Otra violencia

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Circula en Internet una serie de videos en que se ridiculiza a la clase media poblana: son secuencias de fotografías de la sección de sociales de algún periódico, acompañadas de comentarios insultantes. El primero de la serie se titula: “Pipopes, escarnio del país y del mundo” (por lo visto, la palabra pipope es apócope más o menos conocido de pinche poblano pendejo). Son desde hace semanas motivo de escándalo. Han sido vistos por cientos de miles de personas y han provocado respuestas, cientos de comentarios, notas de prensa; una asociación civil poblana, Proyecta 26, ha organizado una mesa redonda para “prevenir que los jóvenes en Puebla pudieran sufrir depresiones intensas por el contenido de la serie de videos”.

En las fotografías hay grupos de jóvenes y adolescentes festejando en restaurantes, discotecas, centros comerciales. Seguramente son poblanos, pero podrían ser de cualquier otra ciudad del país, son los rostros típicos de una sección de sociales: sonríen, se abrazan, saludan a la cámara. Llevan todos ropa ajustada, ellos la camisa casi sin abrochar, ellas escotes abiertos, tirantes, blusas para dejar descubierto el ombligo o acentuar el busto, en un alarde casi ingenuo de sensualidad que es parte de la moda. Y que combina bien con la aparatosa modernidad de los locales. Los comentarios de acompañamiento son de una violencia inaudita. No hacen más que señalar lo obvio: la frivolidad, el exhibicionismo, el gusto por la ostentación, el despilfarro, pero con un lenguaje extraordinariamente violento, soez, homófobo, como no se escucha nunca ni se lee en los medios de comunicación.

Hay réplicas en Internet. Varios dicen que el autor del video debe ser un mesero al que no le dieron propina, otros más dicen que debe ser un indio, llegado de Oaxaca, que por prieto no lo dejaron entrar a la discoteca, alguno dice que debe ser hijo de una puta de esquina. Muchos defienden al hermoso estado de Puebla. En la superficie es un intercambio de insultos, tan desagradable y trivial como otro cualquiera. Tengo la sensación de que hay más.

Nuestras elites han rebasado umbrales de decoro que hasta hace poco hacían impensable una ostentación como la que puede verse hoy. A esa obscena exhibición del lujo corresponde la obscenidad de la denuncia, que ni siquiera trata de disimular el resentimiento. Y la réplica. Lo que hay en Internetes un enfrentamiento de clase en toda su fealdad: sin adornos ni disculpas, feroz. No es lo de menos la violentísima carga sexual del conjunto. El lujo de hoy incluye la exhibición de una sexualidad agresiva, directa, sin complejos, como la de las series de televisión; y el odio de clase produce obsesivamente fantasías de violación. No es agradable de ver.

Internet amplifica y difunde masivamente lo que antes hubiera quedado en una esquina: no conocemos las consecuencias, pero más vale prestar atención porque así se habla en la calle hoy.

Lujo, desvergüenza, sexo, violencia, impunidad: casi se escucha de fondo la voz del gobernador Marín.

 

18 de diciembre de 2007