Panorama

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No creo que la sentencia del Tribunal Electoral haya sorprendido a nadie. Todos, del presidente abajo, tenían preparadas ya sus declaraciones y todos tienen igualmente previsto lo que van a hacer de aquí en adelante. Todavía insiste Manuel Camacho en que es posible –indispensable, sencillo, casi obvio—anular la elección, pero no le hace eco ni siquiera La Jornada, que ya da por hecho el resultado final, la declaración de validez del proceso y el reconocimiento de Calderón como presidente electo: dice en su editorial que el resultado es una “fractura nacional” que “se ahonda día tras día” y una agravada “polarización ciudadana”. El escenario que pinta es negro pero ineludible. Tengo mis dudas. No creo que la elección presidencial tenga tantísima importancia ni que la “fractura nacional” dependa de los diez mil o cien mil votos de más o de menos que podría haber habido, ni de la publicidad de los empresarios. La hay –o puede haberla al menos—pero no como consecuencia de las elecciones, que siguen siendo cosa de políticos.

Hay una parte de la clase política que lo apostó todo a la victoria de López Obrador y que ahora trata de recuperar algo del modo que sea, hay también empresarios que invirtieron mucho en la campaña y los hay que se hacían cuentas alegres con la previsible debilidad de un presidente interino. Algunos están ya, como se dice, recortando pérdidas y admitiendo costos hundidos, como el grupo PRISA. Todos o casi todos ellos terminarán por arreglarse con el gobierno que viene y con el nuevo congreso porque en eso consiste su negocio, y de lo perdido, lo que aparezca. Falta ver la estrategia que seguirán Calderón y López Obrador, el PAN, el PRI y el PRD en los próximos meses, porque tienen que reconstruir el espacio público y hacerse un lugar; todos han salido bastante maltrechos del proceso electoral por la sencilla razón de que fue tal como lo habían cocinado desde mucho tiempo antes: sucio, confuso, enconado.

El más vulnerable en este momento –no digo nada nuevo—es el presidente Fox, que prácticamente no tiene ya poder pero resulta demasiado atractivo como chivo expiatorio para unos y otros; lo que más le convendría, si tuviera quien le aconsejase, sería hacer acopio de paciencia y aguantar el chaparrón, dejar hacer a otros, dejar hablar a otros, retirarse discretamente y confiar en que eso sea todo, un callado retiro en su rancho sin que nadie piense mucho en él. La posición más cómoda, en principio, con todos sus inconvenientes, es la del PRI; tiene la dificultad de reconstruirse como partido: barajar de nuevo, escoger líderes, evitar la desbandada, definirse con un perfil más o menos creíble y decidir una línea de acción en el congreso para los próximos tres años. No es poco ni es sencillo, pero a partir de donde está ahora casi todo es ganancia y, por fortuna, de Roberto Madrazo no se habla ni para bien ni para mal.

La estrategia de Calderón no tiene mucho misterio: falta que sea capaz de ponerla en práctica. Tiene que convertirse en presidente. Y eso significa ofrecer una imagen de autoridad, tolerancia, generosidad, rectitud. Sabemos que comenzará, eso a partir de diciembre, con unos cuantos gestos espectaculares, lo mismo que hicieron Salinas, Zedillo y Fox; hoy por hoy se antojan para ese primer sacrificio los hermanos Bribiesca, pero podría ser que se apuntara más arriba. No será suficiente. Se anunciarán también en las primeras semanas algunas iniciativas concretas para combatir la pobreza y un plan nacional de empleo o algo parecido, y –si hay suerte—un programa mínimo legislativo concertado con el PRI. Lo fundamental será la integración del gabinete, que ya sabemos que será plural, pero que tiene que tener peso y dignidad suficientes para poner sordina a las rechiflas (aunque eso implique una confrontación con Manuel Espino y buena parte de los actuales dirigentes del PAN). Dos ejemplos casi opuestos, Fox y Salinas: dos maneras de formar gabinete, dos maneras de gobernar.

Insisto: la estrategia de Calderón no ofrece dudas porque está claro el lugar que va a ocupar y están bastante claros los obstáculos. López Obrador, en cambio, tiene un margen amplísimo para definir su posición y no es fácil hacer cálculos sobre las alternativas que se le presentan. Un dato básico: López Obrador sirve como líder pero no como funcionario ni como negociador, ni siquiera como parlamentario, porque lo suyo es la agitación; es un político del estilo de Juan Domingo Perón, Víctor Raúl Haya de la Torre, Jorge Eliécer Gaytán. Más: como líder no admite segundos si no son incondicionales. Eso hace difícil su relación con el PRD (o con cualquier otro aparato burocrático).

