Otro del FOBAPROA

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Con ademán eufórico y victorioso, el jefe del P.R.D. hizo pública hace unos días una lista con 300 nombres de deudores cuyos créditos han pasado al Fobaproa. Ahí están, finalmente, los malvados, causantes de todas nuestras desgracias; expuestos a la vergüenza pública por obra del afán justiciero del señor López que con eso va tomando carrerilla -supongo- para la apoteosis del dosmil. El sabe lo que se hace, sin duda, y saca sus cuentas con mucha aplicación; como otras veces, apuesta a la estupidez, cuenta con que jueguen a su favor los más arraigados y populares prejuicios de nuestra cultura política revolucionaria. Y a lo mejor acierta.

La idea general de su campaña es inequívoca: los ricos son malos. El argumento, conocidísimo: los ricos malos, con la complicidad del gobierno malo, se roban el dinero de los pobres. Está en las caricaturas de su publicidad que, literalmente, dicen: «Quiero avisarle que le están queriendo robar su dinero. Ahorita mismo, a través del Fobaproa. La mayor parte de los $552 mil millones de pesos del Fobaproa son deudas y transas de los empresarios más ricos de México. Y el gobierno quiere cobrarle ese dinero a usted y a sus hijos.» La moraleja no ofrece dudas: como único, abnegado defensor de nuestros hijos, el señor López -o el señor Cárdenas- tiene que ser Presidente.

Magnánimo, además, pundonoroso y elegante, el señor López ha ofrecido a los trescientos rateros y transas de su lista que si alguno «demuestra que sus operaciones fueron limpias, legítimas y legales», él estaría dispuesto a reconocer su error públicamente. Eso: que mientras no demuestren su inocencia ante la deslumbrante autoridad moral del señor López, son culpables… ¿de qué? Precisamente ese gesto de conmovedora honestidad, esa generosa disposición para perdonar a los que no sean tan malos hace que a uno le vengan dudas; porque sugiere que él también tiene sus dudas, que no sabe si de veras son transas todos.

Veamos de qué se trata. Los trescientos de la lista -y muchísimos más que podrían estar- pidieron un crédito a un banco y no devolvieron el dinero; el banco, imposibilitado de cobrar, situó el crédito como «cartera vencida» y se quedó con lo que el deudor hubiese ofrecido como garantía. Hasta ahí no hay ni delito ni problema. Lo malo es que, pasado un cierto límite, la cartera vencida deja a los bancos sin liquidez, sin capacidad para pagar los intereses de quienes tienen depositados sus ahorros por ejemplo; de modo que, para evitar la crisis que resultaría de dicha situación, el gobierno se ve obligado a «rescatar» a los bancos: a quedarse con la cartera vencida, pagando una parte de su precio. Ahí hay problemas (una crisis financiera derivada del desequilibrio de las tasas de interés en 1995), pero todavía no hay delitos ni «transas».

Lo grave, inmoral y acaso ilegal sería, por ejemplo, que los bancos hubiesen prestado dinero de manera irresponsable, sin requerir garantías suficientes; peor, que hubiesen prestado sin garantía a sus amigos o a sus accionistas; mucho peor, que hubiesen prestado sin garantías a sus accionistas, por encima de sus límites de seguridad, y que pasasen esos créditos al Fobaproa. Ahora bien: todo eso hay que investigarlo, no puede darse por supuesto. Y de ahí a que todos los créditos del Fobaproa obedezcan a esa lógica, hay una distancia insalvable.

La idea del señor López de que un rico no puede tener un crédito vencido es tan infantil, que parece un engañabobos. Un individuo cualquiera que pide un crédito para pagar un coche puede verse en la imposibilidad de pagar; entrega el coche al banco, si tal era la garantía, y se acabó. No está obligado a entregar la totalidad de su patrimonio. Por muy rico que sea. Lo que propone el P.R.D. parece ser distinto: que los bancos tienen derecho de cobrar sus créditos íntegros, mientras el deudor tenga un peso en el bolsillo. Y el que no pague es un ratero.

No parece, la verdad, que sea el mismo partido que defendía hace tiempo a los deudores del Barzón o que proponía que el país declarase una moratoria unilateral en el pago de la deuda. Lo dicho, que la única lógica que se alcanza depende de un axioma: los ricos son malos (y López es bueno). Y vámonos pa’l dosmil.

 

El Universal, 1997