Sobre el arrepentimiento

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Cuando Gustave von Aschenbach decide viajar a Venecia sabe que está huyendo de su deber: no de una obligación en particular, sino de la idea misma del deber, huye en realidad de su propia vida en la medida en que no ha habido en ella nada más que el cumplimiento apasionado del deber. Así lo describe Thomas Mann en La muerte en Venecia. Empujado de pronto por la urgente tentación de abandonarse y buscar algo más, otra cosa en otra parte. Otra vida.

Difícilmente habrá una vida tan perfecta, tan ajustada o tan falta de imaginación que no tenga lugar para el arrepentimiento. Todos nos hemos equivocado: todos hemos tenido, al menos, la sensación de habernos equivocado en algo irreparable. A todos nos pasa escuchar, como dijo Eliot, el eco de pisadas en la memoria, por el camino que no recorrimos, hacia la puerta que no abrimos nunca. Cuando hay suerte, no pasa de ser un juego: imaginar lo que pudo haber sido, lo que pudimos haber hecho; cuando no, cuesta trabajo reponerse y seguir como si nada. Porque uno se arrepiente, en más o en menos, de ser quien es, y eso tiene mal arreglo.

Con frecuencia hay un recuerdo, un momento que se antoja decisivo, algo mínimo que parece haber partido en dos nuestra historia. Es una sensación extraña. Porque no se puede evitar la impresión de que todo podría haber sido diferente, que todo ha sido consecuencia finalmente de una serie de casualidades, de accidentes que en su momento eran triviales. A partir de esa idea está escrita La noche 1002 de Joseph Roth. Es trivial, casi perfectamente trivial lo que sucede en esa noche remota, pero termina por aplastar las vidas de todos los personajes. La historia comienza como una comedia de enredo: el Shah de Persia viaja a Viena y allí se encapricha con la idea de pasar una noche con una princesa; muy puestos en su oficio, unos cuantos diplomáticos y policías se las arreglan para que una mujer de la vida galante se haga pasar por princesa. Una solución perfecta, hasta divertida. La verdadera historia es la de las consecuencias de esa pequeña tontería: algo que nadie se tomó muy en serio y que trastorna la vida de todos, que sigue pesando veinte años después. Es un relato amargo, que deja con una angustiosa sensación de fragilidad.

Por supuesto, rara vez hay nada así de claro: ese accidente único, definitivo, suele ser una ilusión. La verdad es que elegimos diariamente, sin darnos cuenta, vamos decidiendo a ciegas y sin pensar en ello. Sólo de lejos, mirando atrás, cobran sentido las cosas. Afortunadamente. De otro modo, nos quedaríamos paralizados a cada instante. El vértigo que se siente leyendo El Mago de John Fowles es resultado de esa conciencia, de saber que en cada momento se elige algo para siempre; metido en los interminables juegos y acertijos del mago, el bueno de Nicholas Urfe, vagamente fracasado y abúlico, se ve obligado a decidir a cada paso la vida que querría vivir, en decisiones inocentes, de las que se toman todos los días. Uno no puede evitar ponerse en la disyuntiva y equivocarse junto con él: apostar, mentir, esconderse, huir, y ver en sus tropiezos los que uno ha tenido también, la cobardía, la inercia.

El Mago es una obra vertiginosa y desconcertante, capaz de iluminar rincones muy extraños de la vida cotidiana. No es lo que estamos acostumbrados a leer. Por lo general, las novelas que se ocupan del arrepentimiento son más tranquilizadoras. Miran sobre todo una decisión, una opción de sí o no, que adquiere una dimensión trágica; y con mucha frecuencia se trata del amor: un amor imposible o un amor que se dejó pasar, del que queda como un rescoldo de la felicidad inmensa que pudo haber sido. Se me ocurre como ejemplo Seda, de Alessandro Baricco: es un librito agradable y superficial, de lectura fácil, donde se relata la historia de Hervé Joncour, un comerciante francés del siglo diecinueve que viaja a Japón en busca de seda y allí se enamora de una mujer inasequible, con la que pasa una única noche; lo demás es el arrepentimiento después de haberla perdido, vivir décadas bajo el peso de ese solo instante de felicidad.

