¿Quién teme al populista feroz?

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Es normal que los personajes famosos digan tonterías, y si no es normal por lo menos es frecuente, sobre todo los que son clasificados como intelectuales. Es una consecuencia de haber incorporado la cultura, o lo que sea eso, a la industria del espectáculo: una vez que se ha invertido lo suficiente en publicidad para fabricar la imagen de un intelectual, hay que hacerlo rentable por todos los medios. Y como se supone que los intelectuales sirven para opinar, se les pide su opinión sobre los asuntos más peregrinos, y se graba y se anota y se publica como si tuviese importancia: llena una página del periódico, unos minutos de televisión, y además añade un poco de prestigio. Y sirve de publicidad, para el próximo libro. No es una disculpa, que conste, porque ante el riesgo de decir una tontería, hablando de lo que no se sabe, uno siempre tiene la opción de callarse.

Lo más razonable es no hacer caso. Pero sucede que esas opiniones apresuradas y superficiales terminan por pasar al sentido común de la gente que, a falta de otra cosa, las toma por lo que parecen ser: ideas muy importantes, de gente muy informada, cuya opinión es enormemente valiosa.

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara es una ocasión ideal para ese espectáculo: aquello está lleno de escritores famosos, con sus respectivos agentes y todo el aparato publicitario de sus editoriales. Abundan las tonterías. La semana pasada estuvo el novelista español Arturo Pérez-Reverte, que vende mucho; no hablo de sus novelas porque no me interesan en absoluto: vende mucho. Con esa autoridad habló sobre el futuro de nuestros países; explicó lo que está sucediendo y lo que va a suceder, con el tono truculento que conviene a la imagen que se ha hecho de hombre duro, que habla con franqueza y llama a las cosas por su nombre.

Bien. Dijo Pérez-Reverte que “en un futuro no muy lejano habrá nuevas revoluciones que serán encauzadas por el rencor y la revancha, y no por ideologías que proclamen un mundo mejor”. Feo el mundo que viene, no como el de Stalin y Mao. Dijo más: “El que se pondrá al frente no será el intelectual lúcido, el ideólogo idealista, no será Marx, ni Lenin, ni Trotski, ni el Che ni Jesucristo; será el más bruto, el más salvaje, el que mejor degüelle, el que mejor arrastre a la gente, el más populista, y eso es muy peligroso”. Lo del degüello es la nota de color, supongo, que lo acredita como novelista y académico de la lengua. Pase. Pero cuesta trabajo sacar algo en limpio de esa mezcla de nombres: ¿qué revolución dirigieron Marx o Jesucristo? Hablando en serio: ¿intelectuales, idealistas, lúcidos? En todo caso, lo importante es el contraste, comparar aquellas cumbres con este abismo: decir que el líder de la revolución que viene será “el más populista”, es decir, “el más bruto, el más salvaje”. Se queda uno con las ganas de saber qué significa “populista” y qué grados hay en eso; lo importante está dicho: equivale a bruto y salvaje. Y va con el degüello.

Personalmente, tengo mis dudas de que vaya a haber revoluciones en el futuro inmediato. Ni de ésas ni de otras. Ahora bien: si las hubiera, estarían impulsadas por el rencor y el deseo de revancha, como todas las anteriores. Ésa sería a fin de cuentas su única justificación y no haría falta otra. Habrá que conceder que el señor Pérez-Reverte dice lo que piensa, que su idealización de las revoluciones pasadas no es sólo un recurso de propaganda. A continuación uno se pregunta dónde habrá aprendido la historia de la Revolución Francesa o la Revolución Bolchevique. ¿Había allí ideas, intelectuales, ideólogos? Por supuesto. También rencor y deseos de venganza. Basta leer –cito lo más obvio- el libro sobre los sans-culottes de Albert Soboul, basta leer unas cuantas páginas de Marat, la historia de la revolución rusa de Orlando Figes. En un caso y otro, al final se impusieron los más “brutos” y los que “mejor arrastraban a la gente”: los jacobinos, los bolcheviques, como los comunistas chinos, los khmer rojos en Kampuchea. Y degollaban a sus enemigos, literalmente.

Pérez-Reverte idealiza todo aquello, convencido o no, para denunciar por contraste lo que viene, que será algo vulgar y sin grandeza, producto de la chusma y no de “intelectuales lúcidos”. Eso: lo que él llama populista. Lo que se suele identificar con la revolución bolivariana de Hugo Chávez.

