¿Qué público?

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La prensa mexicana tiene sus rarezas. Como todas. Siempre es difícil, toma tiempo aprender a leer los periódicos de cualquier país porque hay convenciones y sobreentendidos que organizan la información, los comentarios, las polémicas. No son simples manías. Las rarezas constituyen un estilo y revelan a veces rasgos fundamentales de la vida pública; entre nosotros, por ejemplo, la estructura de los periódicos dice que no existe el público: hay algunos lectores que leen de oficio, hay tertulias de enterados, también devotos de alguna secta. Lectores sueltos que más o menos se enteran. Pero no existe esa estructura de comunicación extensa y anónima, reflexiva, en la que circulan ideas, noticias, opiniones, no existe eso que se llama el “público”.

Para nadie es una novedad, supongo; pero tiene consecuencias. Sobre todo una: que los periódicos se elaboran a partir de esa hipótesis y ponen lo suyo para que todo siga igual. Lo primero, por supuesto, es que el público no existe materialmente, que hay muy pocos, poquísimos lectores; las encuestas más optimistas dicen que acaso un quince por ciento de la población lee diariamente algún periódico. Me parece una exageración. En todo caso, significa que todos son minoritarios, incluso los de mayor venta. Para remediarlo recurren a la publicidad oficial. Recurren también a la publicación de gacetillas pagadas por algún político que quiere figurar o alquilan el espacio para hacer entrevistas a modo. Todo eso les resta credibilidad, sin duda, pero no sería obstáculo para la formación de un público; al menos, no un obstáculo definitivo.

Hay otras rarezas que me llaman más la atención y que resultan más reveladoras. Por ejemplo, el hecho de que casi nunca haya uniformidad en las noticias de primera plana ni en las que ocupan los titulares. Cuando hay un público medianamente integrado hay también una jerarquía de noticias que se impone, como cosa obvia: hay temas que son importantes, hay temas secundarios, no sólo por su interés objetivo –el inicio de los bombardeos de Bagdad, por ejemplo, o los atentados de Madrid- sino porque ocupan un lugar en ese diálogo anónimo que constituye al público. Entre nosotros rara vez puede verse algo así. La noticia que tiene las ocho columnas en un periódico puede no aparecer en absoluto en ningún otro, ni ese día ni en los días siguientes; las que llegan a ocasionar escándalo desaparecen al cabo de una semana, si el caso es grave, sin que nadie se acuerde de ellas. Hace dos o tres días, por ejemplo, El Universal destacaba en titulares el problema del nuevo impuesto al tabaco, el caso de un magistrado acusado de acoso sexual, la ratificación mexicana del tratado que funda el Tribunal Penal Internacional, acusaciones de manejo político de la ayuda a damnificados en el Sureste; el Reforma anunciaba nuevas acusaciones contra Montiel, ofrecía un cuadro de “transparencia” del gasto universitario, hablaba del consumo de frituras en las escuelas de Sonora y mencionaba también el dudoso sistema de distribución de ayudas; por su parte, La Jornada dedicaba la primera plana completa al último escándalo en la Casa Blanca. El “público” es distinto en cada caso, cada uno tiene una idea del mundo distinta, se entera de cosas distintas, es decir: con suerte hay grupos de lectores, pero no hay un público.

Sucede lo mismo con las noticias más obvias, las que tendrían que estar en la portada de todos los periódicos. Los atentados del sábado pasado en Nueva Delhi. Estaban en las ocho columnas de La Crónica y La Jornada, pero en El Universal era una nota en interiores, con información del New York Times, y en el Reforma igualmente, poco más de trescientas palabras, en la sección internacional, donde la noticia principal era una encuesta para meter miedo sobre la izquierda en Iberoamérica. Si uno se decide a leer los contenidos, las cosas se ponen peor. El domingo, casi todos los periódicos hablaban directamente de atentados terroristas y, siguiendo a las agencias internacionales, apuntaban vagamente hacia grupos islámicos vinculados con radicales de Pakistán; casi todos, porque La Jornada es incombustible, no cede un punto: según su redacción hubo “explosiones” que el primer ministro indio atribuyó a “terroristas”. Las comillas son suyas. Para un lector de La Jornada el terrorismo no existe, todo son imputaciones interesadas, una invención imperialista: dondequiera que estalle una bomba para matar civiles desprevenidos, en un mercado, en una calle de Tel Aviv, de Bagdad o Bali, lo que hay es una causa justa que debe defenderse, aunque de momento no se pueda saber cuál es: podría ser una derivación del conflicto de Cachemira, de Utar Pradesh, del separatismo Sikh. Hay que andarse con cuidado. A lo mejor hay que ponerse ahora de parte del general Musharraf.

