Peras y manzanas

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Estamos otra vez a vueltas con la educación. Esta semana, con la mala calidad de la educación pública en comparación con la privada. La primera plana del Universal el martes pasado: “Se desploma calidad en escuelas públicas”; otro titular, en interiores: “Privadas, mejores que públicas: ENLACE”. La noticia es la publicación de los resultados de la prueba ENLACE de este año. Los alumnos de escuelas privadas, explica el Universal, “tienen un nivel de aprendizaje… superior en más de 100 puntos en promedio, a los de planteles públicos”. El resto es una glosa de ese mismo dato.

En la primera de Milenio la noticia se veía distinta: “Dos escuelas de Guerrero, en el top ten de la prueba ENLACE”. En el texto se comentaba la lista de escuelas con mejores resultados: “Entre las mejores 50 de las 119 mil 669 primarias que se evaluaron en esta cuarta edición de la prueba están 28 particulares, 12 generales y 9 de Conafe”. Y sí, también en esa cuenta, las particulares quedan mejor paradas. Esa misma mañana tuvo que salir el secretario a dar explicaciones. Según el titular de La Razón: “Poca, brecha entre educación privada y pública. ‘Son imprecisos algunos análisis publicados en la prensa’, dice Lujambio”. El titular del Universal, con la misma información: “SEP admite ‘brecha’ entre escuelas”.

¿Se puede sacar algo en limpio, aparte del daltonismo de la prensa? La bajísima calidad de la educación en el país es un problema. Grave y urgente. Sin embargo, la bajísima calidad de la discusión pública sobre la calidad de la educación también es un problema. Se sigue tirando con escopeta perdigonera, a bulto, con grandes frases y pidiendo soluciones definitivas y dramáticas. Sirve de ejemplo el tema de las escuelas públicas y las privadas.

El editorial del Universal tiene un apunte interesante: “quien por su circunstancia se mantenga arrojado a las miserias de la educación pública pagará con rezago y desesperanza su origen socioeconómico”. Algo exagerado, pero con un fondo de verdad. Si esa idea hubiese orientado la redacción de sus artículos el resultado habría sido distinto. En resumen, las escuelas privadas atienden al 8 por ciento de la población, es decir, es un pequeño conjunto en el que están sobrerrepresentados los hogares con mayores ingresos y mayor escolaridad de los padres; compararlas, sin más, con el promedio de las escuelas públicas es como sumar peras y manzanas. Puesto así, no es un problema de educación pública o privada, sino de clases sociales (suena arcaico, ni modo: es un problema de clases). Idealmente, la educación serviría para corregir en algo las desigualdades de origen. Pero no es razonable esperar que las escuelas modifiquen por su cuenta los efectos de la estructura social del país; hay que exigir más a la educación pública, hay que evitar el recurso fácil de ponerla como chivo expiatorio.

 

La Razón, 8 de octubre de 2009