Veamos, pues, al monstruo. Este domingo pasado, como era previsible, el partido de Chávez arrasó en las elecciones. Junto con sus aliados, el MVR ganó, por lo visto, todos los asientos en el congreso venezolano, después de que los principales opositores se retirasen de la competencia. Es una victoria pírrica, con una participación que apenas llega a la cuarta parte del censo electoral, y sin oposición. Yo no diría que señala el fin del “chavismo”, pero es una llamada de atención: le da al presidente una mayoría a la vez aplastante y frágil, que revela una falla seria de su aparato de movilización.

Un poco de historia: Hugo Chávez llegó a la presidencia en 1998 con un 56 % de los votos. Algo nunca visto en Venezuela, indicio de la crisis terminal del sistema de alternancia entre Acción Democrática y COPEI. Ganó después el referéndum para disolver al Congreso y convocar un constituyente, ganó en la elección de constituyentes, ganó el plebiscito de 2004 convocado para revocar su mandato. La chusma, votando a base de rencor y deseos de revancha, lo ha mantenido en el poder. Puede parecer desagradable, pero más vale tratar de entenderlo.

¿Qué ha hecho, desde 1998, el populista feroz? Bastante poco, la verdad sea dicha. Poco como movimiento antiimperialista: la mayor parte de los ingresos del estado venezolano provienen de las compras de petróleo de Estados Unidos, aparte de que sus refinerías están en Estados Unidos y que la industria petrolera venezolana cuenta con la colaboración de compañías estadounidenses. La inversión china que empieza a llegar tiene todavía un valor puramente simbólico, de acompañamiento para los insultos que dedica Chávez, día sí día no, al presidente Bush.

El cuadro general de la economía es lamentable. Se ha multiplicado el gasto público: en educación, también en armamento, mucho más de lo que permiten los ingresos petroleros. El gobierno ha optado por cubrir su déficit de manera bastante ortodoxa, con devaluaciones, o sea, con inflación y, a fin de cuentas, la disminución del poder adquisitivo de los salarios (según estadísticas, del 6 o 7 %). La retórica antiimperialista y antiologárquica, sin medidas expropiatorias dignas de mencionarse, se ha traducido en una caída dramática de la inversión privada, de modo que la economía depende básicamente del gasto público. Es decir: del mercado internacional del petróleo (que representa el 25% del producto interno y el 50% del ingreso público). El efecto general es la petrolización de la política, la interior como la exterior, y la salarización de buena parte de la sociedad. Como revolución, la verdad, da poco de sí, por mucho resentimiento que tenga detrás. No ha degollado a nadie, que se sepa.

Ha habido cambios, sin duda. Se ha duplicado el presupuesto de educación que por ahora se paga con petróleo e inflación. Se ha ampliado la cobertura de salud con el trabajo de unos 14 000 médicos cubanos, es decir, gracias a que la retórica antinorteamericana de Chávez le interesa a Castro, que puede movilizar a sus médicos. El desempleo ha llegado al 15 % y más. Se han formado los Círculos Bolivarianos para organizar la movilización política a partir de los barrios: con eso se ganan las elecciones. Aparte está la censura, el control de la Suprema Corte, el hostigamiento verbal de una oposición descabezada y desorientada, que contribuye en mucho a la popularidad de Chávez, por cierto. Todo es más bien confuso, contradictorio. Nada tan bárbaro ni tan salvaje como lo que hicieron los “ideólogos idealistas” de Pérez-Reverte.

No hay ningún misterio en el “chavismo”. El petróleo venezolano se cotizaba a 7 dólares por barril en 1998, se cotiza hoy a 59 dólares. De eso está hecha la influencia regional de Venezuela, eso es la Revolución Bolivariana. Si uno escucha lo que tiene que decir el presidente Chávez, es penoso; en su libro sobre el “nuevo mapa estratégico”, editado por Marta Harnecker, por ejemplo, donde pide concentrarse en lo esencial: “hace falta mucho, mucho, mucho amor, ¡Mucho amor!”. Pero si hay esa facilidad para ganarse a los pobres con sólo ofrecerles algo de atención médica y tal vez una escuela cerca de casa, es porque estaban allí los pobres, sin salud y sin escuela, con un rencor que no se fija en sutilezas ideológicas ni necesita intelectuales lúcidos.

Viene el “populismo”, es posible. Resentimiento, rencor, deseo de venganza. ¿Por qué no? Será una política inconsecuente, miope, tramposa e irresponsable: como toda la política de antes. Pérez-Reverte explica su miedo con melodramática claridad: “si tienes a una persona sin trabajo, sin dinero, sin futuro, sin esperanzas, sin nada, y además le pones una 45 en la mano, pues ¡cómo no va a ser peligroso!” Es verdad. Y si tienes a una persona con trabajo y dinero, con influencia, con poder, con todo, y además le pones la misma 45 en la mano, ¡cómo no va a ser peligroso!

 

La Crónica de hoy, 7 de diciembre de 2005