Sobre el abandono

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En un relato breve de Colette, en La femme cachée, hay acaso la descripción perfecta del abandono. Es un cuento mínimo, silencioso, donde no sucede nada: el cuento de un mundo suspendido. Después de veinte años, sin más noticia, un hombre se despierta y se encuentra con que su esposa se ha ido; él no es capaz de ninguna reacción, no puede hacer nada. El orden entero ha desaparecido y no hay un cable, una guía de la que asirse para sortear los asuntos más cotidianos. Se le vienen encima años de recuerdos, de esperanzas, años de días iguales que ya no existen: el mundo se le viene encima. Encuentra el modo de esconderse en la oscuridad, encogido en su cama, de noche; pero le asusta sobre todo saber que llegará el día, que bajo la luz habrá sólo un nombre, una herida.

No es difícil reconocerse en ese hombre al que de pronto se le ha perdido la vida. A todos nos ha pasado. El abandono es, acaso, una de las primeras experiencias que tenemos, imborrable; y deja siempre esa mezcla de asombro y temor. Es la sensación que evoca el pequeño Marcel, tratando de entenderla, en las primeras treinta páginas de Por el camino de Swann: la tristeza, el miedo, la impotencia del niño que espera en su cama a la madre que sube para despedirse, y lo abandona. Todas las noches. Es un abandono esperado, previsible, repetido, pero que provoca cada noche el mismo desconsuelo. Aquel momento en que la oía subir era doloroso, dice, porque anunciaba el instante que vendría después, cuando me dejara solo. Es posible que todos los abandonos que el futuro nos trae estén calcados, en la memoria de nuestras emociones, sobre ese primero, tan simple.

Cuando alguien nos abandona descubrimos que nos falta la compañía, esa compañía precisamente, que no tiene sustituto: descubrimos que hay alguien insustituible; caemos en la cuenta de que, en algo fundamental, estamos a merced de la conciencia de otro, de la voluntad de otro. El dolor y el desconcierto es el mismo para un niño que para un hombre de cuarenta años, para una mujer de cuarenta años: el otro sigue su vida, que es otra, en la que uno no hace falta. Por supuesto, mucha gente se va, pasa de largo, se despide sin que nos demos cuenta: amigos, amores, parientes que desaparecen sin que pase apenas nada, gente a la que vemos –sin saberlo- por última vez y no nos sentimos abandonados. Sucede sólo a veces. Con esa persona que había anclado en nuestra vida y era para quedarse: esa persona en la que uno había anclado para quedarse, al cabo de un año o diez, o al cabo de una semana. Y de pronto resulta que no está.

La sensación del abandono obedece, seguramente a un mecanismo muy sencillo. A fuerza de necesitarlo, uno creía que era importante para el otro; tanto que ese vínculo, esa compañía era parte indispensable de la vida, parte de uno. Éramos más fuertes y más nobles, más amables, éramos más porque vivíamos también en el otro, a través del otro, viéndonos reflejados en su voz, en sus gestos. Para un sicólogo no ofrece ninguna dificultad: es un apego enfermizo, del que conviene liberarse para madurar. Sin embargo, cualquiera de nosotros sabe que la vida era luminosa y el mundo era feliz y acogedor por la compañía, porque era única y era indispensable. El abandono nos dice, de golpe, que todo eso era una ilusión infantil y un poco idiota: él o ella sigue su vida y uno no está, porque ni era único ni indispensable. Y no hay otro mundo sino éste, el del sicólogo, maduro y turbio, maloliente, donde el mejor consuelo es un compadreo de rufianes: un clavo saca otro clavo.

El abandono nos obliga a contarnos de nuevo nuestra historia, despojándola de todas las fantasías, sobre todo de la fantasía de ser uno, inseparable, con ese otro que ya no está. La historia se vuelve mezquina y sórdida; donde había antes la devoción, el entusiasmo, la compañía que era para siempre, lo que queda es una serie de pequeños abusos y pequeñas traiciones, una desordenada sarta de mentiras que nos hemos contado para tapar malamente necesidades e intereses bastante prosaicos. Lo que más duele del abandono no es que la imagen del otro cambie, que cambie la idea que nos habíamos hecho de él, sino que uno mismo queda reducido, desencantado; ya no podemos ser ése que éramos, cuando estábamos enfermos de compañía. Por eso hay esa ansiosa, enloquecida lealtad de quienes han sido abandonados y se niegan a aceptarlo; como Hans Schnier, en las Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll, que sigue siempre atado al mismo recuerdo, a la que fue Marie y al que era él entonces. Como un barco anclado donde alguna vez hubo un puerto que ya no existe.

