Rafael Segovia. La política como espectáculo

Etiquetas: ,

“Se puede escribir un tratado de desgobierno –dice Rafael Segovia—inspirándose sólo en los dichos y hechos de Vicente Fox”. Y eso es La política como espectáculo: un cuidadoso, amargo, abrumador tratado de desgobierno; quisiera decir que es un libro que deberían leer todos nuestros políticos, del primero al último, pero imagino mientras lo pienso la sonrisa escéptica de Segovia: ¡eso, si supieran leer y alguna vez abriesen un libro!

Es difícil hablar sobre Rafael Segovia, más difícil hablar sobre un libro de Segovia, y uno que, como éste, reúne sus textos periodísticos, porque es imposible dar una idea medianamente justa de la intensidad de su escritura, de la densidad de cada página. Los dos textos introductorios: cuidados, exactos, de Lorenzo Meyer y Luis Medina, permiten entender, a quien se acerque por primera vez a la obra de Segovia, esa rara calidad caleidoscópica de sus artículos, obra de un historiador y un politólogo y un lector omnívoro, un espectador atento donde los haya, sensible a las resonancias y conexiones que hacen la trama del presente.

La política como espectáculo es ese tratado que dice Segovia que podría escribirse, sobre el desgobierno: con todos los temas, desde los detalles mínimos de la diplomacia hasta la vida parlamentaria, los partidos políticos, la administración pública. Es un libro que gira, inevitablemente, en torno a la figura de Vicente Fox porque su imagen, su estilo, sus ostentosas salidas de tono, sus decisiones y sus indecisiones dominaron con mucho la vida pública mexicana durante los seis años de su gobierno; con el tiempo, se recordará al personaje: por su extravagancia, por su arrogante irresponsabilidad, pero habrá poco más que recordar.

Segovia prefiere siempre el tono menor: amablemente, anota sus referencias, deja caer alusiones, refranes, autores, como de pasada y sin darles mucha importancia. Escribe para muchos públicos, admite muchas lecturas. Y ésa es una de las claves de la permanente vitalidad de su escritura. Quien lo lee deprisa, la mañana del viernes, tiene una interpretación sintética de la coyuntura: se entera de lo que pasó en la semana, y lo entiende; quien lo lee un poco después, y con más calma, descubre otras claves, continuidades y rupturas de más calado, piezas para ir armando la historia contemporánea del país. Ahora bien: quien puede leerlo a la distancia, compendiado en un volumen como éste, se ve impulsado a recorrer muchos otros caminos, leer a Quevedo o a De Gaulle, pensar en la Guerra de Treinta Años o en la ilustración española. Y sólo entonces se entiende, cabalmente, que no se trata de una colección de textos breves, sino de un tratado, que hace justicia a la infinita complejidad de la política.

Parece poca cosa –digámoslo, sin ánimo de ofender—parece poca cosa el patoso y desarreglado gobierno de Vicente Fox para nada que pretenda ir más allá de la anécdota. Yo tengo la impresión de que ofrece justamente el material que hace falta para una reflexión así. Porque para un tratado de desgobierno no basta una metida de pata como las que tiene cualquier político, no basta la torpeza habitual, la poquedad de quienes persiguen con cicatera constancia sus pequeños intereses; hace falta, como ejemplo, por su valor didáctico, esa megalomanía carente de todo fundamento, sin siquiera los límites mínimos de la cortesía.

Desde luego, es un libro triste, ¡y cómo podría ser de otro modo! Es la historia, contada con implacable puntualidad, semana tras semana, de un lento naufragio carente de cualquier grandeza, un naufragio –el del gobierno, el del presidente, el del país—empeñosamente provocado a fuerza de torpeza, irresponsabilidad, prepotencia. Leo, aproximadamente en orden cronológico, los títulos de algunos de los artículos de Segovia en el volumen: La gran farsa, La quiebra de las elites, La muerte del entusiasmo, El pensamiento ausente del foxismo. Era el principio: siguen otros títulos, igualmente elocuentes: Las promesas incumplidas, El miedo a la responsabilidad, Querer parecer, Arrastrados por la corriente, Sin orden ni concierto, Ceguera y soberbia, A la deriva. Pero, como decía Machado, no hay nada que sea absolutamente “impeorable”, y el sexenio sigue: El desbarajuste, Ante el caos, Más errores, más torpeza, El trienio inútil, Al borde de un ataque de nervios, Despotismo sin ilustrar. Y el fin de fiesta, dolorosamente previsible: De error en error, El fin de un mitómano, El fin de una pesadilla, El reino bárbaro, Un fracaso ejemplar.

