar significado a los conflictos, incorporarlos en esquemas generales de legislación y de gobierno, ponerlos en su lugar en un programa, elaborarlos como parte de un orden de antagonismos claros pero no absolutos. Es eso que en su forma más amplia se llama pomposamente el “proyecto nacional” y que no consiste en hacer grandes frases con ademán de estatua. Por supuesto: para los políticos profesionales lo fundamental es el quítate tú para ponerme yo, pero eso no es todo. O no debería serlo. Su función representativa requiere que esa mezquina ambición personal traduzca una idea política, porque eso es lo que les permite efectivamente dirigir, organizar, protestar o gobernar; es en general una idea abstracta, como ser de derecha o de izquierda, pero tiene que ser lo bastante compleja para incluir un esquema del presupuesto nacional y para incorporar también las causas menudas de la agitación callejera. Eso es lo que no hay. Nuestros políticos tratan de parasitar los conflictos cuando se puede pero ni los comprenden ni pueden darles sentido.

Lo más elaborado que tenemos como construcción política es “el cambio” del presidente Fox o la defensa de “los pobres” del jefe de gobierno López. Apaga y vámonos.

 

La Crónica de hoy, 28 de julio de 2004