Panorama desde el Paraíso

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Jonathan Edwards, teólogo y predicador calvinista, acaso el más importante de los Estados Unidos, imaginó un extraño Paraíso; según su idea, entre los goces de los bienaventurados estaría poder contemplar el infierno, disfrutar el espectáculo del sufrimiento eterno de los condenados. Algo así como mirar, interminablemente, una transmisión de la CNN.

Desde luego, no imagino que el Presidente Bush lea los sermones de Jonathan Edwards; ni él ni los millones que celebran, en la televisión, cada nuevo estallido de una bomba en Bagdad. Pero sí creo que viven la invasión de Irak con un ánimo similar: con la seguridad absoluta, inconmovible, de contarse entre los justos, y con esa alegría vengativa de ver sufrir a los réprobos, materialmente. También creo que eso no es trivial. Aparte de las diferencias de intereses y estrategias hay, en el nuevo orden del mundo, una brecha cultural imposible de salvar, que separa a Estados Unidos de Europa y del resto del mundo.

Ha aparecido ahora, iniciado el ataque, una impresionante alianza de estados democráticos, conmovidos por la tiranía de Hussein: Afganistán, Albania, Arabia Saudita, Bahrein, Eritrea, Etiopía, los Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Kuwait, estados convencidos de que hay que imponer por la fuerza (estadounidense) el respeto a los derechos humanos, como Colombia, Corea del Sur, Croacia, El Salvador, Filipinas, Nicaragua, Turquía. Pero nada de eso puede ocultar el catastrófico fracaso de la diplomacia de Estados Unidos; en un caso, además, en que podría haber sido relativamente sencillo lograr un acuerdo. Por otra parte, los partidarios de la invasión festejan, como si fuese un triunfo, la división de Europa: es verdad, Blair y Aznar han conseguido provocar una crisis considerable, pero será una más en un proceso de integración que, con todas sus dificultades, no tiene vuelta atrás. Ni los ingleses ni los españoles aplauden los bombardeos, tampoco los italianos. Insisto: hay, aparte de todo, una diferencia cultural decisiva.

Basta ver las declaraciones de los últimos días, los gestos de unos y otros. Incluso el señor Blair, tan puesto en la primera línea, tan aliado indudable y convencido, tiene un aire cada vez más trágico, la mirada fogosa, doliente y extraviada de un profeta frustrado. Casi no hay punto de comparación con la feroz satisfacción del Presidente Bush, de su secretario Rumsfeld o del general Franks, que no van a conformarse con nada menos que la victoria definitiva, que advierten que se arrepentirán quienes quieran oponerse a la invasión y anuncian una violencia como no ha sido nunca vista. Quieren aplastar al ejército iraquí y lo van a hacer, sin duda; pero quieren hacerlo de un modo espectacular y además da la impresión de que disfrutan haciéndolo. Con ese placer vindicativo que explicaba Jonathan Edwards.

No son intemperancias ocasionales. Es el mismo tono de hace meses. Lo que le han reprochado al resto del mundo, a Europa en particular, ha sido su cobardía y su debilidad. Porque para ellos la fuerza, en sí misma, es un signo de virtud. Por supuesto, su convicción deriva de la certeza de que son ellos los más fuertes: lo importante es que, por eso mismo, no tienen la menor duda. Saben que la justicia está de su lado y en eso no admiten reservas ni vacilaciones. Quieren que se pueda juzgar a cualquiera por crímenes contra la Humanidad, pero les parece inadmisible que el Tribunal Penal Internacional pudiera procesar a algún estadounidense; quieren evitar la proliferación de armas de destrucción masiva, salvo las suyas; quieren energía, valor y audacia para una política de “guerras preventivas” que ni por asomo podría dirigirse en su contra. Querían también, por eso, el apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU, pero no para cualquier resolución, sino precisamente para la que ellos tenían prevista. Es decir: para el resto del mundo, su diplomacia parece de un cinismo escandaloso; sin embargo, en su idea del mundo, la justicia y la fuerza van juntas. Para sobrevivir en el mundo que viene, habría que tenerlo siempre presente.

Por eso el fracaso diplomático, aunque les haya sorprendido, no fue para ellos gran cosa; lo dijo el Presidente Bush: la ONU y el Consejo de Seguridad no estuvieron a la altura de las circunstancias, no supieron cumplir con su responsabilidad, que consistía en obedecer al manifiesto mandato de Dios. Estados Unidos se hace cargo. Digamos, como se dice tanto hoy en día, que es una política imperial. Es cierto. También el producto de una sociedad enferma de teología calvinista y de la primitiva euforia de la violencia, cada vez más lejos de una Europa secularizada y escéptica, de los demás países del mundo: de los que podemos contarnos, sin duda, entre los condenados, que no podemos ver con alegría sino con dolor, con angustia, con profunda, inconsolable tristeza cada estallido en Bagdad. Los sentimos todos en la boca del estómago, porque no podemos mirar el espectáculo desde el balcón del Paraíso.

 

La Crónica de hoy, 25 de marzo de 2003