Ruidoso vacío

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El rasgo más característico de nuestro tiempo es seguramente el lugar predominante que ocupa la industria del espectáculo. Diría más: la capacidad que tiene la industria del espectáculo de ocuparlo todo y subordinarlo a su propia lógica. La economía entera, la vida pública, la diversión, la política, está todo de tal manera mezclado con la publicidad, la imagen de las celebridades y la televisión que las fronteras resultan borrosas. Hay muchos factores que lo explican, empezando por el desarrollo tecnológico, el ritmo absurdo, sincopado de la vida urbana, las nuevas formas de ocupar el tiempo de ocio, también la catástrofe de la educación y el hecho de que todas las industrias dependan finalmente, como ha señalado Sánchez Ferlosio, de la industria dedicada a la fabricación de consumidores.

El sistema se apoya en un doble mecanismo de concentración. Por una parte, la integración de los dispositivos del consumo, la publicidad, el entretenimiento y el espectáculo hasta hacerlos indiscernibles. Por otra parte, la concentración oligopólica de los medios de comunicación masiva: la integración de periódicos, empresas de publicidad y emisoras de radio y televisión para formar grandes bloques en que la información –o lo que sea- se repite, se refleja y se reproduce en un movimiento circular. Los anuncios remiten a las series de televisión que remiten a los periódicos, donde se explica la vida íntima de los famosos de los anuncios, que son famosos porque se les ve en la televisión; incluso en los noticieros aparece la imagen de quienes firman editoriales en los periódicos, donde se anuncian y festejan sus libros, sus películas, para conferirles la autoridad con que aparecen en los noticieros.

El resultado final es un empobrecimiento dramático de la vida pública. Tenemos, a falta de otra cosa, un vaporoso club de celebridades instantáneas, que lo mismo nos venden un jabón, cantan las canciones de moda, ofrecen sermones, escriben libros, relatan las triviales tragedias de su vida privada o nos explican cómo hay que votar en la próxima elección. Cualquiera puede figurar, aunque sea por un instante, en el club, si paga la cuota de entrada; los que no figuran es tanto como si no existieran. Para confirmarlo, si hiciera falta, basta ver la urgente necesidad de los políticos por aparecer en la televisión, del modo que sea: haber gobernado sensatamente un estado durante seis años, haber sido senador o funcionario público no cuenta casi nada en comparación con medio minuto de pantalla.

Vengo con eso a lo que me interesa. Nuestra política está hoy inmersa también en la industria del espectáculo, casi no es otra cosa. Las mayores discusiones de los tiempos recientes, las más fuertes, se refieren a los gastos de publicidad en los medios de comunicación, al tiempo que tienen unos y otros en la pantalla; igualmente, los escándalos más vergonzosos tienen todos como explicación última el costo de aparecer en la televisión, que es el ochenta por ciento de lo que cuesta cualquier campaña política.

No digo con esto ninguna novedad. Es sabido por todos. Por eso mismo llaman la atención dos cosas: que se gaste todo ese dinero para no decir nada, y que nadie se proponga seriamente ponerle remedio al desastre.

La propaganda política es siempre engañosa, grandilocuente y simplona. Necesita sintetizar, subrayar las diferencias, condensarse en lemas, frases, imágenes que sean fáciles de recordar. Ahora bien: todo eso ha llegado hoy en día a límites de tontería que es difícil soportar. La propaganda política actual –ponga usted al partido, son todos iguales- llama la atención sólo por ser perfectamente vacía. Lo único que tenemos son frases de fingido entusiasmo: poner al país en marcha, seguir derecho, esperar la alegría, construir el cambio. Nada. El rostro decidido, serio y amable a la vez, de Enrique, Beatriz, Andrés Manuel, Santiago, Jesús, Felipe, gente como uno, que invita al tuteo y que lo mismo serviría para vender electrodomésticos o un nuevo disco de música tropical. Insisto: no me extraña que digan tonterías o que no tengan nada que decir, imagino que no tienen ni idea de lo que harían en el gobierno después de repartir los puestos y firmar el contrato para construir el “tren bala”; pero llama la atención que gasten tantísimo dinero para ponerse en evidencia.