La historia es triste, pero también reconfortante. Sobre todo porque Baricco no hace ahorro de sentimentalismo. Para una vida, la de cualquiera de nosotros, hecha de cientos y miles de días iguales, más o menos turbios e indiferentes, es un consuelo poder recordar o reconstruir o imaginar, fabular ese instante de absoluta felicidad, de perfecto amor. Reconstruirlo o imaginarlo, además, como una situación trágica, donde fue inevitable la renuncia. Porque entonces cabe arrepentirse sólo a medias, para darle un poco de dignidad al resto. Un poco de luz también.

A todos nos pasa alguna vez, jugar a ser Hervé Joncour. Arrepentirse de verdad es otra cosa, mucho más sombría y menos asible. No hay un momento claro, que podamos identificar, donde se torció el camino y decidimos ser esto que somos; mucho más que una decisión lo que hay es una insistencia, una inercia con la que además estamos secretamente satisfechos. Como Aschenbach está satisfecho con su obra, como Nicholas Urfe está satisfecho con su esforzada mediocridad y sus astucias mínimas, para ir tirando. Cuando uno se arrepiente lo que se quiebra es esa satisfacción prosaica y cómoda, casi inconfesable, de ser uno quien es; y para eso no hace falta una catástrofe: al contrario, es mucho más devastador un día común y corriente.

La verdad es que ha vivido uno tanto y de tantas maneras que todo resulta ya repetido y es disculpable que se muestre cierto cansancio hacia las personas y las cosas. Así comienza su relato el protagonista de Ni César ni nada, una narración perfecta de César González Ruano. Es un solitario, sibarita y un poco cínico, que vive retirado del mundo y muy conforme consigo mismo, mirando con algo de compasión y mucho de desprecio las confusas vidas de los otros. Nos enteramos de casi todo eso por la irritación que le produce la llamada de una antigua amante que le avisa que pasará a visitarlo, junto con su marido; le fatiga la gente, le incomoda cambiar su rutina, le aburre incluso pensar en el pasado, de modo que decide no recibirlos: pide a la sirvienta que los despida en cuanto lleguen, diciendo que no está en casa. No puede evitar, de todos modos, estar atento al timbre, con el deseo de que lleguen y se vayan pronto. Pero no llegan. Ni esa noche ni al día siguiente ni nunca.

Conforme pasan las horas se ve aumentar su ansiedad, su temor, se le ve irse desmoronando. No sucede sino que la vida confortable y acomodada que se ha hecho se le aparece tal como es; ni espantosa ni especialmente triste: cómoda, segura, tranquila, con la solidez y el desapego que él ha querido, pero sin remedio ni vuelta atrás. Aquella tontería, dice, me produjo una impresión de derrota y de infinito fastidio, como si muchas cosas íntimas las hubiese jubilado la vida sin pedirme opinión ni permiso.

Cuando uno se descubre así, en un callejón sin salida, el arrepentimiento ofrece una ilusión última: la idea de que pudimos haber llevado otra vida, que podríamos haber sido otros. Es amargo pensar en todas las vidas que no fueron, pero en esa amargura anida la esperanza de recuperarlas: reparar un error viejísimo, desandar el camino, soltar lastre; todos hemos tenido ilusiones semejantes. Como el John Arrowby que describe Iris Murdoch en El mar, el mar, nos hemos visto en la tentación de cambiar de vida; en su caso, no es sólo un impulso sino una decisión radical, llevada a sus últimas consecuencias lógicas: es un actor famoso que de pronto decide retirarse a una casa junto al mar, apartarse de todos. Se aísla físicamente y renuncia a lo que ha hecho de su vida porque se da cuenta de que lo único que quiso siempre fue la felicidad un poco insípida de su primer amor, Hartley. En lugar de eso tuvo cualquier otra cosa, todas las demás; y se ha vuelto escéptico, frío y misántropo a fuerza de resignación.

