¿Por qué, señor presidente?

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En su “Libro de todas las cosas y otras muchas más”, Quevedo ofrecía “secretos espantosos y formidables” para obrar maravillas.El primero: “Para que se anden tras ti todas las mujeres hermosas; y si fueres mujer, los hombres ricos y galanes”; su remedio infalible: “Ándate tú delante dellas”. Algo así se le ha ocurrido al presidente de Venezuela para convertirse en líder continental, ponerse delante de los que de todos modos iban a marchar protestando contra Bush: contra la guerra en Irak, contra el libre comercio, contra el imperialismo, contra lo que fuera, había de todo. Muchas banderas cubanas, imágenes de Fidel Castro y el Che Guevara, pintas en las paredes: “K[irchner], Lula, Taba[ré], cipayos de Bush”. Al frente, Hugo Chávez. Eso le ha permitido exhibir como un éxito personal el fracaso de la cumbre y, de paso, darle la razón al presidente español, Rodríguez Zapatero, que hace tiempo escogió a Chávez como su “interlocutor privilegiado” en la región, para que sirva de puente entre España e Iberoamérica.

La verdad es que la cumbre de Mar del Plata había fracasado desde antes de comenzar y no por los aspavientos de Chávez ni por la agitación entusiasta de Maradona. El presidente Kirchner, como anfitrión, marcó el tono en un discurso inusualmente duro: dijo que Estados Unidos es responsable de la tragedia social de América Latina, que las políticas económicas que se han impuesto por la presión norteamericana han tenido como consecuencias el aumento de la pobreza y la inestabilidad de los sistemas democráticos. Hablaba sobre todo para la galería, obviamente, porque no había ningún trabajo preparatorio para discutir una alternativa; se entiende: necesita asegurar su reelección en 2007, y está bien encaminado. Brasil, por su parte, sabe que tiene garantizada su hegemonía en la región –en toda América del Sur- si consigue que se mantenga relativamente lejos a Estados Unidos: después puede negociar su relación bilateral en términos muy amistosos, como potencia regional. En ese escenario, era inevitable que se hablase del Área de Libre Comercio de América pero a sabiendas de que era tiempo perdido; Chile y Brasil se quejaron de eso, de que se perdiera el tiempo con el tema, mientras Perú, Bolivia y Ecuador –que resienten la presión de Brasil y Venezuela- siguen negociando su propio acuerdo con los Estados Unidos, con independencia de lo que hagan los demás. El único que se sorprendió del resultado, por lo visto, fue el presidente Fox.

Se sorprendió, se enojó y se lo hizo saber a todos. De principio a fin, la actuación de la delegación mexicana en Mar del Plata fue ejemplar: para usarla en libros de texto. No sólo se canceló la entrevista con el jefe de estado del país anfitrión, sino que tampoco asistió el presidente Fox a la cena de gala: porque tenía que madrugar –eso dijo-, porque él había ido allí a trabajar y no a hacer turismo. Algo así dijo. No faltó el sello de la casa en materia de cortesía, que el presidente se rehusara ostensiblemente a aplaudir después del discurso de Kirchner; no faltaron las bravuconadas, como decir que el ALCA seguirá adelante, porque no puede retrasarse tan sólo por la oposición de cinco países (qué más da si entre los cinco están Argentina, Brasil y Venezuela). Hubo ocasión incluso para que el presidente expusiera lo que seguramente se conocerá en el futuro como la Doctrina Fox y que podría formularse más o menos así: los futbolistas no pueden hablar de política, porque no saben; con su corolario: los jefes de estado se toman las cosas en serio, quienes protestan en las calles sólo quieren salir en la tele y no tienen ni idea de lo que hacen. Por si hiciera falta (hacía falta) el secretario de relaciones exteriores explicó la doctrina con todo y ejemplos.

Pero hubo más actividad diplomática la semana pasada. La Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una resolución que declara el 27 de enero “Día Internacional de Conmemoración anual de las víctimas del Holocausto”. Es un texto breve, de seis puntos, que aparte de establecer la fecha pide a los estados miembros de la ONU que incluyan en sus programas educativos el recuerdo y la reflexión sobre el Holocausto, con el propósito de “ayudar a prevenir actos de genocidio en el futuro”; también condena explícitamente lo que se ha llamado el “negacionismo” y condena cualquier forma de intolerancia, acoso o violencia por motivos religiosos o étnicos.