El desorden de hoy se explica sobre todo por el absurdo de las “precampañas” que se hacen como si fuesen campañas electorales en regla. En parte es imitación del estilo norteamericano, en parte una reacción contra los procedimientos tradicionales del PRI. El resultado es grotesco. Significa el desbarato irremediable de los partidos, que tratan de limpiarse de un desprestigio histórico haciendo alardes de democracia donde no tendría que haberla. En cada esquina, en cada quince minutos de televisión, a uno se le presentan seis o siete priístas, perredistas, panistas, que quieren que su partido los proponga como candidatos para lo que sea. Por muy en serio que uno quiera tomarse su papel de ciudadano, es casi inevitable acabar por preguntarse: ¿y a mí, qué me importa? ¿Qué se me da si el PRI o el PAN o el PRD escogen a Enrique, Roberto, Beatriz, Jesús o Marcelo? Eso sin mencionar que no hay motivos para preferir a ninguno de ellos, ni siquiera si uno tratara de tomarse en serio las frases que emplean en sus anuncios: todas igualmente simples, pegadizas, emocionantes. Todos querríamos poner al país en marcha, seguir derecho, todos querríamos un gobierno con mucho corazón, que llegase la alegría. Lo mismo dice la canción de moda y el último anuncio de Benneton o de la cerveza Corona, lo mismo dice, con el mismo énfasis, la última actriz encumbrada por Televisa.

Debe ser un reto, interesante y divertido, para todas las agencias de publicidad, la redacción de esas frases huecas, sonoras, llamativas, porque tienen que inventar media docena para cada partido antes de que llegue la campaña de verdad. El conjunto empieza a ser agobiante. Como cosa personal, hay sólo una promesa que me gustaría escuchar de cualquiera de los candidatos: que se va a prohibir, absolutamente, la publicidad pagada de los partidos políticos en radio y televisión. No es tan difícil como parece.

La vida pública tal como está hoy organizada es una extensión de la industria del espectáculo. En sus métodos, en su organización, en su estructura de gasto, las campañas políticas son similares a las campañas de publicidad de cualquier cosa; hay expertos que hacen sondeos de mercado, ensayan lemas e imágenes, colores, buscan el mejor modo de vender a su candidato, es decir: tratan de fabricar consumidores para el producto que tienen. Como es lógico, los anuncios terminan pareciéndose mucho a los que se hacen para vender coches, seguros o medicamentos. Por otra parte, una campaña electoral no es más que una gigantesca transferencia de recursos a las televisoras; da lo mismo que sean los recursos públicos que se entregan a los partidos, que sean anticipos de empresarios que esperan recibir favores o que sea dinero producto de sobornos, extorsiones y sobreprecios en obras públicas: la consecuencia es una distorsión sistemática de las funciones del Estado, con un tenue pretexto democrático. El gasto es monstruoso, el beneficio de las empresas de televisión es ofensivo e injustificable, y el resultado es desolador en términos de organización política, participación y vida pública.

Se puede cambiar muy fácilmente. Las precampañas, la selección de candidatos y programas son cosa de cada partido, que debe arreglarse con sus militantes: ganaríamos todos. En cuanto a las campañas electorales, son materia de interés público y la ley debe exigir a los concesionarios de medios de comunicación que reserven un espacio concreto para ellas, con tiempos proporcionales, bien medidos. Gratuitamente, por supuesto. Para que todo el que quiera informarse de las campañas pueda hacerlo. Lo demás: convencer a los indecisos, explicar los programas, exhibir a los candidatos, criticar al gobierno o defenderlo, formar una identidad partidaria, todo eso habría que hacerlo de cara a la gente, en la calle, como se ha hecho siempre. A la larga, sería ventajoso para todos y para los partidos en primer lugar. Mientras no sea eso, yo no veo ni cambio ni camino ni corazón ni alegría, ni motivos para ir a votar.

 

La Crónica de hoy, 27 de julio de 2005