Para entender el terrorismo

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Como sucede con muchas cosas, lo que hay de nuevo en el terrorismo reciente se debe sobre todo al desarrollo tecnológico: a los recursos de destrucción, la vulnerabilidad de las ciudades y la importancia de los medios de comunicación; también a los complicados intereses políticos y económicos de eso que se llama “globalización”. De todo ello resulta un terrorismo mucho más espectacular, más devastador, pero igualmente terrible que la guillotina y el disparo en la nuca. Es decir: salvo la magnitud del atentado, no hay nada insólito ni inexplicable en la destrucción del World Trade Center. Obedece a la misma, siniestra lógica que el asesinato de Miguel Ángel Blanco o la colocación de una bomba en un bar de Belfast.

Es comprensible, por cierto, la necesidad de buscar explicaciones novísimas y sorprendentes, equiparables al espanto de lo que puede verse en la televisión, pero no las hay. El terrorismo es un fenómeno relativamente simple, que ha inspirado miles de reportajes, algunas novelas memorables y estudios políticos de muy mediano interés, porque no hay otra cosa sino una minoría que trata de imponerse mediante amenazas, un grupo que quiere provocar miedo y aprovechar las consecuencias del miedo. Lo más llamativo, y también lo que resulta más difícil de entender en ocasiones, es que los terroristas cuentan siempre con algún grado de complicidad: adhesión, simpatía, a veces no más que una inclinación comprensiva o indiferente de parte de la opinión. Eso es lo que verdaderamente amerita ser estudiado.

Como obra de referencia indispensable suele citarse el libro de Walter Laqueur, Terrorism (Boston: Little, Brown & Co., 1977, 265pp.), que es básicamente una historia de los asesinatos políticos y las organizaciones clandestinas dedicadas a la violencia; la recopilación es impresionante, pero el vínculo fundamental es bastante dudoso: hay puntos de contacto, desde luego, hay afinidades entre Brigadas Rojas, Al-Asifah y los asesinos ismailitas del siglo trece, pero no son significativas. No sirven para apoyar una explicación, porque el terrorismo que conocemos depende de las características del orden social moderno y no de la vocación criminal de los individuos que lo practican, que es algo que ha habido siempre y que produce resultados de muchas clases. Por razones similares, tampoco es del todo convincente la obra de Grant Wardlaw, Political terrorism. Theory, tactics and counter-measures (Londres: Cambridge University Press, 1982, 218pp.) que es otro de los títulos más usados como referencia; es un estudio detallado de la organización de los grupos terroristas, sus estrategias habituales: reclutamiento, doctrina, recursos. No obstante, los trata como cosa aparte, como fenómeno relativamente aislado, y es poco lo que dice de la dimensión cotidiana del terrorismo, de la cultura política en que surge y de esa ambigüedad fundamental de las actitudes sociales que usualmente le sirve de apoyo.

Para reflexionar sobre esa dimensión cotidiana, la recopilación de Noel O’Sullivan, Terrorismo, ideología y revolución (Trad. N. Míguez, Madrid: Alianza Editorial, 1987, 272pp.), es particularmente atractiva; incluye textos magníficos del propio O’Sullivan, Peter Calvert y Norman Hampson, aparte de ensayos sobre el terrorismo irlandés, indio, iberoamericano, islámico, pero sobre todo quiere explorar el vínculo entre el terrorismo “vertical”: jacobino, nazi, soviético, y el terrorismo de pequeños grupos como el IRA, Tupamaros, etcétera. Su punto de partida es la idea de que el terrorismo es un producto de la “política ideológica”; eso significa que su origen está en Europa, a fines del siglo XVIII, que está asociado a la tradición democrática y que resulta de una nueva manera de pensar la política, según la cual la voluntad del Pueblo está por encima del Derecho y la Justicia superior de la Historia autoriza cualquier injusticia aparente, aquí y ahora. En ese contexto, la pertenencia religiosa, islámica o cualquier otra, es relativamente accidental. Ahora bien: lo fundamental es que esa manera de pensar la política es general, aunque no todos y no siempre la lleven a su extremo terrorista.

