Otra vuelta, la misma noria

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Hace algún tiempo que nuestros políticos se dieron cuenta de que provocar un escándalo era mucho más sencillo y más rentable que tratar de explicar algo o discutir en público, ofrecer razones. El ejemplo ha cundido. Entre otras cosas porque el escándalo es un recurso que está al alcance de ingenios menos que modestos y no hace falta ni siquiera que haya materia alguna, puede inventarse de cabo a rabo. El resultado es que nuestra vida pública es casi sólo eso, un penoso espectáculo de trivialidades. Donde se mire, lo que hay son filtraciones, insinuaciones injuriosas, la exhibición indecente de secretos sucios que sirve sobre todo para amagar a los enterados. Insisto: donde se mire. El fin de semana pasada fue en la Feria Internacional del Libro, de Guadalajara, con ocasión de la entrega del Premio Juan Rulfo; la viuda y los hijos de Rulfo, junto con un señor Víctor Jiménez, que preside la Fundación Juan Rulfo, anunciaron que habían exigido a los responsables del Premio que dejaran de usar el nombre del escritor. Hicieron el anuncio muy oportunamente, el mismo día en que se entregaba el premio, y lo hicieron a través de la prensa, con una carta y una declaración pública donde todo son alusiones oblicuas, insidias, vagas acusaciones sin destinatario conocido. Me interesa el caso porque es ejemplar.

Ni entro ni salgo en el tema jurídico. No sé si la familia tiene efectivamente derechos de autor sobre el nombre de Rulfo, ni si puede decidir que lo quita y lo pone donde quiere o para qué se usa. Tampoco tiene importancia porque el propósito del anuncio no era procurar que se cambiase el nombre del premio: eso se podría haber hecho en cualquier otro momento e incluso muy discretamente, como cosa burocrática. El propósito era producir escándalo –por eso la fecha, el método, el tono- para perjudicar a la Feria o al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, al Fondo de Cultura, al jurado, y de paso a Tomás Segovia, que recibía el premio.

Por fortuna, Tomás Segovia no necesita a nadie que lo defienda. Es uno de los pocos escritores de talla indiscutible, entre quienes escriben hoy en castellano. No sólo un poeta excepcional, de sabiduría y sentido del idioma muy poco habituales, sino un traductor exquisito y literalmente infatigable, un erudito de los de antes que se maneja con soltura y sentido del humor en las construcciones conceptuales de ahora, también narrador de rara inteligencia, también un ensayista deslumbrante. Corrijo, prefiero ser más preciso: Tomás Segovia es uno de los ensayistas más extraordinarios que ha habido en la lengua castellana en las últimas décadas; su escritura es de una exactitud, una naturalidad y una transparencia que es difícil encontrar en nadie más. Sus artículos de periódico, lo más modesto de su producción, concretamente sus “Cartas cabales” son para que las lea quien quiera aprender a escribir en castellano. Lo dicho: no necesita quien lo defienda.

Pero vuelvo al escándalo, que de eso se trata. La carta que firmó la familia de Rulfo ofrece varias explicaciones. Dice literalmente que el premio “se ha convertido en botín de grupúsculos que sólo buscan el beneficio de sus propios intereses”. La gramática no es la de Juan Rulfo, pero eso es lo de menos. Hay un botín, hay grupúsculos, hay intereses: todo muy sabroso. Para documentar la infamia busco la lista de los que han recibido el premio: Nicanor Parra, Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Nélida Piñón, Juan Marsé, Sergio Pitol, Juan Goytisolo. Lo primero que se me ocurre es que los grupúsculos –hay más de uno, por lo visto- no tienen mal gusto. No me entusiasma la obra de Juan Gelman, tampoco la de Cintio Vitier, pero no encuentro nada que ofenda la memoria de Juan Rulfo. La verdad sea dicha, tampoco consigo identificar a los grupúsculos. También dice el comunicado que el premio se entrega por “cuestiones geopolíticas”, pero eso es algo que me rebasa: no digo nada.

La carta da más explicaciones. Dice que la viuda y los hijos de Rulfo no han sido tratados “con las consideraciones que se merecen” y que “no se les hizo partícipes de las decisiones del jurado”. Es un asunto serio, pero también misterioso. Sin más detalles, no alcanzo a entender cuáles son los méritos de la familia ni qué clase de consideraciones se les deben; lo otro es más complicado todavía: decir que “no se les hizo partícipes” ¿quiere decir que no se les informó de las decisiones del jurado? ¿O que no se les incluyó como miembros del jurado? Alguien tiene los papeles completamente cambiados. Si era un premio para los amigos de los familiares de Juan Rulfo se han otorgado mal todos, desde el primero.

