Otros demócratas enmascarados

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Los sinvergüenzas y los canallas suelen tener una facilidad natural para la demagogia, para las grandes frases y las palabras hermosas. Son aficionados, sobre todo, a la retórica del heroísmo y el sacrificio, porque sirve del mejor modo para disimular la ambición; el sentimentalismo de nuestro sentido común, además, se presta para ello con una ingenuidad desesperante.

Pienso en ello ahora con motivo de la entrevista, larguísima, que ha publicado hace días un periódico nacional con los dirigentes de la ETA. La cosa es un poco extraña, por cierto, porque no se han publicado a continuación, como era de esperarse, conversaciones con los representantes democráticos de la mayoría del pueblo vasco; quienes mandan en el periódico sabrán por qué lo hacen así y, en todo caso, están en su derecho. Una de las funciones clásicas de la prensa ha sido, desde siempre, la de servir de portavoz a todo tipo de intereses.

En la entrevista hay pocas sorpresas, poco que llame la atención, como no sea el desvergonzado cinismo de los enmascarados de allá; aviso que sería utilísimo para quienes están todavía encantados por los enmascarados de acá.

Ellos quieren, así dicen, el diálogo y la negociación, y lo quieren con tan apremiante entusiasmo, que están dispuestos a matar a todo el que imaginen que puede oponerse a ello. Lo han hecho durante más de veinte años, y piensan seguirlo haciendo. Quieren también, con semejante fervor, la democracia «real» y no la que «se identifica con los votos», y por eso no caen en la trampa que les tienden sus enemigos cuando se ponen a hablar «de porcentajes»: un noventa por ciento de vascos opinando en contra suya es poca cosa, casi nada o de plano nada, comparado con la Voluntad del Pueblo que ellos encarnan.

La cosa llega a extremos ridículos. Por ejemplo, cuando declaran, enternecidos, su encendido amor por aquellos que mueren víctimas de las bombas. Hay que suponer que se trata de las que ellos ponen, que son las únicas que han conocido los vascos de las últimas décadas. Quien hace la entrevista, además, haciendo alarde de una ignorancia militante habla, con toda soltura, de las «cuatro provincias» vascas en España; por otra parte, podría decirnos si se le ocurrió preguntarles, en su largo intercambio epistolar, qué tanto ha avanzado la democracia «real» por el hecho de que tengan secuestrado, desde hace cuatro meses, al empresario José María Aldaya.

No hace falta seguir con el recuento, porque lo que importa no son los disparates particulares de los asesinos de allá, sino el clima moral e intelectual en que florece la desvergüenza de los asesinos en cualquier parte. Parafraseando una expresión conocida, habría que decir que el heroísmo es el último refugio de los canallas: uno, además, cómodo y que sirve incluso para atraerse la simpatía de los despistados.

Hay que recordarlo y tenerlo muy claro; porque estas cosas comienzan siempre por algo que parece muy poca cosa, por una causa que parece muy justa porque está muy lejos, por unos muertos que parecen poco importantes porque están allá. Y se termina aceptando, sin mucho pensarlo, cualquier carnicería.

El Universal, 1995