Receta para el desastre

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No es una novedad: a nuestros políticos les estorban las instituciones. Todos ellos querrían manos libres para mandar a sus anchas, a base de popularidad y muchos pantalones, sin tener que negociar nada con nadie. Por eso les resulta tan difícil de tragar el resultado de la última elección y por eso quieren modificar el sistema político entero, para hacer la democracia un poco menos incómoda, ya que no se puede educar a la gente para que vote como dios manda. Lo curioso es la mezcla de fantasía, ingenuidad y torpeza que hay en sus ocurrencias.

Nuestro arreglo institucional está lleno de estorbos, está pensado precisamente para que nadie pueda imponerse por las buenas. Es acaso la mayor de sus virtudes. Sin embargo, para los políticos de hoy eso significa una amenaza permanente de ingobernabilidad. Les parece imposible hacer nada si no cuentan con mayorías automáticas y están obligados a tomar en cuenta al congreso y a los partidos, a los gobernadores y los congresos locales, es decir: piensan la política como una forma de pastoreo. Cualquier oposición se les convierte en impedimento. Están convencidos de que todo iría bien si pudieran mandar sin obstáculos y así se imaginan el futuro, una vez pasado el trago amargo de esta legislatura de “consensos”.

El proyecto de reforma que ha anunciado el PAN es el más completo y el más disparatado de todos. Propone acortar las campañas, disminuir los recursos de los partidos, condensar el calendario electoral, reducir el número de diputados y permitir la reelección. En resumidas cuentas, se trata de organizar un sistema oligárquico con aditamentos plebiscitarios, donde los partidos no tengan prácticamente nada que hacer. La idea básica que hay detrás del proyecto es hacer de la representación política un asunto personal, de modo que una buena campaña de imagen pueda resolverlo todo. En el nuevo sistema cada diputado tendría que cuidar su popularidad, en una relación directa con los electores, para poder hacerse literalmente “propietario” de su distrito; en poco tiempo, el mecanismo haría que los partidos fuesen irrelevantes y tendríamos un Congreso de profesionales independientes, expertos en legislación, es decir: un Congreso de gente decente, donde fuera posible comprar votos al menudeo.

Las campañas podrían ser mucho más breves porque los candidatos serían todos gente conocida y bastaría con verles la sonrisa. No haría falta tampoco dar dinero público a los partidos, porque cada candidato recibiría donativos en su distrito, como cosa personal, de acuerdo con sus méritos. Finalmente, si se condensara el calendario, podríamos deshacernos de la monserga que es tener elecciones cada tercer día: todo se resolvería en una sola, gran decisión, una vez cada seis años; con suerte, la misma mayoría que aupara al Presidente serviría para poner a todos los gobernadores y hasta los congresos locales.

No sólo es el PAN, por cierto, el que se hace esas cuentas. Hay también priístas que querrían conservar un feudo personal, sin el estorbo de las “burocracias partidistas”. Buena parte de nuestros intelectuales, además, están igualmente consternados por los obstáculos que encuentra el gobierno y por lo difíciles que son los acuerdos entre partidos; y no se les ocurre nada mejor, sino simplificarlo todo, hacer a un lado las ideologías para que podamos tener una política profesional y decente.

Llama la atención el reflejo autoritario que indican las propuestas, pero sobre todo sorprende su candidez. El sistema actual es complicado: limita el poder personal de los políticos y hace que los partidos tengan una influencia decisiva, también dificulta mucho cualquier reforma constitucional e incluye varios mecanismos para impedir que una mayoría simple baste para controlar el gobierno. Ahora bien: no es por error ni por inadvertencia que se ha hecho así, sino con la intención deliberada de estorbar a los políticos. Los mayores riesgos para nuestro orden político han sido siempre la dispersión del poder y la tendencia oligárquica de la clase política, la facilidad con que se reproducen las formas caciquiles; por eso ha sido necesario fortalecer a los partidos como mecanismo de integración nacional y de movilidad. Pero también ha hecho falta, desde siempre, que el sistema de representación reconociese las desigualdades regionales y la complejidad del país: ni siquiera los presidentes del priísmo clásico en toda su gloria pudieron pasarse sin negociar con los gobernadores, ni podían desentenderse por completo de la oposición. Y desde luego, nadie podía reelegirse.

Sólo una falta de imaginación catastrófica explica que nuestras elites piensen que puede prescindirse de todo eso. Les estorban las instituciones, porque querrían poder mandar tranquilamente: lo encuentran muy natural. No ven más allá.

 

La Crónica de hoy, 26 de agosto de 2003