Lo fundamental es que a los lectores mexicanos todo eso les trae sin cuidado. Ni se enteran ni quieren enterarse. Lo poco, poquísimo que hay como “público” está atento sobre todo a las columnas de chisme político local, a lo que Madrazo le dijo a Natividad González, la lista de comensales en la última cena pública de la profesora Gordillo, los amigos que ha podido juntar Pablo Gómez para su nueva aventura. Eso tiene todo el espacio que haga falta, con insidias, calumnias y reporteros encubiertos: pero es el servicio de información para una elite de los directamente interesados, hecho a base de filtraciones. Eso –perdón- no es periodismo ni nada que se le parezca.

¿No hay nada más interesante en el mundo? El contingente de Naciones Unidas destacado en la frontera entre Etiopía y Eritrea ha decidido retirarse, porque la situación es insostenible; la hambruna en Malawi empieza a tener graves consecuencias políticas; en Tanzania se han aplazado las elecciones por el asesinato de un candidato a la vicepresidencia; la crisis de Darfur amenaza con desbordarse hacia los países vecinos y Estados Unidos condiciona su apoyo a los desplazados. En el estilo de la prensa mexicana nada de eso tiene la menor importancia, no merece ni mencionarse. Las consecuencias de la “globalización” nos llegan después como aguaceros imprevistos, que no se entienden. Eso si llegan a oírse. He revisado las páginas de opinión de la semana pasada de cinco periódicos nacionales: a ningún articulista, a ninguno de nuestros intelectuales le llamaron la atención las declaraciones del presidente de Irán, que repitió tres veces en tres días consecutivos la salvajada de que hay que “borrar a Israel del mapa”; sólo encuentro una breve nota editorial de La Crónica, el viernes, y el artículo de Beatriz Martínez de Murguía, este lunes. Como si fuera una ocurrencia, sin la menor importancia, como si no fuera con nosotros (un reparo: la redacción de la noticia en La Jornada, el jueves, era tan elocuente como cualquier editorial, sólo que iba con disfraz de información).

A ese desorden de las primeras planas, a esa falta de jerarquía en las noticias y a esa falta de información, hay que añadir la absoluta ausencia de diálogo en la prensa nacional. Salvo que no haya más remedio, ningún periódico se refiere a las noticias publicadas por otro. Cada quien escribe para sus fieles, que no saben nada más ni se interesan por otra cosa sino por el consumo de papas fritas en las secundarias de Sonora. Con los articulistas pasa lo mismo y es mucho más grave. Hay algunas excepciones –José Carreño, por ejemplo- pero en general quienes firman una columna de opinión en cualquier periódico mexicano hablan por sí y ante sí y ni por equivocación mencionan las opiniones de nadie más. Es el signo que dice de manera más ostensible que no hay un “público” mexicano. No hace falta discutir. No se discute. Cada quien dice lo suyo, para que lo lean sus adeptos. Nadie se atreve a reconocer que hay otras voces, otras gentes tratando de articular ideas más o menos distintas, que sólo podrían aclararse discutiendo.

Se entiende sobre todo en los miembros de nuestro Star System de la opinión. Ninguno de ellos se rebajaría a discutir con un segundón. Los demás, bastante tienen con conservar su lugar. Una polémica siempre es peligrosa: no sólo porque corre uno el riesgo de quedar en ridículo o poco menos, sino que la discusión misma deja al lector, al público, con la última palabra. Le hace dudar, le obliga a sopesar unos argumentos contra los otros. Una polémica amenaza con formar –aunque sea fugazmente- un público. Y eso es inaceptable. Nuestra prensa escrita reproduce el mundo feliz de la televisión donde no hay público, sino espectadores.

 

La Crónica de hoy, 2 de noviembre de 2005