El documento se presentó como iniciativa de Israel, Estados Unidos, Rusia, Australia y Canadá. Tiene su importancia. Es la primera vez que Israel presenta una iniciativa ante la Asamblea General de Naciones Unidas; su aprobación podría ser un paso importante para que el estado israelí se comprometiera formalmente con otras resoluciones de la Asamblea General (por supuesto, la 242 y la 338) y que, con todo lo que haya que negociar, se pudiera pensar en una solución digna, justa, estable para el problema de Palestina. Seguramente a nadie se le escapó eso, aparte de los méritos intrínsecos de la resolución, porque la iniciativa fue secundada de inmediato por noventa países, empezando por Albania, Alemania, Andorra y Argentina, y terminando por Ucrania, Uganda, Uruguay y Uzbekistán. La lista es impresionante y reveladora, sobre todo por los que faltan: entre ellos, México. Hubo dos días de discusiones en la Asamblea. Se sumaron a la iniciativa otros catorce países: Azerbaiyán, Congo, Ecuador, Filipinas, Gabón, Gambia… Hasta un total de ciento cuatro países. México no. ¿Por qué, señor Presidente?

Manifestaron sus reservas, como se dice, los países árabes en los que el antisemitismo es prácticamente la doctrina oficial, donde se enseña en las escuelas que el Holocausto es parte de la estrategia de propaganda de Israel. El representante de Egipto dijo que “nadie tiene el monopolio del sufrimiento” y que debían haberse incluido en la resolución otros casos de genocidio; algo parecido dijeron los embajadores de Malasia e Indonesia. La representación de México en Naciones Unidas decidió alinearse con ese grupo: ¿por qué, señor Presidente?

Apoyaron la resolución todos los países iberoamericanos excepto Cuba, Venezuela y México. Cuba por lo que sea, da lo mismo: porque la iniciativa era de Estados Unidos o de Israel, porque no condenaba el embargo contra la isla, porque no mencionaba el genocidio neoliberal, tampoco importa porque es un voto previsible siempre. El representante de Venezuela dijo que la resolución debería haber contemplado también a las víctimas de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. No es sólo una tontería, sino que pone en blanco y negro la razón básica que justifica la iniciativa. El argumento venezolano es más o menos como sigue: siempre hay muertos, los tuyos y los míos, todos son iguales, la condena es pura propaganda. Contra esa manera de razonar está pensada la resolución. El fingido humanitarismo de la postura de Chávez significa en la práctica negar el hecho, absolutamente singular, del Holocausto; es ponerse del lado del nazismo, como aliado objetivo, y decir que condenaría sus atrocidades si se condenaran las del enemigo. Es lo mismo un acto de guerra que la voluntad declarada de aniquilar a un grupo étnico. Con ese razonamiento bárbaro terminó alineada la posición de México. ¿Por qué, señor Presidente?

La resolución establece el 27 de enero, aniversario de la liberación de Auschwitz, como Día Internacional de Conmemoración anual de las víctimas del Holocausto. México se rehusó a apoyarlo. La resolución insta a los estados miembros a inculcar en las generaciones futuras las enseñanzas del Holocausto, para evitar que se produzca algo semejante. México se rehusó a proponerlo. La resolución rechaza toda negación del Holocausto como hecho histórico y condena todas las manifestaciones de intolerancia. México no quiso comprometerse con eso. ¿Por qué, señor Presidente?

El Senado de la República, que se supone que debe vigilar la política exterior, no ha dicho nada. Y eso mismo dice mucho. Pero la primera responsabilidad es del Poder Ejecutivo, que ni siquiera ofreció una explicación a la Asamblea de las Naciones Unidas. Díganos: ¿por qué, señor Presidente? Hicimos causa común, por lo visto, con Irán, Siria, Libia, Indonesia y Cuba para no condenar explícitamente a Hitler. ¿Por qué, señor Presidente? Un mínimo de respeto hacia su investidura obliga a suponer que usted sabía lo que se estaba discutiendo en la Asamblea General de la ONU, que su secretario de relaciones exteriores entendía el sentido de la propuesta, que hay razones y razones de peso, en las que está comprometido el interés nacional, que justifican lo que se hizo. Es pública la decisión, es indispensable –por decoro, por dignidad- hacer públicas las razones. Díganos: ¿por qué, señor Presidente?

 

La Crónica de hoy, 9 de noviembre de 2005