¿Qué pasa en España?

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ETA reaparece en público con una serie de tiros al aire. El jefe de gobierno pide paciencia: sonríe. Periódicos que publican falsos, autobuses y bancos incendiados en el País Vasco, voces en el radio que piden poco menos que un golpe de estado, manifestaciones contra ETA que se convierten en manifestaciones contra el gobierno. El Partido Popular se embrolla en un laberinto de acusaciones delirantes, el gobierno socialista anuncia en el parlamento una negociación para que no quepa duda de que no va a negociar nada. ¿Qué pasa en España?

Es posible que lo fundamental sea algo tan sencillo como la llegada de una nueva generación de políticos que por comparación parecen muy poca cosa y por méritos propios sobre todo inspiran desconfianza. La renovación de la derecha fue obra de José María Aznar: los líderes actuales del Partido Popular –Mariano Rajoy, Ángel Acebes, Esperanza Aguirre, Eduardo Zaplana—se formaron sobre todo durante los ocho años del gobierno de Aznar, conservan mucho del tono arrogante, agresivo y desdeñoso de sus últimos tiempos, y no han asimilado todavía la derrota electoral de 2004. Siguen en el extravagante empeño de mostrar que, tras los atentados del 11 de marzo de 2004, hubo una conspiración del PSOE, junto con ETA, Al-Quaeda, los servicios de inteligencia del estado español y los jueces de la Audiencia Nacional: todo para derrotar al PP. No es una “campaña negativa” sino un enredo delirante de injurias –en el límite de la sedición—que ha terminado por hacer imposible cualquier forma de colaboración o diálogo con el gobierno. Lo peor es que los populares han hecho del aislamiento una virtud y no les parece que haga falta otra definición política.

En el PSOE la tarea de demolición ha corrido a cargo de Rodríguez Zapatero. Llegó al gobierno casi por casualidad después de una campaña fundamentalmente ambigua, cuya bandera más notoria era una incorporación jurídica de la contracultura de los setenta: algo muy poco socialista y nada obrero pero que ofrecía un contraste escandaloso con el moralismo pacato, malhumorado y católico del Partido Popular. Una vez en la presidencia se encontró con que su mejor baza era un talante amable, abierto, sonriente, de todo a todo contrario al de Aznar en sus años de mayoría absoluta; era difícil entonces decir quién era José Luis Rodríguez Zapatero o qué tenía que ofrecer, aparte de ese talante cordial y abierto al diálogo. Todavía no está claro. Ahora bien: para llevar una política así, de negociación a todo trance, se necesita sobre todo oficio político, y no es lo que abunda hoy en el PSOE.

En el equipo que llegó al poder junto con Felipe González hace veinticinco años había figuras notables: políticos cultos, enérgicos, experimentados como Joaquín Almunia, Josep Borrell, Enrique Múgica, Juan Alberto Belloc, Fernando Morán, Carlos Solchaga, Alfonso Guerra, aparte de que el PSOE mantenía un sólido liderazgo regional con Juan Carlos Rodríguez Ibarra en Extremadura, Pasqual Maragall y Ernest Lluch en Cataluña, Manuel Chaves en Andalucía, José Bono en Castilla, Manuel Leguina en Madrid, Fernando Buesa, Nicolás Redondo y Rosa Díez en el País Vasco (en un segundo plano bastante decoroso gente como Narcís Serra, Manuel Marín, Enrique Barón, José María Maravall, Javier Solana). Se han ido retirando o han sido aislados prácticamente todos ellos: Buesa y Lluch asesinados por ETA, Bono y Maragall como consecuencia de la negociación del nuevo estatuto catalán, Rosa Díez y Nicolás Redondo silenciados y casi expulsados del partido por la nueva estrategia del Zapatero hacia el País Vasco. Tras el retiro de la vida pública de Rodríguez Ibarra hace quince días prácticamente se cierra un ciclo. Acompaña a Zapatero otra generación de políticos más bien grises, de poca personalidad y una imagen pública indefinida: Jesús Caldera, José Blanco, Alfredo Pérez Rubalcaba, Patxi López, Rafael Simancas.

El cambio generacional tiene su peso. La inexperiencia explica algunos de los deslices del gobierno, la escasa entidad política de sus miembros ayuda también a entender la ambición, el deseo de hacerse notar con urgencia; a falta de otra orientación más concreta, Rodríguez Zapatero ha hecho bandera de la Paz y se ofrece para dialogarlo todo, desde el estatuto de Cataluña hasta el conflicto entre Israel y Palestina: de ahí resulta el pomposo disparate del Diálogo de las Civilizaciones o la ocurrencia de hacer de Madrid la Capital Mundial de la Paz (para que vayan a resolverse los más vidriosos conflictos internacionales). De ahí también la necesidad de negociar con ETA. Pero eso ya no es tan fácil.