Ella ha madurado y ha hecho su vida muy sensatamente, casándose con un hombre sensato, con el que se puede llevar una vida sensata, es decir: con dinero, organizada y cómoda. Pero Hans se rehúsa a entender lo que sería obvio para cualquiera; regresa meses después al que todavía llama “nuestro dormitorio” y tiene miedo de abrir el armario y ver los vestidos de Marie: un armario que está ordenado y limpio, vacío. Contra lo que venga, Hans sigue siendo fiel a ese otro que fue antes, y no puede imaginarse cómo vivirá Marie, que para él es todavía la misma mujer: no entiende cómo podría ella vestir a sus hijos, si tiene hijos, cómo podrá abrigarlos, si ellos habían hablado tantísimo de toda clase de abrigos, de cómo vestirían a sus hijos. Eso es algo suyo, de ambos, imposible de compartir con nadie más, imposible de hacer si falta uno.

El sicólogo podría explicarle muchas cosas a Hans Schnier, el pobre, para que dejara de vivir en ese mundo ilusorio y disparatado, empezando por explicarle las razones de Marie. Pero hay una rara dignidad en ese delirio pacífico, inasequible a cualquier explicación. Por supuesto, siempre el otro tiene sus razones. Tenía que pensar en el futuro, tenía que estudiar un doctorado, tenía que ver mundo; tenía que sentar cabeza o tenía que liberarse. Tenía que seguir sus pasiones o sus intereses o sus sueños, tantísimos otros sueños que eran sólo suyos. Pero comenzamos a entender esas razones cuando hemos perdido toda esperanza, cuando nosotros mismos ya somos otros y hemos extraviado a ése que fuimos. Llega el día, tarde o temprano, en que el niño Marcel ya no lo es, y se olvida incluso de esperar la despedida de su madre, que ya no sube a despedirse. Y se está cada uno en su noche.

La experiencia del abandono es inexplicable: no hay razón que sirva para aliviarla. Por eso nos empuja a una ferocidad sin objeto, y se nos puede ir la vida tratando de entender, en un asedio inútil. Después del abandono no hay más que el silencio y el miedo. De eso, de silencio y miedo, está hecho ese cuento terrible de William Faulkner que se titula “Miss Zilphia Gant”; refiere una historia vulgar, casi de cualquiera: el señor Gant abandona a su esposa, que vive desde entonces con miedo acaso de que abandonen a su hija, Zilphia, con miedo de que ella la abandone, con un miedo inconcreto, del que no habla nunca. Por eso encierra a Zilphia cuando ésta decide casarse, a escondidas, y se muere sentada ante la puerta, defendiéndose, defendiendo a su hija. Y el marido de Miss Zilphia se aburre de esperar y también se va, por supuesto. Lo espantoso es que en todo el relato hay apenas cuatro frases, todas triviales, ninguna explicación que sirva de amparo para nadie. El silencio y el miedo.

Desde hace años vuelvo, de vez en cuando, a leer las últimas páginas de la novelita de Gautier, Mademoiselle de Maupin, donde está la carta con la que ella se despide, después de la noche más feliz y amorosa. “Te sorprenderá mucho, querido Alberto, lo que ahora hago, después de lo que he hecho, y tienes razón; pero ¿qué más querrías? ¿Otra noche y otra más?” Y explica, con emocionadas razones, que más vale conservar ese momento de pasión perfecta, atesorar esa noche de amor en que todo era posible, y no dejar que se vaya desluciendo hasta perderse en una serie de días iguales, entre los gestos aburridos de una vida en pantuflas. Suena bien, de una trágica belleza; siendo adolescente o lo bastante cínico, puede uno encontrarlo reconfortante. Lo malo es que no es así. Con los adornos que se le pongan, el abandono es algo oscuro y degradante, falto de toda dignidad estética, es un gesto no de bailarina, sino de carnicero.

