Por arte de magia

Etiquetas: ,

El personal del gobierno parece haber adoptado como norma el estilo de pensamiento mágico que es habitual del Presidente Fox. Será la influencia de los cursos de autoayuda, pensados para convencer a la gente de que todo puede lograrse a base de entusiasmo, será resultado de una candorosa fe en la publicidad. El caso es que todavía, a pesar de todo, están convencidos de que basta un gesto, una frase, un ademán alegre y enérgico para que las cosas se resuelvan, como por encanto. No pueden entender que la realidad se les resista. Hay para imaginárselos en cada reunión de gabinete, tomados de las manos, los ojos bien cerrados, repitiéndose que “querer es poder”. Abracadabra.

Hace tres años creían que bastaba con ganar las elecciones para que el país cambiase de arriba abajo. De buena fe: pensaban que el cambio consistía en que ellos llegaran al gobierno. Con la delirante generosidad de cualquier dictador, se habían hecho su fantasía del país sin fijarse en ningún estorbo. El cambio era un imparable surtidor de bendiciones, un festejo de todos los días, que llegaría de pronto, en cuanto ellos pudieran mandar. Sólo había que anunciarlo. Lo mismo sucede ahora con su programa de reformas. Se han hecho abstrusos cálculos de todos los beneficios que podrían traer, han escogido el escenario más risueño para ponerlo como futuro indudable y han llegado a convencerse de que son una misma cosa sus ambiciones, sus buenos deseos, su programa de gobierno, su propaganda y el interés nacional. Afirmados en esa seguridad le han exigido a los diputados a que corrijan la estupidez del electorado, que incurrió en la impertinencia de no votar por el PAN.

Por lo que puede verse, no habrá nada de eso. Ni siquiera pasará la reforma fiscal, que se discute ya por tercera o cuarta ocasión y que resulta cada día más confusa. Será malo, pero confieso que lo encuentro muy lógico. En los últimos tiempos nos han repetido en todos los tonos que el gobierno necesita recursos, cada vez que habla el Presidente es para decirnos que no hay dinero. Seguro que es así. Nos han dicho también que el impuesto más cómodo de cobrar, el más justo y el que se presta menos para la evasión es el IVA, y que la penuria del Estado se resolvería en mucho si se cobrase el IVA en alimentos y medicinas. Ya cuesta más trabajo convencerse. Sólo mirando la proporción del gasto destinada a alimentos y medicinas de los diferentes estratos sociales se puede sospechar que no pesaría igual el impuesto sobre unos y otros, aunque para todos fuese el mismo. Eso lo hace un poco menos equitativo. Hay además muy buenos motivos para suponer que el gobierno seguiría sin tener dinero para muchas cosas: acaso haya resistencias y recelos que se explican por eso.

La gente desconfía del modo en que el gobierno usa el dinero de los impuestos. Y tiene razón. También el gobierno del cambio: que ha perdido millones en pleitos judiciales, que ha regalado recursos públicos a las televisoras, que ha dejado de gastar miles de millones de pesos por descuido, por inexperiencia o torpeza. La gente ha escuchado al Presidente decir muchas veces, con ese énfasis religioso que se le da tan bien, que la educación es absolutamente prioritaria, que no hay otra cosa que sea tan importante para su gobierno como la educación; en la práctica, el sistema de educación pública está librado a su suerte, sin un programa de recuperación que pueda verse, y se reduce año con año el presupuesto destinado a educación superior, por ejemplo, mientras aumenta el costo del Fobaproa. Habrá razones muy atendibles para eso: no lo sé, porque no se explican, pero el hecho es que el gobierno tiene otras prioridades, ostensiblemente, y no las que dice el Presidente.

Cuando se ponen serios, los defensores del proyecto fiscal del gobierno dicen que los mexicanos tenemos que acostumbrarnos a pagar impuestos, que los servicios públicos cuestan y hay que pagar por ellos, dejar de esperar que todo nos venga de regalo. Viendo a los millones que viven sin alumbrado, drenaje ni pavimentación, sin acceso a la seguridad social ni la más remota esperanza de una educación digna, sin poder contar ni con la policía ni con el sistema judicial, uno se pregunta si esperan algún regalo del gobierno. Los mismos oficiantes, sin embargo, en la misma vena realista, encuentran muy lógico y racional que las empresas se dediquen al regateo, que amenacen con invertir en otra parte si no se les ofrecen mejores condiciones fiscales: así es el mercado y hay que acomodarse, los empresarios no tienen por qué pensar en lo que cuesta la educación o la salud o la seguridad pública. Lo malo es que amagan con irse a China, que puede ofrecerles un gobierno despótico para mantener el orden y mano de obra en condiciones de esclavitud. Se ve difícil competir por ahora. Habrá que bajar los impuestos.

Insisto: la gente desconfía del uso que se hace del dinero público y tiene la sensación de que el cobro de impuestos no es equitativo. Las severas razones del realismo financiero no le convencen. El mínimo residuo de definición ideológica que queda en la cámara de diputados dice eso. No va a cambiar por arte de magia.

La Crónica de hoy, 25 de noviembre de 2003