Semblanza de Rafael Segovia

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Siempre ha sido rara, y cada vez es más rara, la figura del maestro en el sentido en que lo es Rafael Segovia; suelen abundar los eruditos y académicos, escritores más o menos famosos o populares, que hacen las veces de líderes de opinión. Un maestro es algo enteramente distinto: es el personaje en el que una generación, incluso varias generaciones encuentran la orientación y el impulso de su proyecto intelectual; es quien plantea las preguntas fundamentales y enseña el modo de acercarse a ellas.

Es difícil hacer justicia a la labor de un maestro como Segovia porque su influencia: extensa, sólida, llega a formar parte del paisaje moral e intelectual durante décadas; porque está presente mucho más allá de su obra personal, en la obra de otros, en una interminable multiplicación de ecos, réplicas y discusiones, de modo que lo que alguna vez dijo y explicó, a contracorriente, termina siendo casi un lugar común.

Sobre todo, es imposible hacerle justicia porque la tarea de un maestro es la empresa de una vida entera: está en sus libros, en sus ensayos, en sus conferencias, está en su larguísima experiencia docente, pero está también en eso indefinible que es su actitud. Para hablar de Rafael Segovia habría que referirse siempre a la claridad de su inteligencia pero también a su sentido de la responsabilidad, a esa mezcla única, ejemplar, de lucidez, serenidad, vocación pedagógica y compromiso público, al conjunto de virtudes intelectuales y morales que hacen de él un maestro, como lo fueron Alain y Ortega y Gasset.

Le debemos a Rafael Segovia los primeros estudios empíricos sobre la vida política en México: los primeros estudios sobre la socialización, sobre los comportamientos electorales, sobre la educación y la formación de la cultura política. Los temas que hoy en día forman parte del sentido común de cualquier analista político, pero que hace veinte y treinta años eran sólo preocupación de Rafael Segovia; sus análisis eran entonces, como ahora, serenamente ajenos a cualquier moda, porque su preocupación era entonces, como ahora, entender y explicar, esclarecer los problemas, descubrirlos: y para eso no sirven los caminos trillados.

Le debemos a Rafael Segovia la primera exploración sistemática de los recursos de la Ciencia Política en México; pero también le debemos el más claro diagnóstico de sus limitaciones. Como corresponde a un maestro, Segovia no es hombre de doctrina ni partidario de ningún credo abstracto; sus ensayos y sus clases son un aviso permanente contra la estrechez de miras típica de los especialistas, contra la ingenuidad fanática de quienes tiene una respuesta fácil para todo. Porque no las hay. Por eso la obra de Rafael Segovia no concluye y no se cierra: es una reflexión permanente, continuada, que se aclara y se corrige y se prolonga al paso del tiempo; ofrece, no una colección de sentencias, sino una manera de pensar que necesita ejercitarse todos los días, en el esclarecimiento puntual y severo de eso que es nuestra “actualidad”.

Rafael Segovia no es un hombre de doctrina, pero es en todo, cabalmente, heredero y partidario de la Ilustración. Eso significa que su obra mira siempre a la posibilidad de reformar las instituciones y que se sostiene sobre un compromiso, inconmovible, con la educación pública y en particular con la educación universitaria. Eso hemos aprendido todos de él. Es imposible hacerle justicia, pero es necesario decir que lo mejor del análisis político y la vida pública del último tercio del siglo veinte, en México, tiene el sello excepcional, inconfundible, de Rafael Segovia.

 

México, D.F.  2001