El Principito. Prólogo a la segunda edición

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Apología sumarísimaen la cual el autor explica el motivo de la edición y se hace cargo de algunas críticas y algunos críticos

Este librillo comenzó su andadura hace ya bastante más de una década. Casi hasta dos. Tuvo sus lectores y tuvo también, como corresponde, variada colección de contradictores, unos más amables que otros. Poco se dijo en contra de las máximas y consejos concretos, como si fuesen cosas de poca importancia el tener o no tener enemigos, optar por la popularidad o por la astucia, tener muchas o pocas leyes, más suaves o más exigentes. O como si se tuviese por demostrada la verdad de lo que yo decía, que también podría ser. No me toca meterme en la cabeza de los lectores ni descifrar su silencio. Fuese por un motivo o por otro, se censuró sobre todo el propósito general y como quien dice el ánimo con que estaba compuesto el libro. Y de varias formas se dijo que era poco decoroso: como para no dejarlo al alcance de los niños o de la servidumbre.

Hace tiempo ya que no se encuentra en librerías, y no es del todo contra mi voluntad. Tuvo en su momento fama breve, modesta, confusa y un tanto escandalosa, lo que me dio motivo para pensar que acaso estaría mejor en el olvido. Si me he decidido a ponerlo de nuevo en circulación, después de mucho dudar, es sólo por pensar que en tiempos aciagos, como los que nos tocan, incluso la luz más mezquina y pobretona, luz de vela sin despabilar, puede servir de algo.

He aprovechado la ocasión para enmendar algunos yerros de mucho bulto, y también para añadir dos o tres ejemplos, de casos conocidos, más recientes. No más, porque sería poner vino nuevo en odres viejos. Y eso no se hace. Tomo las palabras de fray Antonio de Guevara en su Aviso de privados y doctrina de cortesanos, para decir lo que dijo él: “Gran descanso tomaría mi corazón, si estuviese cierto que he acertado en la doctrina que envío en este libro, y no errado en los consejos que he dado”. No puede ser. Leído el conjunto, pasado por el tamiz de las casi dos décadas de mi experiencia, tengo que decir que muy bien podría ser verdad lo contrario de lo que digo en varias ocasiones, porque la arrogancia de la juventud puso a veces más de lo que hubiera aconsejado la prudencia. Me decido a publicarlo, a pesar de eso, porque pienso que puede haber alguna verdad o utilidad en el método, a pesar de que haya yo sacado a veces conclusiones equivocadas.

En aquel tiempo, cuando éramos todos veinte años más jóvenes, hubo quien se quejó de que faltase en mi modesta obrilla el equivalente del capítulo vigésimo sexto del Príncipe, titulado: Exhortatio ad capessendam Italiam in libertatem que a barbaris vindicandam, que en lengua vulgar viene a ser: Exhortación a encabezar Italia y librarla de los bárbaros. Se decía, para explicar la queja, que un propósito así serviría para justificar lo demás que se dice en el libro, que de otro modo queda desasido de toda nobleza, falto de norte, puro oportunismo y vileza.

No se dirá que no lo he pensado, si me tomo diez años para responder. Y digo que no. Digo que eso sería tanto como decir que el fin justifica los medios, o sea, que un fin plausible como el que se dice en la exhortación de Maquiavelo basta y sobra para cohonestar prácticas que de otro modo serían condenables. No digo yo eso, porque no lo pienso. Yo sé que es enseñanza de San Ignacio, que es santo, y que es aprobada por ostensibles y ostentosos demócratas de hoy. No me gusta ni me convence, porque me parece que tiene en poco los medios, y todo lo fía en el fin. Y pienso yo que debe ser a la inversa, pienso que importan los medios, pienso que la política se refiere sobre todo a los medios, y que lo demás es metafísica. Los fines que los ponga dios, o que los pongan el pueblo, la nación o el proletariado. Es otro el oficio de los políticos.

Me pareció más grave y de más entidad lo que publicó otro muy severo crítico, que con motivo de mi libro intentaba en realidad desacreditar a Maquiavelo. Digo yo que eso son palabras mayores. Y por eso voy a lo que escribió, para discutirlo más por lo menudo.

