Sigue la educación superior

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El éxito de la nueva ortodoxia económica se explica en buena medida por su simplicidad: dentro del modelo hay una respuesta para todo, como en el viejo marxismo, y casi siempre la misma respuesta, como en el marxismo. No hace falta ser especialista, ni siquiera tener un conocimiento superficial de energéticos, pensiones, contaminación, sindicalismo, sistemas educativos o de salud, porque todo se resuelve del mismo modo, con el mercado. Y si no hay un mercado, se inventa. Las soluciones pueden fracasar una tras otra, las hemos visto fracasar, las hemos visto producir un orden social mucho más inequitativo, más violento e inseguro: da igual, puede mantenerse la fe con la misma combinación de cinismo, indiferencia, terquedad y soberbia con que se mantenía la disciplina soviética en otro tiempo. El mecanismo continúa en marcha.

Lo que sigue, por lo visto, después de la energía y la legislación laboral, es la educación superior, uno de los pocos espacios que quedan en que la malhadada idea de lo público dificulta los negocios. Está muy bien explicado en un artículo del Economist de la semana pasada. Vale la pena repasarlo porque tendremos la discusión, en esos mismos términos, dentro de nada.

Hay por supuesto una dimensión económica de la educación, como de todo lo demás, porque cuesta dinero mantener las universidades. El artículo prácticamente no habla de eso, porque es cosa del pasado: incluso entre nosotros, hace tiempo se iniciaron los recortes de presupuesto y los simulacros de productividad para que resultara más barato todo. Lo de ahora es mucho más agresivo. Se trata de pensar en el “mercado de la educación superior” como conjunto, para sacar al Estado de una vez.

Para empezar hace falta imaginar ese mercado. No es sencillo, porque no se puede pensar en términos de clientes o de rentabilidad la escritura de un libro, el desarrollo de un programa de investigación, la continuidad de una tradición intelectual, la organización de talleres y seminarios de discusión. Lo único que sirve para el modelo, con eso se quedan los autores del artículo, son los estudiantes. Son muchos, escogen dónde estudiar y gastan dinero en eso, de modo que es posible pensar en ellos como consumidores que buscan la mejor oferta. Eso significa que lo que se llama el “mercado de la educación superior” tiene muy poco que ver con la vida universitaria, es otra cosa, es un mercado de títulos profesionales, donde un conjunto de empresas compite por las cuotas de los estudiantes.

Tengo la impresión de que los redactores del Economist intuyen al menos que ése es un punto débil de su argumento. Se defienden con el sarcasmo. En un par de ocasiones dicen que a las viejas universidades –viejo quiere decir malo- les gustaba verse como “templos del saber” y dedicarse a ejercicios irrelevantes de gimnasia intelectual; para evitar esa clase de ridiculeces proponen lo suyo, entender que los estudiantes universitarios son consumidores y que el alma, la última verdad del sistema de educación superior es ésa: la competencia por las cuotas.

Como es de rigor, sigue el panegírico de las empresas que han triunfado en la venta de títulos, las que han logrado acreditar su marca y tienen muchos clientes. El modelo lo ponen las multinacionales, que han aumentado la variedad de su línea de productos para incluir títulos más asequibles junto con excursiones, nuevos paisajes y un agradable aroma cosmopolita. También es ejemplar Oxford, porque ha decidido reducir el número de estudiantes ingleses, que por ley pagan menos, y aumentar las plazas para extranjeros, que pagan más. Pero el futuro puede ser más brillante todavía. Las empresas con visión de futuro están empezando a concentrarse en la parte del negocio que produce más dinero, desechando las demás o llevando la producción a otros mercados, más baratos; concretamente, eso significa acreditar a otras empresas, en cualquier parte del mundo, para que se ocupen de la tarea absurda de impartir clases, mientras la casa matriz se limita a poner el sello y cobrar por los exámenes. No estoy haciendo una parodia: cito al pie de la letra.

En el camino se ha perdido cualquier idea de lo que debe ser la educación. No hay más que ganancia, inversión, competencia, costos de producción y publicidad. El modelo no permite otra cosa. Se supone –por hipótesis- que si alguien está haciendo mucho dinero, las cosas marchan bien y no hace falta preguntar nada más.

El obstáculo, como siempre, es el Estado, que sigue subsidiando a las universidades públicas, impidiendo que se hundan las que son improductivas, ofreciendo alternativas baratas a los consumidores, imponiendo reglas y controles que distorsionan el mercado. Es lo peor que puede hacerse, lo único imperdonable para la nueva ortodoxia: distorsionar el mercado. No obstante, la revolución está en marcha. Según dice el artículo, la educación superior está en la agenda para las próximas negociaciones internacionales de comercio: habrá la oportunidad de hacer grandes ganancias donde se liberen los precios y desaparezcan los subsidios y, a fin de cuentas, los gobiernos que se resistan a la liberalización –o lo que sea- perderán la porción que podrían haber tenido en el mercado mundial de la educación –o lo que sea-.

Bien. Lo mejor que podría pasarnos, en México, sería perder esa oportunidad. El tema nos importa, porque ya ha empezado a hablarse en ese lenguaje. Peor: los hay, incluso en el gobierno, que prefieren a las empresas dedicadas a vender títulos; imaginan que deben ser mejores, porque son un buen negocio. Peor todavía: el Economist nos pone en el grupo de vanguardia, entre los países que tienen mayor flexibilidad legal en el mercado de educación superior. Sin que nos hayamos dado cuenta, siquiera.

 

La Crónica de hoy, 9 de marzo de 2005