Sin política y con dos de virtud

Etiquetas: , ,

Nos resulta muy desagradable, por lo visto, descubrir que las decisiones políticas son eso: políticas. Quisiéramos pensar que hay para todo una solución correcta, fuera de discusión. En el mismo tenor, nos parece directamente imposible que sea honrado alguien que ha manifestado simpatía hacia algún partido político: el ciudadano de nuestra fantasía, el que festejamos en la prensa todos los días, no sólo es imparcial –de una imparcialidad perfecta, indudable—sino abiertamente hostil a los partidos. No hace política.

Es divertido ver esos automatismos en el melodrama central de nuestro sistema democrático: la elección de consejeros del IFE. Está, para empezar, la tensión en que ha transcurrido el proceso, por enésima vez; cualquiera diría que el resultado de las elecciones depende de lo que hagan o digan esos nueve personajes. A continuación, los criterios implícitos: uno de los aspirantes era inaceptable por su amistad con un candidato presidencial, otro más porque podría ser “cercano” a un dirigente partidista, de otro se dijo que no era imparcial porque había firmado un desplegado en defensa del IFE el año pasado. Significa que el consejero ciudadano ideal nunca ha expresado una opinión y es completamente ajeno a la clase política (o bien, sabe que el que se mueve no sale en la foto: y no se mueve).

La intervención de la Sociedad Civil, la que viste mayúsculas, también tiene su chiste. Un simpático Comité Conciudadano para la Reforma Electoral, que reúne a dos docenas de notables, ha exigido al congreso que explique “los criterios utilizados para eliminar” candidatos, que “se hagan públicas las razones que llevaron a eliminar a cada una de las 385 personas que fueron descartadas” y que además “se reponga el procedimiento” en los casos en que no haya “justificación sustentada”. Ahí queda eso. Por supuesto, los diputados, que son un poco más sensatos, no van a hacer ni caso. De modo que ya hay razones para descalificar de entrada las próximas elecciones.

Cualquiera sabe –también los conciudadanos—que en un proceso de selección así se pueden razonar más o menos los méritos de quienes son elegidos, pero no dar “justificación sustentada” de la eliminación de los demás. Todos tenían méritos, sin duda, y cualquiera de los cuatrocientos hubiese hecho un buen papel en el IFE. Pero no hay cuatrocientos lugares. Y la decisión final es política y corresponde a la cámara de diputados, como debe ser.

Lo que llama la atención es el modo de razonar de los notables del Comité, la idea de que hay un procedimiento correcto, que permitiría elegir a los que objetivamente son “los mejores”. Y llama la atención porque es el mismo género de argumentación fantasiosa que permite hablar de “las reformas que el país necesita” como si fuesen obvias, o que pide “voluntad política” para aplicar la ley, como si se tratara de un manual de instrucciones, sin conflictos ni ambigüedades. Es en el fondo un delirio tecnocrático, que habla de lo incómoda que nos resulta la democracia.

Milenio, 11 de diciembre de 2007