Decía mi contradictor que en esta obrilla mía había una interpretación equivocada del pensamiento de Maquiavelo. Y decía que una lectura profunda, en particular una lectura de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, ofrecería otra imagen y obligaría a dar otros consejos, distintos y casi opuestos a los míos. Su explicación era como sigue, al pie de la letra. Según él, Maquiavelo pensaba que el político “debe ser un hombre bueno y virtuoso, que gobierne con justicia y equidad. Ninguna acción puede ser correcta si contraviene la justicia, y no existen circunstancias en que la justicia pueda ser descartada. [Debe además] amar la verdad y poseer una mente preclara; ser magnánimo, pero no ostentoso; no ser avaro ni obstinado… Pensar si es permisible para un hombre político ser injusto es completamente absurdo”. Así lo dijo.

Si va a decir verdad, no podía yo tenerme por agraviado, puesto que en mi libro no hay una interpretación del pensamiento de Maquiavelo. Y por lo tanto, ni errada ni acertada. Es decir, que el escrito no se refería a mí, ni decía nada de mi libro. Eso no obstante, he preferido no pasarlo por alto, porque en su misma desorientación resulta útil: como que invita a ir poniendo, al hilo de sus dislates, sentencias de Maquiavelo que son muy dignas de recordarse. Sigo con eso el consejo del prudentísimo Mauricio Tenorio, que sirve como máxima general y que es como sigue: ya que está el burro, aprovéchalo para el viaje.

Viene muy a propósito porque la cursilería está en el espíritu de los tiempos, y forman enjambre los mojigatos, santurrones y remirados, fingidores, que con grandes aspavientos hacen ademán de privarse cuando tienen noticia de la política tal como es, y que así entre engañosos desmayos hacen baratillo de sus buenos sentimientos. Y querrían los tales, a más no poder, que nos olvidáramos de Maquiavelo. No ha de ser.

Decía el censor que ese Maquiavelo suyo es el que se manifiesta en los Discursos. Pero se cuidaba mucho de no citarlo en ningún momento. De hecho, no había en su escrito otra referencia, sino textos de unos cuantos profesores ingleses, que se citaban como autoridades. Y eso sólo ya hacía sospechosa la empresa. No es poco atrevimiento aventurarse a explicar lo que dijo o dejó de decir Maquiavelo, y más hacerlo contrariando la opinión general de los siglos pasados; ponerse a ello sin citar directamente sus palabras es temeridad que raya en el disparate.

Confieso que no entiendo por qué pueda alguien querer embarrar así la imagen de Maquiavelo, y presentarlo como si fuese discípulo de Antoine de Saint-Exupéry, y que leyéndolo hubiese aprendido de política. Pero digo de nuevo que no me toca meterme en la cabeza de otros. Sí quiero, en cambio, poner las cosas en su sitio, acudiendo a lo que efectivamente escribió Maquiavelo en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio.

Es sin duda hermosa la idea de que “ninguna acción puede ser correcta si contraviene la justicia”, también la otra, de que “no existen circunstancias en que la justicia pueda ser descartada”. Pero no era eso lo que pensaba Maquiavelo, que en el capítulo 41 del libro III de los Discursos decía: “en las deliberaciones en que esté en juego la salvación de la patria, no se debe guardar ninguna consideración a lo justo o lo injusto, lo piadoso o lo cruel, lo laudable o lo vergonzoso, sino que dejando de lado cualquier otro respeto, se ha de seguir aquel camino que salve la vida de la patria y mantenga su libertad”.

En cuanto a la bondad, la equidad y magnanimidad, tampoco pensaba Maquiavelo que fuesen así de necesarias. En los Discursos, por ejemplo, recomienda como muy eficaz la práctica romana de diezmar las legiones: “matando por sorteo a la décima parte, el castigado se duele de su suerte y el que se ha librado tiene miedo de que la próxima vez le toque a él”. Está en el capítulo 49 del mismo libro III. Eficaz sería, sin duda, como que por eso lo recomienda Maquiavelo. Pero no puede decirse que sea muestra de bondad.

