Pobres políticos

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Nuestros políticos han sido, con frecuencia, caprichosos, irresponsables, despóticos y fanfarrones; en los últimos tiempos resultan, sobre todo, patéticos. Con todo lo que ocurre que los amenaza directamente a todos, como clase, no encuentran mejor cosa que hacer sino exhibir sus vergüenzas, ponerse en ridículo unos a otros, y revolver las cosas lo más posible, por ver si al final consiguen pescar algo.

Resulta triste, la verdad, verlos competir por las magras de popularidad que puedan todavía arrancarse de la diatriba antisalinista. Algún día se cansarán, pero da la impresión de que la gente se cansará antes de verlos presumir de todo lo valientes y lo demócratas y lo virtuosos que son porque insultan al ex-presidente con más energía que nadie. Comienza uno a preguntarse, la verdad, de todos ellos: aparte de representar, con lujo de adjetivos, el odio contra Carlos Salinas, ¿qué otra cosa representan? Aparte de querer, a tuerto o a derecho, encarcelar a Carlos Salinas, ¿qué otra cosa quieren?

Tan embebidos están en su puja por la virtud cívica, que dejan pasar sin reparos las peores simplezas, los disparates y amenazas del autoritarismo más desvergonzado. Les pasa a todos, porque todos han contribuido a la sacralización de ese espantajo que llaman Sociedad Civil, todos han pagado tributo a la retórica de la «transición democrática» con todos sus excesos.

Es muy sintomático, en esto, el entusiasmo con que han recibido unos y otros los más recientes desahogos de Sebastián Guillén. La alegría de los obispos y demás gente de Iglesia debería haber servido para alertar a los políticos, porque no es una buena noticia para casi nadie si los curas encuentran razones para festejar. Salvo el PAN, es curioso, nadie parece haberse dado cuenta.

Lo que Guillén tiene que decir es lo de siempre. Es la misma retórica, el mismo lirismo demagógico y cursi, para abundar sobre las mismas simplezas. Que ellos no dejan las armas, porque lo suyo es la guerra, pero que todos los demás tienen la obligación moral y patriótica de unirse en un Frente «con base en el EZLN» para hacer la democracia de verdad; una que no tiene que ver con elecciones, que no necesita partidos ni gobierno. Porque basta -supongo yo- con que todos estén atentos a la voz imperiosa y paternal de Sebastián Guillén.

El va a lo suyo y tiene razón, pero es triste ver cómo lo celebran los demás políticos. Es triste verlos reconocer que, como profesionales, son unos parásitos, que los partidos son un estorbo, que las elecciones son una farsa, y que no hay redención si no es por la virtud inmarcesible de la Sociedad Civil. Algunos habrá, entre los politiquillos y periodistas de la izquierda, que se sueñan a sí mismos como miembros del Politburó o, de perdida, como Comisarios del Pueblo, y que por eso festejan tanto a Sebastián Guillén. La mayoría, sin embargo, no llegan a tanto, no hacen más que aceptar los lugares comunes más vulgares de la «opinión pública», convencidos de que no hay remedio, que todos los gatos son, en efecto, pardos, y que no hay otro modo de rasguñar un tantito de popularidad. Triste.

 

El Universal, 1995