Retrato de grupo con belleza interior

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(Apareció en la revista Paréntesis, México, 2000)

Parece razonable pensar que las ideas importantes son las que se refieren a cosas importantes. Quiero decir: que para entender a alguien, para entender una sociedad o una época hace falta conocer sus ideas sobre el poder y la libertad, su idea de la Verdad. Y parece razonable buscar dichas ideas en obras y personajes notables, del tipo que sean. Creo que no es así. Creo que lo que importa es algo más inarticulado y pedestre, lo que importa es lo que se deja ver en la sabiduría ramplona del sentido común.

Podría ser que nuestro tiempo se definiera por la obra de Heidegger o la de Ortega o Freud, por haber producido a Stalin. Podría ser. Pero tengo la impresión de que son más elocuentes otras cosas: la afición por el deporte, cierta clase estúpida de humor o la capacidad para conmoverse con El Principito.

Sin exagerar, a casi todos nos habrá conmovido en alguna ocasión la inocencia, la temblorosa bondad, la indefensión tan perfectamente infantil del personaje de Saint-Exupèry: ese artificio claudicante que es “la sabiduría de los niños”. Porque todos –así dice el sentido común- llevamos un niño dentro, y a todos nos gusta pensar que es así: enternecedor, de caprichos luminosos e inofensivos. Sin exagerar, a casi todos nos habrá conmovido alguna vez esa frase famosísima: “Sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos”.

No hay más que salir a la calle y preguntarle a cualquiera. Quien sea, que ni sabe quién fue Heidegger ni falta que le hace, tiene claro que sólo se ve bien con el corazón, porque sabe –con seguridad amonedada- que lo esencial es invisible para los ojos.

Eso que se ve con el corazón es un paisaje abigarrado y populoso, sin duda. Por abreviar, y creo que sin mucha injusticia, supongo que lo que puede ver el corazón es la “belleza interior”. Y sugiero que eso, la capacidad para conmovernos contemplando nuestra belleza interior es uno de los rasgos peculiares y definitivos de nuestro tiempo. Está en las campañas electorales, en la publicidad de los cantantes, en los sermones, en las declaraciones de cualquier figura pública, también en la conversación intrascendente del vecino, en las confesiones del taxista o del peluquero: lo que de veras importa es la calidad humana, la belleza interior.

No dice mucho a primera vista, pero eso poco que dice suena bien. Es cierto que suena un poco impostado, hueco, ambiguo, pero bien. Y algo que es más revelador: cuando usa expresiones de ese estilo, la gente se siente bien, se expande con esa satisfacción cómoda y frailuna propia de la buena conciencia. Dicho de otro modo, es algo que está bien visto, que con frecuencia puede darse por descontado porque todos estamos de acuerdo en ello.

Sin embargo, a mí me asusta. Cuando oigo a alguien decir que lo que aprecia es la belleza interior, que lo que cuenta es la calidad humana, que querría una vida sencilla pero llena de amor, a mí se me ponen –como se dice- los pelos de punta. Son frases hechas, ya lo sé, de una hipocresía tan transparente que resulta sincera: lo que dice esa sinceridad me asusta. Parece, además, algo insignificante, cosas que se dicen por decir: esa facilidad, esa naturalidad me asusta. Veo en ello una de las expresiones más elocuentes de la irreparable, siniestra fealdad de nuestro tiempo.

La idea es bastante vaga y a la vez muy simple, casi un automatismo: un tópico. Que sirve para restar valor e importancia a lo que sea: al lujo, al prestigio, a todas las vanidades del mundo. Y mostrar en cambio que se aprecia algo de verdad importante, que poseen los humildes; porque la belleza interior es por lo menos dudosa en los grandes, pero es indudable en los pequeños, los pacíficos, los pobres de espíritu, bienaventurados.

El mecanismo no es nuevo. No lo es la idea de que lo valioso sea difícil de percibir. Desde hace mucho los hombres han sospechado la existencia de su “interioridad” y se han hecho la ilusión de que allí reside lo que vale realmente de cada cual. Tampoco es nuevo el menosprecio del mundo, ni lo es la exaltación de la humildad. De hecho, la retórica de la belleza interior –la calidad humana, los buenos sentimientos, la sencillez, el tener un gran corazón- parece poco más o menos una versión diluída y confusa del Sermón de la Montaña.

No obstante, hay algunas dificultades para hacerla enteramente cristiana. La primera, que nuestro tiempo ha hecho casi impracticables las formas ascéticas de cuidado del alma, aparte de que el más allá nos quede un poco a desmano. Pero sobre todo sucede que la belleza interior no requiere ninguna forma de disciplina: no resulta de ninguna exigencia, no tiene una regla ni puede ejercitarse de ningún modo. La belleza interior es algo que sencillamente se posee. Como idea moral es, sin comparación, más generosa, democrática y compasiva que todo posible precedente; sólo que por poco es involuntaria y casi inevitable, es decir: casi no es una idea moral. En eso se antoja una novedad, algo propio de una sociedad que se rehusa a santificar cualquier distinción, en absoluto, y que mira con recelo incluso la ambición de distinguirse. O bien, siendo un poco más precisos, una sociedad que invita a la emulación trivial, al éxito medible, insustancial y efímero, básicamente igualitario, del récord: cualquiera puede aparecer en alguna lista de algo entre los diez que más o los diez que menos.