La tragedia consiste en que tiene efectivamente la oportunidad de arrepentirse y recuperar esa otra vida, que pudo ser suya: por una coincidencia, Hartley está viviendo a unos cuantos metros de su retiro; es una pobre mujer, metida en un matrimonio infeliz, con un hijo que se ha fugado de casa. Arrowby se tropieza con la posibilidad de consagrarse tan sólo al amor, bajo la forma de un profundo, puro, afectuoso respeto mutuo: así lo dice. Por supuesto, se encuentra con algo muy distinto. Descrita con la inteligencia abrumadora de Iris Murdoch, la reunión de los antiguos enamorados es un esperpento, una carnicería penosa y ridícula. No obstante, la vida tiene una irritante tendencia a seguir, a rastras y a empellones, mostrándonos la imposibilidad de ser para siempre felices o virtuosos o lo que sea: Arrowby regresa a Londres, a la fama, a la agitación festiva de su vida de siempre, sólo sin la ilusión de que pudiera haber sido otra.

Todos nos hemos equivocado. Al menos, todos abrigamos la ilusión de habernos equivocado. Lo malo es que, bien mirado, no hay nada que corregir, no suele haber ningún error en el que ampararse: hay muchos, sin duda, pero tan enredados entre sí que resultan indiscernibles; lo malo es que, si se piensa demasiado en ello, la vida adquiere el aspecto mineral e intratable del destino. Por más que se busque entre los recuerdos, no hay ese momento crucial, esa elección trágica, mucho menos la posibilidad de enmendarla.

Es acaso lo que dice o lo que quiero leer en un viejo cuento de Juan Carlos Onetti, “Tan triste como ella”: una de las historias de amor más aterradoras que pueden leerse, porque lo único que no hay, en absoluto, es el amor. Un día y otro, y un mes y otro, ella mira cómo su matrimonio va destruyéndolo todo: la destruye a ella igual que su marido destruye el jardín de su infancia, con una mezcla de estupidez y crueldad inútil, para construir unas quiméricas peceras gigantes, que nunca llegan a terminarse. De pie junto a la ventana un día tras otro ella busca, hacia atrás, en su noviazgo, en su infancia, cada vez más atrás, busca la equivocación que tendría que estar en el origen de todo. No la hay. Busca también las otras vidas que podrían haber sido y las que podrían ser: con un amante y otro, pero lo único que consigue es una colección de fantasmas, imágenes mortuorias y remotas de otras vidas que no son la suya. Querría poder arrepentirse, pero no encuentra un motivo. Su vida es ésa sola vida, con el niño que llora arriba, con el marido que a propósito retrasa la hora de volver y que tal vez esté tan triste como ella.

Siempre podemos imaginar otra vida: más libre, más feliz, más agitada o más pacífica, más emocionante o exitosa o sencillamente otra. Pasa entonces que nos arrepentimos, sin acertar a saber de qué o cuándo, nos arrepentimos de ser éste que somos, tan limitado. Ahora bien: esa vida le corresponde a otro, que no somos nosotros; por eso nos atrae con la violencia con que atrae cualquier abismo. Lo sabe perfectamente Gustave von Aschenbach: él ha llevado una vida de sacrificio, de un furioso autocontrol para conquistar la dignidad. La dignidad personal, la dignidad del arte. Y se ve, de pronto, sumergido en el caos de una ciudad enferma, en el caos del más imposible de los amores imposibles: en el caos de la Belleza, inarticulada e incoinmensurable, como la nada. Con plena conciencia, escoge el abismo: no ser más quien ha sido, no ser más.

El final ya se sabe. Aschenbach muere feliz: transfigurado.

 

 

Alessandro Baricco, Seta, Milán: Rizzoli, 1996.

Alessandro Baricco, Seda, Barcelona: Seix-Barral, 1998.

 

John Fowles, El Mago, Barcelona: Anagrama, 1986.

 

Joseph Roth, The Tale of the 1002nd Night, Nueva York: Picador, 1999.

Joseph Roth, La noche 1002, Barcelona: Anagrama,

 

Thomas Mann, Death in Venice & Other Stories, Londres: Vintage, 1998.

Thomas Mann, La muerte en Venecia,

 

César González Ruano, Ni César ni nada, Madrid: Fundación MAPFRE, 1993.

 

Juan Carlos Onetti, Cuentos completos, Madrid: Alfaguara, 1993.

 

Iris Murdoch, The sea, the sea, Londres: Vintage, 2000.