Pero además sucede que el abandono también está en esa vida entera y larga de días iguales; también entonces, de pronto, el otro se va: sigue allí pero su presencia es una cosa inerte, un modo de rendirse a la fatiga, una humillación. Sólo sirve para recordarnos que nos ha abandonado. Como en ese poema de Prèvert que leíamos aprendiendo francés, “Déjeneur du matin”: él se ha servido el café, se ha servido leche, azúcar, lo ha agitado con la cucharilla, se lo ha bebido; él se ha levantado, ha cogido su paraguas, porque llovía, y se ha ido: sin hablarme, sin mirarme. Y uno también se toma la cabeza entre las manos y llora. Abandonado.

Cuando alguien nos abandona, el mundo entero se nos vuelve un abismo; y ese caer sin término nos enseña, repentinamente, en qué consiste la vida. Uno siente primero que le falta algo: un ojo, una pierna, un trozo de cuerpo, quién sabe cuál, que debería estar y que se busca en vano. Duele la memoria como duele el estómago. Todo es caer, hundirse. Uno sabe que, en adelante, no hay ya nada más que ese llanto, cada vez más apagado, lejano, agónico, imposible, que termina por parecerse a la sonrisa de los demás, todos, que nos sonríen también. Es la vida.

A todos nos ha pasado, pero no sabríamos explicarlo nunca. Sólo en alguna ocasión, cuando la angustia aprieta demasiado, podemos contarlo: sólo eso, repetir una y otra vez la historia, cómo se oía su voz, cómo dejó de reírse, cómo cerró la puerta, cómo supimos después que había seguido su vida y era otra y uno no hacía falta. Lo mismo que Marcel cuenta su infancia en Combray, lo mismo que el payaso Hans Schnier cuenta su vida con Marie. La historia del abandono es siempre la misma, bajo cualquier forma. Por eso, tal vez, nos resulta siempre fascinante escucharla de nuevo; por eso, tal vez, cuento entre mis relatos perfectos, indispensables, uno de Flannery O’Connor: “The life you save may be your own”.

Míster Shiftlet, un pobre hombre, un vagabundo manco, aparece un día en el rancho polvoriento en que vive una anciana, cuidando a su hija tonta, Lucynell. Con un gesto de cortesía, una pequeña reparación, va metiéndose en la vida de ambas. Un día a la anciana le viene la idea de que puede asegurarse de que su hija quede bien cuidada cuando ella muera y que puede hacerlo del modo más sencillo: casándola con Míster Shiftlet. Un día a Míster Shiftlet se le ocurre que puede quedarse con las únicas, miserables cosas que tiene la anciana, un coche desvencijado y un puñado de dólares, y que hay un modo muy sencillo para hacerlo: casarse con la hija tonta. Recién casados, salen de viaje los dos, en el viejo coche; Lucynell mira pasmada y llorosa por la ventana. Se detienen, horas después, en un cafetín junto a la carretera y antes de que les sirvan nada ella se ha quedado dormida. Silencioso y tranquilo, fatigado, él se levanta, vuelve al coche y se marcha.

Durante años me ha obsesionado el despertar de esa pobre niña idiota, abandonada, en un café desierto; trato a veces de imaginar su mirada y trato de entender lo que siente. A veces me doy cuenta de que lo que querría es olvidarme, que sé perfectamente cómo es esa mirada y sé también lo que se siente entonces. A todos nos pasa.

 

 

Colette, La femme cachée, Paris: Flammarion, 1951.

Marcel Proust, Por el camino de Swann, Madrid: Alianza, 1996.

Heinrich Böll, Opiniones de un payaso, Barcelona: Bruguera, 1980.

William Faulkner, “Miss Zilphia Gant”, en Monterroso y Jacobs, Antología del cuento triste. México: Alfaguara, 1997.

Theophile Gautier, Mademoiselle de Maupin, en Oeuvres, Paris: Laffont, 1995.

Flannery O’Connor, “The life you save may be your own”, Collected Works, Nueva York: The Library of America, 1988.

Jacques Prèvert, Paroles, Paris: Folio, 1981.