Es difícil definir la belleza interior con mínima seguridad, porque la expresión sirve para señalar algo indescriptible. No obstante, se puede reconocer por algunos rasgos exteriores: una actitud apocada y dócil, cándida, de bondadosa alegría. En general, los rasgos que de costumbre se suponen a los niños, cuando los niños se parecen al Principito, como es su obligación. Uno en particular, que los define: son inofensivos.

Digámoslo en una frase: quienes poseen belleza interior son ostensiblemente inofensivos. En cambio puede dudarse, incluso se duda por fuerza de la belleza interior de cualquiera que tenga poder; del tipo que sea: dinero, belleza, fama, éxito: poder. Porque sucede que la belleza interior se descubre por contraste, en comparación con alguien que posee esto o lo otro, en comparación con valores o virtudes que resultan ser accesorios, inútiles, porque precisamente lo esencial es invisible para los ojos. De quienes poseen algo se sabe que no son inofensivos y por eso se sospecha, se adivina, adentrándonos en su interioridad (invisible), que son ambiciosos, que tienen la turbia pretensión de ser más, mejores, distintos, y eso es lo que inspira desconfianza.

Por eso, a pesar de su acento lánguido, quejumbroso e infantil, tiene el aire de una rebelión moral. La rebelión de los bienaventurados. Contra todo lo que pueda considerarse valioso o apreciable, contra todo modo de superioridad. A lo cual se opone otra cosa que vale más y que no puede verse (si no es con el corazón). Porque es verdad que en nuestro tiempo se aprecian otras cosas, se consigue prestigio e influencia de muchas maneras, acaso más que nunca antes; pero todo puede abaratarse usando como rasero la belleza interior.

También aquí se ocurren analogías, también hay una nota discordante. Pienso en la protesta –lenta, larga, firmísima- de la burguesía contra la moral aristocrática. Quienes carecían de títulos y escudos de armas y complicados linajes tenían que defender, como cosa natural, la idea de que el valor estaba en otra parte; tenían que descubrir –mirándose al espejo- que lo valioso, casi irreconocible y escondido, era el mérito del esfuerzo individual. Y juntar, que de eso se trataba, el dinero y la virtud.

Pienso también, por mor de equilibrio, en la reacción de la aristocracia contra el imperio universal del dinero; en ese último heroísmo de los nobles arruinados que descubrieron el valor de los modales, el refinamiento y el cultivo del espíritu. O en la insurgencia estética, en la beligerante ingenuidad con que los artistas han querido convencernos de que lo valioso es la creación artística.

La rebelión moral de la belleza interior es distinta, porque no afirma a fin de cuentas el valor de nada. Desprecia de manera indiscriminada todos los valores que están a la vista, toda forma de jerarquía: el dinero, el poder político, la fama, la inteligencia; todo es por lo menos intrascendente, si no peligroso. Elogia en cambio, con pareja indiscriminación, lo que cualquiera sencillamente posee, sin siquiera proponérselo. Siguiendo con la analogía, es la rebelión moral de quienes se miran al espejo y no ven nada.

La nota discordante está en esa sonoridad nihilista, que está apenas disimulada. La retórica de la belleza interior implica la negación indiscriminada de todo valor, de todo mérito, y una celebración igualmente indiscriminada de la carencia de méritos. Puesto de otro modo, no es un mecanismo de exaltación, sino de rebajamiento, no una idea entusiasta sino vagamente melancólica. Es la apoteosis del resentimiento.

De ahí viene, creo, el dejo siniestro de esas frases empalagosas y dolientes. Dicen, sin mayor disimulo, que el resentimiento pone el contenido fundamental de nuestro sentido común. Lo que asusta, sin embargo, es algo más: que en la rebelión participen, con entusiasmo histérico, las elites. Resulta incómodo, desconcertante, incluso obsceno ver a los poderosos con más insistencia que nadie, con un apremio gesticulante y chillón, proclamar su propia belleza interior. Como si no fuera suficiente –porque no es suficiente- tener dinero, fama, poder. Por eso también suena todo a hueco, porque a fin de cuentas no hace falta ni siquiera ser un pobre de espíritu para hermosearse por dentro.

Se explica, desde luego, porque es algo fácil y hacedero para cualquiera: no cuesta casi nada la belleza interior. Lo que pasa es que se antoja también innecesario. Por eso llama la atención. Nadie alardea hoy –nadie se atreve- de su dinero, su poder, su sabiduría, sino en privado y con mala conciencia. Los políticos como los deportistas, los actores famosos o los simples ricos, todos querrían que se les apreciara por su belleza interior. Casi como si se sintieran obligados a pedir disculpas por todo lo demás, que sí poseen.