Y bien: a pesar de su escandalosa presencia, a pesar de sus aparatosas torpezas, Vicente Fox es sobre todo un síntoma: “El juego político –dice Segovia- se ha convertido en un concurso de aficionados”. Es un artículo, La política espectáculo, que remite al título del volumen y ofrece una clave de lectura. Los que llegan –al gobierno y al congreso, y a la dirección de los partidos—son políticos improvisados, es decir, no son políticos, pero llegan y sobreviven y prosperan en ese mundo paralelo de la televisión y las encuestas y la elaboración de la imagen: esa nada entre dos panes de que se alimenta, principios del siglo veintiuno, la política mexicana (y acaso también, en medida similar, la de otras partes). No nos libraremos de eso: el 92% de los hogares tiene televisión, sólo un 2% de los adultos, tirando muy por lo alto, lee alguna vez un periódico, y menos del 1% lee con alguna regularidad otra cosa, y son sobre todo libros de autoayuda. Los pobres, sí, y los ricos y los universitarios, los políticos.

Quisiera detenerme un poco en la estructura de los artículos de Rafael Segovia. En el inicio está casi siempre el motivo de coyuntura, la noticia de la semana, en dos o tres líneas; después están las otras noticias, las que pasaron casi desapercibidas, en un contexto que se va ampliando; después una mínima reflexión, sincopada a veces, reducida a una referencia histórica; y un cierre casi siempre irónico, de una ironía triste. Leídos deprisa ofrecen la imagen engañosa –y amable—de una divagación: son todo lo contrario. Cada artículo de Rafael Segovia está pensado –en su estructura, en su estilo, en sus proporciones—como una lección, una sesión de clase, un capítulo más de una obra que tendrá que leerse en fragmentos porque sólo así puede captarse la inabordable complejidad de la política.

Precisamente esa luminosa, discreta inteligencia en la construcción, en que cuenta incluso la prosodia, hace imposible resumir un artículo de Rafael Segovia. Se dirá que no hace falta, y es verdad. Pero no resisto la tentación de intentarlo, para señalar eso que no puedo explicar, esa sensación de ver abrirse el horizonte conforme avanza la lectura, por caminos que pueden ser absolutamente imprevisibles. Transcribo sólo unas cuantas líneas, de las que abren y cierran algunos párrafos, en uno de los artículos.

Es Despotismo sin ilustrar, escrito con motivo de los linchamientos de Tláhuac, en noviembre de 2004. Escribe Segovia:

“Lo único realmente previsible de la barbarie presenciada (…) han sido las actitudes del Presidente de la República y de su Secretario de Seguridad Pública. (…) Ni por un momento pueden aceptar la menor parcela de responsabilidad que, como ya es costumbre, anda huérfana de padre y madre. (…) En todo el gobierno se advierte una intranquilidad permanente por causa de la ruptura del orden público y de la moral social. Secretarios de Estado e incluso directores generales, todos buscan un refugio en las autoridades subalternas ya instaladas en plena desobediencia (…) Puede llevarse un registro público de los escenarios donde se producen las apariciones y se pronuncian las declaraciones de estos señores. Los escenarios varían poco: van de las organizaciones empresariales o de funcionarios públicos de nivel medio y superior, a universidades privadas propiedad de instituciones eclesiásticas (…) La presencia popular directa y visible causa pavor (…) Lo que se consideró el despotismo ilustrado llegó a la conclusión de que se debía imponer una nueva política de ‘todo para el pueblo pero sin el pueblo’. De no ser por su falta absoluta de ilustración con y sin mayúscula, pudiera pensarse que esa sería la política de Fox y los foxistas. De hecho, han llegado, como siempre, a una conclusión a medias: todo sin el pueblo. (…) Que la mitad de la población se sitúe por debajo de la pobreza es una posibilidad retórica que debe usarse con parsimonia para no convertirla en una amenaza política. (…) No ha habido ceses pero ya empezaron los castigos: el Presidente no le dio la mano a López Obrador. Para que se vea lo que es la autoridad.”

Ya lo dije: es imposible resumir. Intento explicar. ¿Qué hay en los artículos de Rafael Segovia? El profundo conocimiento de la historia del autor de Tres salvaciones del siglo XVIII español, el trabajo empírico y el conocimiento de los métodos de la sociología y la ciencia política del autor de La politización del niño mexicano, hay cincuenta años de seguir con escrupulosa atención la vida política mexicana. Y más: la inteligencia de Paul Valèry y Antonio Machado, la serena indignación moral de Alain, el realismo de Raymond Aron, la sensibilidad política y humana de don Manuel Azaña, una familiaridad envidiable con la literatura del siglo de oro, con la mirada atenta al esperpento de don Ramón del Valle-Inclán y la sonriente sabiduría del refranero. Y también una pizca del humor de Julio Camba.

Escribe Luis Medina, en su presentación: “Estoy convencido de que Segovia es el articulista de opinión más importante del último tercio del siglo XX y principios del XXI.” Yo también estoy convencido. Entre otras cosas, porque es mucho más que un articulista de opinión, porque le confiere al artículo de opinión una dignidad, una hondura que rara vez llega a verse, ni entre nosotros ni en ninguna otra parte, en estos días.

Me doy cuenta de que no he sabido decir apenas nada. Ojalá, al menos, la alegría y la gratitud por poder leer un nuevo libro de quien sigue siendo, veinticinco años después, sin faltar uno, mi querido, querido maestro Rafael Segovia.