La violencia repugna a los hombres buenos, y se entiende que sea así. Que por eso son buenos. Y les repugna el asesinato por sobre todas las violencias, como es natural. El político, sin embargo, según la idea de Maquiavelo, necesita otro estómago, capaz de mejor digestión. Decía por ejemplo: “Para vencer esta envidia, el único remedio es la muerte de los envidiosos, y si la fortuna es tan propicia al hombre virtuoso que mueren por causas naturales, éste llegará a la gloria sin escándalo… Pero si no tiene esta suerte, le conviene pensar en el modo de quitárselos de en medio”. Está también en los Discursos, en el capítulo 30 del libro dicho antes. Siendo importante como es, lo explica de varios modos, en varias ocasiones: “después de una mutación de régimen político, de república en tiranía o de tiranía en república, es necesaria una persecución memorable de los enemigos de las condiciones actuales. Y quien instaura una tiranía y no mata a Bruto, o instaura un estado libre y no mata a los hijos de Bruto, se mantiene poco tiempo”. En los Discursos, por supuesto, como todo lo que antecede: en el capítulo 3 del libro III.

Ni por asomo se sugiere nunca una escabechina ni parece a Maquiavelo que sea poca cosa la violencia. Sólo que hay su economía en ella. Y un político necesita entenderla. Dice por ejemplo Maquiavelo, en los Discursos: “es necesario, o no ofender a nadie, o hacer todas las ofensas de un golpe”, cuyo consejo está en el capítulo 45 del libro I. Y allí mismo explica el más célebre de sus consejos, que servía como clave de bóveda al edificio del Príncipe, y se propone a los políticos de toda república, como regla general de conducta: “tanto gobierna el que se hace amar como el que se hace temer, aunque la mayoría de las veces es más seguido y obedecido quien se hace temer que quien se hace amar”. Se encontrará la glosa en el capítulo 21 del tercer libro de los Discursos.

En un aparte digamos que lo anterior no recomienda la violencia, ni dice que sea siempre política. Y más bien todo lo contrario. Algo desto se dirá en adelante, donde toca en el texto, pero cumple dejar dicho desde ya lo de más enjundia. Es ello que si un político debe ser capaz de sujetar su bondad cuando sea necesario, también debe moderar su ira, su enojo, su despecho, su encono, su cólera, su animadversión y su deseo de venganza, porque no se le perdona lo que sería perdonable en un particular. Si es verdad que muestra tener tino y oficio quien sabe usar la violencia para ahorrar desórdenes, y más quien hace más ahorro de sangre, y cuida de ella con usura, es verdad también que no hay cosa más impolítica que ocasionar un muerto de más, donde podría haberse evitado. Y para ahorrar tiempo digamos que la política consiste en eso.

El amor a la verdad es una gran cosa. Muy encomiable, en particular en los profesores universitarios, y más cuando escriben, y se arriesgan a ser pillados en un renuncio. Eso no obstante, Maquiavelo no pedía a su político el amor a la verdad: “Yo pienso que es ciertísimo que raras veces o nunca sucede que un hombre de pequeña fortuna llegue a un puesto importante sin hacer uso de la fuerza y el fraude… No creo que se den casos de que la fuerza sola sea suficiente, pero sí se verá en muchas ocasiones que el fraude por sí solo es bastante”. Eso es del capítulo 13 del libro II de los Discursos. Algo parecido se dice al tratar de la guerra, en el capítulo 40 del libro III: el fraude “en la guerra es un recurso digno de alabanza y de gloria, y tan alabado es el que vence al enemigo con engaños, como el que lo supera por la fuerza”.

Conviene a veces al político engañar, y conviene a veces faltar a la palabra empeñada, que viene a ser lo mismo, o fingir y disimular lo que quiere hacer, que es otro tanto. Dice Maquiavelo que “los acuerdos hechos por fuerza no serán cumplidos ni por un príncipe ni por una república, y creo que, si temen perder el estado, ambos, para no perderlo, romperán la fe jurada y se mostrarán ingratos”. Otrosí: “se conoce con toda claridad qué estúpido e imprudente resulta pedir una cosa y decir antes: ‘Yo quiero hacer esta maldad con ella’, porque no se debe mostrar la intención, sino tratar de satisfacer aquel deseo de cualquier manera”. Está lo primero en el capítulo 59 y lo segundo en el capítulo 43, ambos del libro I. En los Discursos, como todo lo que queda citado arriba.

Todo lo cual significa que Maquiavelo pensaba que no es recomendable andar por ahí, amando la verdad a tontas y a locas. Que no es político.

Sobre la magnanimidad y la ostentación, la avaricia y cosas así, el consejo general de Maquiavelo no dejar lugar a dudas:”las repúblicas bien organizadas deben mantener al erario público rico y a los ciudadanos pobres”. Se puede leer en el libro primero, en el capítulo 37. El consejo se explica de nuevo, con más amplitud y más claridad si cabe en el libro segundo, capítulo 23: “gobernar no es otra cosa que mantener a los súbditos de modo que ni deban ni puedan perjudicarte”.

