¿Por qué no éste?

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Un titular del Excelsior el jueves: “Masacran a 16 adictos cuando hacían oración”. El primer párrafo: “Un solitario asesino acribilló anoche a por lo menos 16 adictos, aunque hay versiones que dicen que fueron 18, que hacían oración en el centro de rehabilitación El Aliviane, en Ciudad Juárez”; el segundo párrafo: “Otra versión indica que fueron varios hombres armados, entre ocho y diez, que llegaron en dos camionetas de lujo y formaron a sus víctimas en un pasillo para luego fusilarlos”. La misma noticia, en Milenio: “Ultiman a 17 adictos en clínica de Chihuahua. Un comando de hasta 15 encapuchados disparó contra los internos”; y en la nota: “Las primeras investigaciones señalan que los tripulantes de una camioneta negra arribaron al lugar y de manera violenta formaban en fila a los internos que se encontraban en los dormitorios y en el patio.” Es imaginable el desorden, el desconcierto de todos. Aun así, la confusión parece exagerada: 16, 17 o 18 víctimas; un asesino o acaso ocho, diez o quince, que llegaron en una camioneta o en dos; encontraron a los internos haciendo oración o en los dormitorios o en el patio.

La versión del Reforma: “Fusila comando a 16 en Ciudad Juárez”. En el texto: “Versiones de testigos revelaron que las víctimas estaban reunidas en la sala principal del centro denominado El Aliviane, ubicado en la Colonia Bella Vista, donde 40 internos eran atendidos por religiosos cristianos”; también según testimonios: “sujetos armados llegaron al lugar a bordo de tres camionetas. Los pistoleros sacaron a los jóvenes uno a uno al patio y los rafaguearon con fusiles AK-47”. El titular del Universal: “Sicarios fusilan a 17 jóvenes en Ciudad Juárez”; en la nota: “Fuentes policiacas informaron que hombres armados con rifles AK-47 entraron al lugar y dispararon”. Bien: eran dos o tres camionetas, y los sacaron uno a uno, o entraron disparando.

La masacre ocurrió sobre las ocho de la noche del miércoles. Supongo que los reporteros hicieron lo posible por obtener información, preguntaron a quien estuviese cerca, a sus “fuentes policiacas”. Porque había que cerrar la edición y la nota era para primera plana, aunque no fuese a tener las ocho columnas, que no las tuvo. Y los editores tuvieron que incluir los textos como venían: con información inexacta, aproximada, sin corroborar, porque no había otra cosa. Y sí, con cualquiera de las versiones podemos hacernos una idea de lo que sucedió: parece más probable que fuesen quince y no uno, y que llegasen en tres camionetas y no en una. Por una vez, lo escandaloso no es la irresponsabilidad de la prensa sino la inverosímil incuria de las autoridades que en las dos, tres o cuatro horas siguientes al atentado, con dieciséis o diecisiete muertos, no emitieron un comunicado oficial para explicar puntualmente los hechos. Ni eso.

La noticia es ya de páginas interiores, si acaso. Son menos de veinte víctimas, entre cinco o diez mil, y adictos además. Sin duda es difícil saber con exactitud lo que sucedió, en este caso como en muchos otros. Y cualquier funcionario tiene miedo de dar información inexacta y tener que corregirla después, porque sabe que si sucediera tendría a la prensa encima con las acusaciones más descabelladas, esta prensa nuestra que vive de las declaraciones. No obstante, si se quiere restablecer un mínimo de credibilidad, lo primero que hace falta es dar información: pronta, clara, puntual. Al menos información sobre los hechos, si no hay otra cosa, si no hay explicaciones ni hipótesis ni nada.

Con más o menos detalle los periódicos informan de otras masacres similares, en centros de rehabilitación. Alguno dice que se trata de un conflicto por la venta de droga al menudeo, porque en esos centros suelen reclutarse vendedores. Más de uno recuerda declaraciones bastante lúgubres del secretario de seguridad pública de Chihuahua, días atrás, sobre eso; decía que se recluta como minoristas a adolescentes adictos porque son “desechables”.

Sabemos que muchos de los homicidios de los últimos años van a quedar sin esclarecer. Y en una espiral de violencia como la que viven algunas ciudades del país, es lógico. Ahora bien: valdría la pena que en algunos casos hubiese claridad. Estamos acostumbrados a pasar página con demasiada facilidad. Basta poner la palabra “sicarios” y todo está resuelto. No. Las vaguedades de los ajustes de cuentas, la guerra entre cárteles, la lucha por controlar la plaza y demás empiezan a ser irritantes: ¿quién, por qué, qué plaza, qué cuentas, con qué motivo? Tendríamos que empezar por aclarar algunos casos. Y conste que no digo detener a los culpables, sino explicar lo que ha sucedido con algo más que “una banda rival”. En algún caso. ¿Por qué no en éste? Alguien pensó que le convenía asesinar a esos veinte muchachos. Tengo la impresión de que si pudiésemos entender la lógica detrás de esta atrocidad entenderíamos mejor de qué se trata la “guerra”.

 

La Razón, 5 de septiembre de 2009