El señor Jiménez, como portavoz de la familia, aclaró que “tenían en mente esta decisión desde hace muchos años”, pero “habían sido muy prudentes”. Muchos años: no se puede saber si haya sido desde el 2001, cuando se le otorgó a Juan García Ponce, o 1999 en que fue para Sergio Pitol, en 1996 o 1997 en que lo recibieron Augusto Monterroso y Juan Marsé. Se entiende, sin la vaguedad no habría escándalo. Más bien: habría que dar explicaciones, decir que premiar a Marsé, Monterroso o Goytisolo, Olga Orozco o Nélida Piñón es un insulto para la memoria de Rulfo. En todo caso, hicieron a un lado la prudencia por las “expresiones ofensivas” de Tomás Segovia hacia Juan Rulfo en agosto pasado, cuando se dio el fallo del premio; según el señor Jiménez, “las estupideces que dijo Segovia a mediados del año fueron la gota que derramó el vaso; él mencionó que Rulfo era un ignorante”.

En busca de algo concreto, verificable, reviso los periódicos y las notas de agencias, más de sesenta textos de los primeros días de agosto. Todas tienen como fuente una misma rueda de prensa en la que Segovia habló de Rulfo. Dijo que cuando lo escuchó por primera vez, leyendo fragmentos de lo que sería Pedro Páramo, se quedó “deslumbrado”. Dijo –es el párrafo de la ofensa- que Juan Rulfo “es el tipo de escritor que tiene el puro don de la escritura, un narrador misterioso. Nadie sabe por qué Rulfo tenía ese talento. En otros escritores uno puede rastrear el trabajo, la influencia o la biografía, pero Rulfo es un puro milagro. No tuvo una vida muy deslumbrante, no fue un gran estudioso o conocedor, pero nació con el don”. Me perdonará la familia de Rulfo, o más bien no me lo perdonará, pero es la verdad: hay escritores que son a la vez estudiosos, académicos, incluso filólogos, aparte de ser escritores (y muchos de ellos, honradamente, son como escritores bastante malos). No es el caso de Juan Rulfo. La afirmación es de una obviedad absoluta para cualquiera que conozca su vida y no es ningún demérito para su obra. Al contrario: sería para tomárselo a broma si alguien dijera que fue un erudito. Rulfo fue un genio por cuenta propia, misterioso.

No se entiende. Es imposible saber cuáles sean los grupúsculos ni los intereses, ni qué premios ofendan la memoria de Juan Rulfo ni qué insultos haya proferido Tomás Segovia. Así está pensado. En eso consiste la estrategia del escándalo. Se trata de que lo entiendan quienes forman parte de “los grupúsculos” y que los demás sepamos que hay un botín que se reparten entre ellos.

Busquemos pistas, vayamos a las fuentes. El escándalo se origina en La Jornada, que le da primera plana a la noticia el sábado, el domingo y el lunes. Primera plana, tres días consecutivos. No a la Feria, no al premio, no a Tomás Segovia, sino a las denuncias de la familia y su apoderado. La nota del domingo tiene especial interés. Está firmada por un señor Jaime Avilés y es un ejemplo notable del estilo periodístico de La Jornada que consiste en convertir en noticia lo que no sucedió, lo que no se dijo. El titular: “ … y Sari Bermúdez desechó el discurso que leería en la FIL.” La mitad del artículo es el texto de las tarjetas que, según dice el señor Avilés, no leyó Sari Bermúdez. No importa lo que dijo, sino lo que podría haber dicho. Con el mismo criterio se habla de los demás discursos de la ceremonia –“prédicas y catilinarias” dice el periódico- que, según la nota, no hablaron o sólo de pasada hablaron de Juan Rulfo. Uno podría pensar que es porque el premio se entregaba a Tomás Segovia y no a Juan Rulfo. Avilés no es tan ingenuo: nos explica que el gobernador, “todavía manchado por la sangre y las lágrimas de la represión”, prefirió “zalamear” a Vargas Llosa y Toni Morrison, sólo porque estaban presentes, mientras Raúl Padilla “no tuvo empacho en evocar” a Rulfo. Mal porque sí, mal porque no. Ninguno “se prodigó en elogios” a Rulfo, dice Avilés, pese a que “es el máximo narrador del siglo XX en nuestra lengua”. ¿De verdad? ¿El máximo? ¿Hace falta la jerarquía y el título de campeón? ¿Qué hay de Valle-Inclán? ¿Qué de Baroja, Onetti, Borges, Arreola, Cortázar? Bien, admitido: no se trata de literatura, sino de política. Baja, pedestre, miserable, que no deja a salvo nada, ni el nombre de Juan Rulfo. Hay mierda para todos. Gana La Jornada lo que sea que haya querido ganar con el escándalo; perdemos los demás, pierde nuestra raquítica vida pública: con titulares de primera plana.

 

La Crónica de hoy, 30 de noviembre de 2005