Quitemos el condicional. Sucede así: se ven obligados a pedir disculpas con una ceremonia de fingido desinterés, de renuncia. Se ven obligados a pagar tributo al resentimiento de ese modo, explicando que ellos también, después de todo, son inofensivos: interiormente bellos. No cuesta mucho hacerlo, sólo que supone un sacrificio de la dignidad, renunciar al orgullo –público, explícito- que correspondería a su posición; renunciar a la distancia.

Parece cosa de poca monta, un ritual de intención publicitaria, mero histrionismo: el Señor Presidente que quiere a su mamá, el actor de moda que querría una vida sencilla y anónima, el empresario que nos confiesa que para él lo importante es el amor. Creo que no es de poca monta, precisamente porque se trata de un ritual: frases previsibles, repetidas, que son obligatorias; un automatismo que rige la presencia pública de las elites.

No renuncian de hecho, no se retiran al anonimato masivo y feliz. Pero tienen que decir que querrían hacerlo. El ritual habla de una elite que se siente fundamentalmente insegura de su propio valor, que siente que su superioridad es ilegítima: una elite a la cual no se le reconoce una superior dignidad moral. Y que por eso tiene que pedir perdón por ocupar un lugar que no le pertenece y que ocupa, digamos, por accidente.

Otra vez, la hipocresía es tan transparente que resulta sincera. En el mundo que habitan –y a gusto- los devotos de la belleza interior, el orden de las cosas necesita sobre todo la eficacia. Más que nunca, por muy plausibles e imperiosas razones de economía, hace falta que la gente se preocupe por lo que puede verse con los ojos: lavar más blanco, vestir más joven, comer más saludable. Hay donde se mire una envidia inconcreta y ávida, una voracidad que linda con la sicosis. Sólo que nada de todo eso, nada de lo que se hace o se posee tiene valor, nada tiene una significación ulterior.

No hay más que salir a la calle. Si alguien se atreviera a decir que aprecia a la gente, rigurosamente, según su poder, o según su inteligencia o su cultura, lo único que encontraría sería un mismo, repetido reproche: la inteligencia (o el poder, el dinero, lo que sea) no hace que nadie sea una “mejor persona”. No hay, esto es, una diferencia de calidad moral.

Según la idea de Nietzsche, habría que ver en ello el final imperio del cristianismo, la moral gregaria de quienes carecen de todo mérito y convierten esa carencia en una virtud. Y sí, hay mucho de inspiración cristiana en las formas del ritual, también la idea estoica de la descansada vida del que huye. Aun así, da la impresión de que hubiese un doble fondo.

El ritual no necesita el más allá ni el perdón de los pecados: ni salvación ni vida futura donde los últimos vayan a ser los primeros. No hay la gran mentira de la inmortalidad para corromper toda forma superior de vida, como suponía Nietzsche. Por eso, no habiendo la cuenta corriente del Paraíso, no se celebra con ingenuidad, de buena fe, la condición humilde y adocenada de los inofensivos. Ni los poderosos ni, mucho menos, los demás creen en la superioridad de la belleza interior. Pero tampoco en ninguna otra.

En todo hay quien posee más y quien posee otras cosas, pero nadie es más ni “mejor persona”. Hay diferencias inescapables, materiales, avasalladoras, pero son moralmente irrelevantes; puede envidiarse por eso, y se envidia todo, con avidez ecuménica, pero a sabiendas de que nada vale más que la belleza interior. A sabiendas de que nada vale más. Que nada vale. Por eso cuanto más se posee, con más razón hay que inclinarse ante la irreparable mediocridad de los pacíficos, porque no heredarán la tierra. Un ritual vacío, en efecto: un ritual cuya significación está en la vacuidad.

Quien dice que lo verdaderamente valioso es la belleza interior dice que no hay nada verdaderamente valioso, que no hay jerarquía alguna que sea justificable. Que manda más quien puede más, mientras puede: pero no es “mejor”.

Si ese ritual tiene historia, será mucho más vieja que el cristianismo. En realidad, lo que se transparenta es algo muy poco civilizado, casi zoológico. La adolorida lamentación moral de las víctimas en la que alienta siempre, amorosamente oculta, la posibilidad de la venganza.

La hipocresía manifiesta eso: el miedo a la venganza próxima. En la negación de cualquier mérito hay la envidia de cualquier forma de superioridad; en la medrosa inseguridad de las elites, interiormente tan bellas, hay la sospecha de que nada vale, que no hay mérito: toda forma de poder es una usurpación. Pero eso hace falta disimularlo de algún modo o convencernos de que no importa. Lo esencial es invisible para los ojos.

La retórica de la belleza interior es un rito vacío, precisamente. El rito de la moral, vacío de cualquier contenido moral. Expresión de la más perfecta indiferencia hacia la forma o los títulos de cualquier poder. La moral de la horda –vengativa y servil- que se conmueve hasta el llanto contemplando su propia indefensión.