Ronda de candidatos: Castillo Peraza

Etiquetas: ,

Nos han puesto ya todos los partidos a sus candidatos para el gobierno del Distrito Federal; habrá que escoger entre ellos. No está de más, por eso, hacer una ronda repasando a los personajes. Por cierto que no dudo que todos ellos, entre amigos o en familia deben ser gente encantadora, correctísima, de ánimo generoso y servicial; lo justo, no obstante, es describirlos tal como aparecen en la tele.

Carlos Castillo es un señor que siempre parece estar enojado (a lo mejor es que está enojado); un señor bajito y enérgico, macizo, católico, puntilloso e impaciente. Se nota que lo que dice se lo ha pensado antes por su cuenta y está convencido. Por eso seguramente resulta un polemista bilioso y hasta enconado, ágil, puntual y de no dejar pasar ni una. En el gesto severo, contenido, se adivina una inteligencia cortante y el temperamento colérico propio de los reformadores.

Acostumbrados a políticos que no piensan, o que repiten lo que piensan otros, algunos han querido hacerle fama de intelectual, cosa que es injusta. No por nada, sino que lo suyo es la política. Acaso aspirase a ser Marlraux: se queda más bien en Bernanos o Péguy, menos olímpico, más peleonero y ocasional. Lo que digo: lo suyo es la política y eso se ve enseguida. Tal vez no tanto la política de plaza y templete, sino la de consejo, reservado, comité y parlamento. Política calculadora y silogística. En otro tiempo más propicio, hubiese hecho un conspirador admirable.

Como hombre convencido de lo suyo es también tesonero, machacón y enfático. Aficionado, no sé si en exceso, a pintar las cosas en blanco y negro, a cargar las tintas. Pero no es hombre para tragedias ni entusiasmos desaforados; es, digamos, de una beligerancia fría, pensada, trabajosamente controlada. También eso se ve: el esfuerzo físico, casi gimnástico, que debe hacer para no dar de vez en cuando un manotazo sobre la mesa.

En la impaciencia es donde más se le notan los resabios de intelectual. Hay quienes lo encuentran antipático por esa razón y le afean sus intemperancias con los periodistas. También son ganas de hacer escándalo. La templanza es una virtud cardinal y muy necesaria para la política menuda, pero puede suplirse y con aplicación bastante, también se aprende. Los periodistas, por lo demás, hacen perder los estribos a cualquiera que se los tome en serio; y eso tendrían que agradecerle a Castillo: que se los toma en serio.

Cuando habla es razonador, meticuloso y un poco anticuado, cortés y correcto hasta las lindes de la cursilería, propenso a los gestos amplios y los párrafos largos. Exhibe y a gusto un sentido del humor agresivo y seco, intelectual, amargo y sectario, que casi no es humor.

Da la impresión de que su pecado capital es la ira, pero lleva ventaja porque se da cuenta. Por eso habla de olvidar los esqueletos que pueda haber en los armarios; por eso se propone y nos propone la práctica cristiana del perdón.

El Universal, 1997