Panorama de la miseria

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El signo más elocuente de nuestra situación política son las estampitas de Andrés Manuel López Obrador en su advocación de guadalupano humilde. El resto del paisaje es mucho más gris, mucho más conocido también. La película del senador González Martínez negociando un soborno tiene su interés, pero no imagino que haya resultado de verdad sorprendente para nadie; fue mucho más escandalosa su reacción del día siguiente y no hizo falta grabarla con una cámara oculta. El cinismo de la explicación es lo de menos: lo importante es que pueda permitírselo con esa alegría, lo importante es que seguirá como senador y como presidente de su partido por la sencilla razón de que puede hacerlo.

La moralidad personal del senador González no tiene la menor importancia porque siempre va a haber casos similares, los hay en todas partes. Es grave, en cambio, que nuestro sistema político sea este pantano donde puede hacerse lo que sea, donde todo pasa y finalmente da lo mismo. Tampoco se trata de legislar nada: las leyes pueden castigar delitos pero nunca lograrán evitar que los haya. Por otra parte, la política está hecha de negociaciones como ésa y no puede ser de otro modo. Con más o menos elegancia, o ninguna en absoluto, los políticos se dedican a negociar leyes, decisiones administrativas, programas y contratos públicos: eso tienen que hacer, es su obligación. La invocación piadosa del interés general está muy bien, pero siempre se concreta en el interés de algunos: en el mejor de los casos, en el interés de un partido político y de los electores a los que representa o a los que quiere ganarse, que nunca son todos. Así tiene que ser mientras tenga algún significado la definición ideológica de los partidos. Se dirá que es muy distinto cuando todo se reduce a un negocio particular. Es cierto. Lo malo es que sea tan difícil establecer la frontera. Lo malo es que el más desinteresado apóstol también tiene que ganar elecciones y con suerte hacerse cargo del poder: autorizar construcciones, asignar contratos, distribuir el gasto público.

Sería muy instructivo poder ver películas de muchas otras negociaciones. Las de la diputada Gordillo y el secretario de Hacienda, por ejemplo. La del jefe de gobierno del Distrito Federal con las empresas cementeras o con la iglesia católica. La de Leonel Godoy con Dante Delgado y la de Roberto Madrazo con el senador González. La del señor Presidente con Televisa, para regalarle el tiempo fiscal. Resultaría bochornoso seguramente, pero muy instructivo.

Dicho en pocas palabras, un régimen representativo tiene que contar con la ambición y con la influencia de los intereses particulares. El único modo de evitar que la política se quede únicamente en eso es un sistema de partidos sólido, de identidades claras, consistentes y creíbles, con programas y compromisos concretos. No es la ley sino la política la que pone los límites. Paradójicamente, el escándalo del senador González les ha servido a nuestros notables sobre todo para alimentar el antiparlamentarismo ambiente, para insistir en el descrédito de los partidos, para dar pábulo a la visión angelical de la política que es la antesala del bonapartismo.

El Secretario de Gobernación aprovechó el caso para hacer pública una vez más su hostilidad hacia los partidos. Dijo explícitamente que la legislación actual hace que sean un negocio. Dijo que cuestan mucho dinero. Dijo que son burocracias que en nada benefician al país. Dijo que lo que se necesita es una mayoría estable, que pueda gobernar en paz. Se entiende. Entre otras cosas, tenía que ganarle la mano a López, que ya había dicho lo suyo: que los políticos están podridos. Ellos, los políticos.

De paso: resulta curioso que a ninguno se le haya ocurrido decir que el modo más simple y directo de reducir el costo de las campañas electorales consiste en regular la propaganda en los medios masivos de comunicación, para que se transmita gratuitamente en tiempos fijados por ley. Nadie dice que ese despilfarro de los partidos es en realidad un subsidio disfrazado para las empresas de radio y televisión. El moralismo se detiene precisamente allí.

Casi ninguno de nuestros líderes se molesta ya en ocultarlo: empezando por el Presidente, a todos les estorban los partidos. Querrían deshacerse de las campañas, los programas, los acuerdos, querrían poder mandar sin dar explicaciones, a base de frases simpáticas y luminosas sonrisas en televisión. El senador González puede hacer lo que le venga en gana porque la política es una pura oquedad. Insisto: el signo de nuestro tiempo son las estampitas con la imagen de la virgen de Guadalupe, el rostro sereno y compasivo del “apóstol” y la frase impagable: “Guadalupano humilde. Fiel servidor del pueblo.”

 

La Crónica de hoy, 2 de marzo de 2004