En un gesto extraño, a mediados del año pasado, Zapatero pidió la autorización del Congreso para negociar con ETA si ésta decidía abandonar las armas. Extraño: habrá muchas cosas que negociar con ETA cuando decida disolverse, desde la entrega de arsenales hasta la reforma de la política penitenciaria, pero nada de eso se va a negociar en público ni necesita la aprobación de los diputados. Era –así hay que entenderlo—un gesto para la galería, para hacer saber que también con eso podía su gobierno, a base de buen talante y ánimo cordial. ETA respondió a su manera, hace seis meses, declarando un “alto el fuego permanente” para “impulsar un proceso democrático” que condujera al reconocimiento de los “derechos que como pueblo corresponden” a Euskal Herria (y que incluyen la limpieza étnica y la anexión de Navarra).

Comenzó entonces el “proceso de paz” con una grave asimetría: ETA sabe exactamente lo que quiere y sabe cómo conseguirlo, el gobierno de Zapatero da la impresión de que no lo tiene claro (para empezar, digámoslo limpiamente, porque es un absurdo peligroso hablar de un “proceso de paz” donde no ha habido una guerra). Los dirigentes del PSOE han “multiplicado los contactos” con líderes de Batasuna y buscan –eso dice la prensa—el modo de dar reconocimiento legal a Batasuna sin derogar la Ley de Partidos, para que pueda integrarse una “mesa de partidos” que se ocupe del fondo del problema, en un diálogo sin límites ni exclusiones.

Ahí empiezan las dificultades. Cuando ETA se disuelva habrá cosas que negociar con ETA, pero nada con Batasuna y desde luego nada al margen del parlamento vasco. En cuanto a la legalización, es perfectamente posible. La Ley de Partidos dice que un partido será declarado ilegal cuando “su actividad vulnere los principios democráticos”, cuando promueva o justifique la violencia, cuando ofrezca apoyo político al terrorismo o ceda sus prerrogativas a organizaciones terroristas, cuando se ofrezca para dar cobertura a “acciones de desorden, intimidación o coacción social” o incluya “regularmente en sus órganos directivos o en sus listas electorales a personas condenadas por delitos de terrorismo”. Es decir: Batasuna podría ser un partido político normal en cualquier momento, siempre que se deslindase de ETA (podría ser un partido republicano e independentista, como lo es ERC en Cataluña, sin ningún problema). El problema del PSOE de Zapatero es que Batasuna lo quiere todo. Y lo ha dicho con toda claridad además: ha pedido a ETA que no avance “hacia la paz” mientras no haya “garantías de que Batasuna va a ser legalizada de nuevo”.

En las últimas semanas ha arreciado la “lucha callejera” (la kale borroka) en el País Vasco con la quema de autobuses y cajeros automáticos. Tres encapuchados aparecieron en un acto público de Batasuna y afirmaron que ETA sigue dispuesta “a seguir luchando firmemente, con las armas en la mano, hasta conseguir la independencia y el socialismo en Euskal Herria”. Y Zapatero no ha tenido más remedio que decir que todo marcha bien y que continúa según lo previsto el “proceso de paz”. Se lo juega todo.

Los lectores piadosos de La Jornada no tendrán dificultad para entender lo que pasa. El titular de ese día decía: “ETA advierte que seguirá su lucha armada por la independencia. Aclara el grupo separatista que su declaración no implica renunciar al diálogo ni al alto el fuego”. Aclaro yo: los encapuchados hablaron de lucha, armas y sangre, nada más. Según La Jornada, “el anuncio de ETA no supone una renuncia al alto el fuego permanente ni a las negociaciones con el gobierno español, dijeron asistentes al acto.” Hay que preguntar: ¿quiénes eran esos “asistentes al acto”? ¿Por qué hay que dar crédito a lo que dijeron? ¿Por qué no dijo ETA lo que quería decir, por qué se debe prestar atención a quienes dicen lo contrario? Honestamente, no lo sé: imagino que los fieles de La Jornada entienden que es muy natural sentarse a negociar con la pistola sobre la mesa, con un pie en el parlamento y el otro en la lucha armada. Lo preocupante es que para salvar su imagen negociadora y amable y su título de “príncipe de la paz” Rodríguez Zapatero empieza a razonar de la misma manera.

¿Qué pasa en España? Lo que era una apuesta desesperada de ETA, al borde de la extinción, empieza a ser la apuesta desesperada de un gobierno que no tiene otra identidad más que la Paz. Mal asunto.

 

La Crónica de hoy, 4 de octubre de 2006