Quiero pensar que para un lector de buena fe con eso basta, y que no hace falta seguir sumando ejemplos. El maquiavelismo profundo que voceaba aquel crítico, y que querrían propagar los sepulcros blanqueados que forman tropa hoy en día, un maquiavelismo impolítico, humanitario y candoroso, que aconsejaría la bondad, el amor a la verdad y la justicia, es pura invención: fantasía, engaño y embeleco. Maquiavelo dijo lo que dijo, que está ahí para quien quiera leerlo. Y fue de convicciones republicanas, como sabemos todos, pero no fue idiota.

Podría ser, digamos para ir terminando, que aquel crítico dijera con honestidad lo que pensaba, y que metiera la pata (hasta el corvejón) a más no saber. Podría ser que estuviese sólo repitiendo lo que sus profesores le habían dicho. Podría ser que no citase los Discursos porque no los hubiera leído. Es hipótesis que sobre todo nos pide tratarle con caridad. Pero también podría ser que escribiese aquello de un modo deliberado, con miras más políticas, dado que en este tiempo se aprecian más que nada las buenas palabras, y se admira sobre todo la exhibición de buenos sentimientos, y hablar mucho de la verdad, la bondad, la virtud y la justicia. En cuyo caso habría que decir que sí había estudiado su Maquiavelo, y sabía poner en práctica los consejos. Por amor a la verdad tenemos que reconocer que si fuese la correcta esotra hipótesis, su astucia sería digna de alguna admiración.

Pero ya termino, que estoy gastando demasiado espacio en la apología, que no es lo que interesa. Dícese mucho en este tiempo, tanto que empalaga, que el desgobierno y la miseria y la violencia, y el desarreglo todo de la cosa pública es por culpa de los políticos. Digo yo que no. Que no es por los políticos, sino por la falta de ellos. Porque hay muchos que se emplean en el oficio sin dotes, unos queriendo ser corchetes o alguaciles, otros que preferirían ser contables, frailes o usureros, otros más de vocación de comediantes o de notarios o bufones. Y eso se nota. Como que la vocación les sale por las costuras del traje, y se muestra en todo lo que hacen, y mucho más en lo que dejan de hacer.

No es lo de menos, si se ha de decir todo, que los más de los que tienen vocación y ejercen como políticos, lo hagan disimuladamente, casi a escondidas, renegando del nombre para empezar. Y se quieren llamar a veces periodistas o intelectuales, a veces nomás ciudadanos, que lo uno y lo otro y lo otro valen tanto como decir pícaro. De cuya inclinación resulta una política degradada, en tramos mezquina, alicorta y cobardona, que casi no es política.

 

Al indulgente, sabio y juicioso lector

Y si no eres indulgente, se me da un ardite, porque no me refiero a ti, y estoy convencido de que no eres tampoco sabio ni juicioso. Y es tu problema. Esto que sigue es un libro sobre política. Y lo sabes ya, de antemano. De modo que no vayas a quejarte si no encuentras en él material para entretener a los niños. Si lo que lees te parece amargo, áspero y dudoso, acerbo, triste, oscuro, o incluso lamentable, piensa sólo que todo eso va en el tema. Que la política se trata de gobernar a gente como tú. Y piensa, si tienes ganas, que los palacios también necesitan letrinas. Y establos.

Yo sé que no faltarán quienes quieran morderme este librillo, y decir de él enormidades, como ya sucedió en su momento. A los tales no les digo nada. Pero sí digo que uno de los males del día, y no menor, es la plaga de moralistas que nos agobia, la calamidad de todos los que fingen dolerse de la patria y se lamentan a gritos, denunciando la inmoralidad de los demás, no por otra cosa, sino que brille su propia virtud, y ganar con ello. Porque es la verdad que ganan, y tanto más cuanto más se quejan. Es signo de los tiempos, muy de lamentarse, que se aprecie tanto esa exhibición de la virtud, que corresponde a temperamentos ordenancistas, rígidos hasta el fanatismo, o bien a fingidores, que hacen negocio de la indignación. No sabría decir quiénes sean peores.

Lee, pues. Si encuentras algo útil, te aprovecharás de ello, y si algo divertido, te divertirás con ello. Piensa que para eso está escrito. Vale.