La expresión más clara, transparente, de esa mentalidad es un viejo panfleto de Trotski, Su moral y la nuestra, que justifica la “guerra total”, donde no hay distinción entre objetivos civiles y militares, y no hay alternativa sino la aniquilación material del enemigo. A esa idea el siglo veinte sólo le ha añadido la costumbre de la violencia y la destrucción masiva, y la relativa rigidez de los campos ideológicos; con una cosa y otra puede entenderse que el atentado contra el World Trade Center inspirase reacciones no sólo de indiferencia, sino incluso de alegría, más o menos disimulada. Es decir: no hay nada insólito, extraordinario y aberrante en la sicología de los terroristas; es la misma del vecino que, en voz baja, nos dice que los gringos se lo merecían.

Hace veinte años, una de las últimas oleadas de atentados hizo sumamente popular el libro de Calire Sterling, The terror network: the secret war of international terrorism (Nueva York:Holt, Rinehart & Winston, 1981, 230pp.), cuya idea era que había una gigantesca conspiración contra el Mundo Libre, dirigida por Moscú y realizada por toda clase de grupos terroristas; era un libro mediocre, escandaloso y bastante arbitrario, que sirvió de pretexto para la publicación de otro igualmente escandaloso pero de signo opuesto, el de Edward S. Herman, The real terror network. Terrorism fact and propaganda (Boston: South End Press, 1982, 252pp.), según el cual la verdadera conspiración tenía su cuartel general en Washington. A la distancia, para lo único que sirven realmente ambos volúmenes es para documentar la hemiplejia moral del mundo a fines del siglo veinte; para entender no a los activistas, sino al público que los jaleaba, de un lado y otro y que, en sus actitudes básicas, acaso no haya cambiado tanto.

Hay matices y diferencias: sin duda. No es lo mismo jugar con la fantasía de un asesinato o festejar un asesinato que cometerlo. Pero la continuidad entre una cosa y otra también importa, porque sólo con ella puede explicarse el terrorismo. A los novelistas, como es natural, les ha fascinado siempre la sicología de los terroristas, de quienes se sienten moralmente superiores porque se hacen cargo de la destrucción necesaria, quienes se saben portadores de una Verdad absoluta y homicida; son los protagonistas de Demonios de Dostoievski, El agente secreto de Joseph Conrad, Los justos de Camus, Asedio preventivo de Heinrich Böll, La buena terrorista de Doris Lessing. No obstante, lo más probable es que en la vida real haya pocos de esos personajes trágicos, poseídos por un frenesí moral; los terroristas que conocemos son individuos bastante vulgares, faltos de imaginación, mucho más parecidos al vecino que al terrible Stavrogin de Dostoievski.

Acaso el mejor libro, el más matizado, complejo y luminoso, para comprender el proceso por el cual una sociedad produce un movimiento terrorista sea el volumen de ensayos de Isaiah Berlin titulado Pensadores rusos (México: F.C.E., 1980, 555pp.); en todo caso, es mi favorito. Pero estoy convencido de que para entender el terrorismo hace falta sobre todo entender al vecino, la manera como en su conciencia se mezclan los automatismos de la política ideológica y lo más mezquino del interés individual, todo muy moderno, para producir, cuando no la simpatía hacia el crimen, esa sorda, radical indiferencia que lo hace posible. A eso se dedica el más reciente ensayo de Beatriz Martínez de Murguía, Descifrando cenizas. (México: Paidós, 2001); también, cada uno a su manera, los otros dos libros que me parecen indispensables hoy, dos ensayos de militancia civil contra la cultura del terrorismo: de Leonardo Sciascia, El caso Aldo Moro (Barcelona: Destino, 1996), una dramática especulación narrativa sobre la ubicación del terrorismo en la lógica de la clase política italiana, y de Fernando Savater, Perdonen las molestias (Madrid: El País, 2001), la crónica terrible y esperanzadora, severa, emocionante, de la rebelión civil contra ETA. No se me ocurre decir más, sino que hace falta leerlos, porque hace falta entender.