Contra lo que se ha escrito en estos días, contra lo que él mismo ha dicho, yo no lo veo encabezando un movimiento revolucionario. La adhesión de la izquierda insurreccional al obradorismo es básicamente oportunista, accidental, y será efímera, porque no hay modo por ahora de coordinar al EZLN, el EPR, el PROCUP y las dos docenas de guerrillas que quedan en el país, y mucho menos someterlas al liderazgo de López Obrador: actúa cada una por su cuenta y ninguna de ellas es confiable. Mucho más sólido y más duradero es el vínculo del obradorismo con la izquierda paleopriísta, la de los Panteras, el Frente Popular Francisco Villa, la Nueva Tenochtitlan y demás; el problema es que todas esas agrupaciones dependen básicamente del apoyo de autoridades administrativas, sobre todo municipales, que son las que deciden sobre el comercio en la vía pública, la calificación de terrenos, las licencias para el transporte público. Es decir que, si no está muy claro el horizonte, antes responderán a Marcelo Ebrard, que tiene su propia carrera política. Queda el partido, el PRD, que hasta ahora se ha sometido muy disciplinadamente porque había la perspectiva (la casi certeza) de ganar la presidencia de la república; sin eso es dudoso que López pueda seguir mandando y desde luego su autoridad tiene límites (no puede pedir, por ejemplo, a los diputados, senadores, asambleístas, delegados, regidores, que renuncien a sus puestos o que se arriesguen a un juicio político).

Es posible que la Convención Nacional que ha convocado para mediados de septiembre lo nombre “presidente del pueblo” o una cosa semejante: lo pondría en una situación verdaderamente comprometida. Es sólo un nombre, ya lo sé, como si decide nombrarse comandante, jefe máximo o siervo de la nación, pero el nombre tiene su peso. Hay quienes ven dudoso el triunfo de Felipe Calderón, hay quienes piensan que su designación es ilegítima, una usurpación, y habrá quienes le regateen el título de presidente. Sería irónico y hasta un poco grotesco que en esas circunstancias López Obrador se hiciera nombrar no otra cosa sino presidente por un grupo de partidarios suyos, aunque consiga reunir a un millón; el problema no es que la designación vaya en contra de las instituciones o las leyes, eso es lo de menos, no es que sea una arbitrariedad, sino que sería ridícula. Y lo último que puede permitirse un líder de masas es aparecer bajo un aspecto ridículo. Puede hacerle la guerra a Calderón como jefe de la oposición, como líder moral de la resistencia, como guía de la revolución democrática, pero presentarse como el “verdadero presidente” porque así lo decidió una junta de sus adeptos es quedar muy mal parado, con un título que no hay modo de justificar.

¿Qué puede hacer? Mucho. No ha manifestado hasta ahora ningún interés por participar en la definición de la agenda legislativa, donde el PRD podría tener influencia decisiva. No es probable que cambie de idea y eso por dos razones: porque difícilmente puede tener control sobre el grupo parlamentario del PRD y porque su identidad depende en buena medida de la denuncia del PRIAN, y para legislar habría que formar alianza o con el PRI o con el PAN, o con ambos. No veremos a López Obrador dando su bendición a una alianza así, por coyuntural que fuese. Lo que sí quiere, y puede hacerlo, es radicalizar la campaña de resistencia, desobediencia civil o como quiera que se llame. Significa dedicarse a la agitación, encabezar movimientos de protesta de todo tipo, promover y apoyar huelgas, es decir, tratar de definir la agenda de gobierno desde la oposición. No es una mala idea.

Si no es suicida –y no creo que lo sea—no seguirá por mucho tiempo con la estrategia de bloqueos y plantones porque no sirve de gran cosa: le cuesta mucho dinero al partido, a los gobernadores, y aparte de que contribuya al descrédito del PRD, pone en una situación cada vez más difícil al gobierno de la capital, que es su base más sólida. Lo veremos pronto: tiene que dar alguna cohesión al obradorismo como fuerza política fuera del PRD y darse un lugar de dignidad y autoridad que dure al menos seis años. En resumidas cuentas, algo similar a lo que hizo en su momento Cuauhtémoc Cárdenas. Salvo que López Obrador no es Cárdenas (y Felipe Calderón no es Carlos Salinas, ni es del PRI). Como conjunto, el panorama ofrece interés.

 

La Crónica de hoy, 30 de agosto de 2006