Política de risa

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Cuesta trabajo, a veces, tomarse con un mínimo de seriedad los avatares de la crisis política de los últimos meses. Porque se dicen, se publican y se difunden tales enormidades que no cabe otra cosa sino reírse. Tiempos como éstos, ya se sabe, son propicios para los desahogos de poetas chirles, políticos resentidos y amigos, en general, de la demagogia o del Declamador sin maestro. Gente, toda ella, con más ambición de figurar que sentido del ridículo. Y así nos va.

Se me ocurre ahora, mirando un reclamo publicitario que ocupa casi media página del periódico y que literalmente dice: «Por la paz y la democracia. Consulta nacional. ¡Entrale a votar este 27 de agosto! ¿O qué? ¿Te vas a esperar otros 500 años?»

Es evidente que la exhortación no se dirige a un público tan longevo como sugiere el texto. Lo de los quinientos años es un artificio retórico para despertar en la gente un sentimiento místico de identidad, de comunión con algo esencial y profundo. Tan profundo que resulta ser ajeno a cuanto hicieron los españoles y los novohispanos, y a cuanto hemos hecho los mexicanos. Tan profundo que ya no se sabe qué sea, ni quién pueda sentirse identificado con ello.

Si uno pensara que son idiotas de remate quienes escribieron la leyenda del cartel, se los imaginaría nostálgicos del mundo precolombino. Diciendo, por ejemplo: la de hace quinientos años sí que era democracia, las de Moctezuma sí que eran elecciones, aquéllo sí era participación popular en serio, aquéllas sí eran libertades y no éstas. Pero no parece, la verdad, que llegue a tanto la estupidez. La cosa es más simple: se trata de resumir, en una frase, toda la cursilería y el maniqueísmo irremisible de la historia convertida en melodrama. Los buenos de siempre luchan una vez más contra los malos de siempre; da igual que se llamen Cortés, Calleja, Maximiliano, Huerta o Salinas, cualquiera sabe que sólo los anima el perverso propósito de torturar y explotar a los buenos.

El problema que resulta de desatinos semejantes es que invitan a la emulación, y a la alegoría del Pueblo-Moctezuma, PRI-Cortés, le sigue la algarabía de los sesudos opinadores para los que todo cabe en un jarrito, sabiéndolo amontonar.

Nos enteramos así de que el gobierno no tolera que la Sociedad opine ni participe, que no tolera la Democracia, porque sólo le interesan unas miserables elecciones para nombrar Presidentes, Diputados, Senadores, Gobernadores y Presidentes Municipales, pero no hace ni caso de la magna consulta que ocurre una vez cada quinientos años. El gobierno y los partidos, dicen los organizadores, incurren en la desfachatez de ignorar el proceso, ejemplar y nunca visto, en que se va a consultar a la sociedad para que con entusiasmo diga ¡Sí!

Nos enteramos también de que hay una estrategia de acoso en su contra porque ni los diplomáticos ni la prensa extranjera se ocupan de la consulta. Nos enteramos de que la democracia sólo accidentalmente toca a los partidos, porque es algo que ocurre en la relación de pareja y en la familia, y que tiene que ver con «la toma de decisiones en la vida conyugal». Cuesta trabajo, la verdad, cuesta trabajo tomárselo en serio.

El Universal, 1995