La mirada de dios. Para un prefacio

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El sufrimiento es uno de los temas básicos en las discusiones políticas, jurídicas y filosóficas de fines del siglo veinte. Hay muchas razones para ello. Está, por ejemplo, la visibilidad que tienen hoy los desastres de la guerra, de las catástrofes naturales: como nunca antes, podemos ver todos los días en la prensa y en la televisión a gente que sufre. Millones de gentes que sufren hambre, persecuciones, enfermedades. Pero también está el contraste entre ese sufrimiento en África, en Asia, en Iberoamérica, y la relativa comodidad y abundancia de las sociedades de Europa y los Estados Unidos. El sufrimiento es mucho más notorio, está más presente; a la vez, es difícil evadirse de la sensación de que en buena medida sería evitable.

Hay más. Después de la Segunda Guerra y los procesos de descolonización se ha formado en Occidente una aguda y difusa conciencia de culpabilidad. Es imposible quitarse la idea de que, en algo, todo ese dolor, esa violencia, esa miseria nos concierne a todos. Hay una nueva conciencia humanitaria que despunta con la Declaración Universal de los Derechos Humanos y que se extiende cada vez más. La conciencia del sufrimiento ajeno se generaliza, además, se extiende a todos los grupos que dentro de la sociedad padecen alguna forma de discriminación o violencia. Están ahí los movimientos de las minorías étnicas y religiosas, está la formidable presencia del feminismo, también la experiencia de la sicología.

Sobre todo, está el recuerdo de la Shoah. Por supuesto: hay una banalización del tema cuando se usan con cualquier motivo los referentes simbólicos más conocidos, cuando se acusa a cualquiera de ser “un nuevo Hitler” y con cualquier pretexto se menciona “Auschwitz”, cuando se generaliza la acusación de “genocidio” hasta que pierde todo sentido. Ese mismo abuso significa que el recuerdo sigue presente y significa una transición fundamental para la conciencia de Occidente.

El hecho es que en las últimas décadas del siglo veinte se usó como nunca antes el argumentum ad misericordiam como recurso político y jurídico. En todos los terrenos se ha aceptado como cosa indiscutible el supuesto de que el sufrimiento requiere una compensación. Por supuesto, ha habido abusos y distorsiones, una extraña competencia por ocupar el lugar de la víctima. El resultado es confuso. Se han transformado las instituciones jurídicas, el discurso político, la lógica de los medios de comunicación, todo el sistema de representaciones sociales. Y no está claro lo que eso significa ni hacia dónde conduce.

Como es lógico, se ha escrito mucho sobre ello. Hay por ejemplo una discusión seria sobre las imágenes del sufrimiento, tal como aparecen en los medios de comunicación, en libros como los de Susan Sontag, Michael Ignatieff o Luc Boltanski. Se discute también sobre el significado del nuevo humanitarismo, sobre las derivaciones y consecuencias impensadas de la conciencia de culpa de Occidente, sobre la construcción cultural de la figura de la víctima: David Rieff, Pascal Brückner, Robert Hughes, Elisabeth Badinter. Se ha vuelto a plantear incluso el problema de la teodicea en términos seculares; concretamente, la elaboración cultural de la felicidad y el sufrimiento, en libros magníficos de Rüdiger Safranski y Bronislaw Baczko.

Mi libro se sitúa en esa discusión. Con una particularidad: prácticamente no me refiero en ningún momento a la actualidad. Mi estudio se detiene precisamente en 1945, con la aparición de la Shoah en la conciencia occidental. Lo que me interesa es reconstruir las líneas de un proceso cultural muy largo, me interesa la evolución de nuestra cultura del sufrimiento, los distintos elementos que la constituyen: me interesa lo que tienen en común nuestra mirada y la mirada de Rousseau, Voltaire o William James, lo que tienen de diferente también. Me interesa el lugar que se ha asignado al sufrimiento en las representaciones sociales: el destino de las ideas de heroísmo, sacrificio, injusticia, fatalidad.

Por supuesto, no hay una sola línea de evolución. No hay un progreso directo hacia formas de conciencia más compasiva ni nada semejante. Nuestra cultura del sufrimiento es compleja y mezclada, apta para producir resultados opuestos: a partir del mismo repertorio cultural surgieron a principios del siglo veinte la interpretación humanitaria y progresista de Dewey, James, Jaurès, y la interpretación sacrifical, heroica y guerrera del fascismo, por ejemplo. Lo que sí puede decirse es que el sufrimiento adquiere un lugar fundamental para el pensamiento filosófico y político a partir del siglo dieciocho, conforme se extiende la secularización: la conciencia del sufrimiento es acaso el impulso básico debajo de las ideas de Progreso, Revolución o Justicia de la Ilustración en adelante. Es una conciencia perfectamente mundana de sufrimientos concretos, materiales, pero que acusa en todo momento la traza de una elaboración religiosa anterior, mucho más intrincada de lo que se imagina.

Una mirada histórica como la que propongo no puede ofrecer una explicación causal de las actuales representaciones del sufrimiento, pero sí puede mostrar la lógica de sus variaciones.