Sobre el egoísmo

Etiquetas:

Lo he pensado varias veces, pero no termino de entender la simpatía que inspira Anthony Beavis, el personaje de Huxley. Porque un egoísta difícilmente resulta simpático. Sin embargo, Beavis es convincente y casi conmovedor. El suyo es un egoísmo sereno, deliberado, explícito, hasta amable: sencillamente no le interesan los demás, ni para bien ni para mal; y no lo disimula ni piensa que haga falta buscar una disculpa. Relacionarse con la gente no le parece divertido, como puede ser divertido el trabajo. Al contrario, casi siempre es algo incómodo y tedioso, que le produce una pereza invencible. Será falta de amor, dice, porque nadie es perezoso cuando se trata de lo que ama; pero lo difícil es, no digamos amar, sino tan sólo usar una palabra así de manoseada y pringosa.

Todo se complica porque su indiferencia es real, casi perfecta. Un día, por pereza, acepta un beso de Joan: porque hubiese tenido que hacer un esfuerzo para explicarle las cosas, porque si la hubiese rechazado ella se habría sentido herida, humillada, y eso habría sido también una molestia. Aparte de que él tampoco quiere lastimar a nadie: no le interesa; pero deshacer el malentendido empieza a ser cada vez más complicado. Al final, el amable egoísmo de Anthony Beavis se va a pique, por supuesto. Y es triste verlo. Porque había algo tranquilizador en su lejanía feliz, de otro mundo. Algo nuestro, oculto, en ese pacífico y despiadado deseo de que lo dejen en paz.

En realidad, pocas cosas habrá que duelan como puede doler el egoísmo, con ese dolor oscuro y triste: inconfesable. No es sólo la culpa, no que nos hayan enseñado que hay que vivir para los demás. Hay algo en el egoísmo que inspira miedo, que lastima: una revelación siniestra, que sería preferible olvidar. Por eso nos decimos unos a otros, con tanta insistencia, que no es gran cosa, nada grave: todos somos egoístas y es normal. Eso alivia un poco. Juntamos nuestro miedo, nuestra ansiedad, tratando de que duela menos.

El egoísmo es una forma de desapego, estar lejos de los demás, ajeno: ser indiferente hacia lo que quieren y lo que sienten, hacia lo que necesitan los demás. Uno tiene que ser egoísta así, sencillamente, en la fila del banco, en el semáforo, donde los demás no existen salvo como pequeños, breves estorbos en los que no hace falta fijarse. Es una nadería; porque están esos otros, los que importan, los que sí cuentan, a los que uno dedica la vida.

Pero a todos nos pasa un día cualquiera, en una decisión idiota, en un mínimo reparo de la inercia, darnos cuenta de que somos egoístas: que esos otros, los que importan, pueden también sernos indiferentes. Que no habíamos pensado en ellos ni mucho ni poco. Uno se descubre, de golpe, reaccionando con la seguridad mecánica de un animal mezquino, intratable; nos gana esa pereza de Anthony Beavis: solamente querríamos que nos dejaran en paz. De repente, eso mismo es doloroso. En ese momento aparece el miedo: miedo de que los demás sientan lo mismo, de que sepan lo que uno siente, miedo de sentirlo. Querríamos que no hubiese nadie, absolutamente nadie alrededor, y precisamente entonces, en ese desierto imaginado sabemos que los demás nos hacen falta, que somos también animales asustados e indigentes. Y que no hay ningún motivo para que alguien se ocupe de nosotros.

Es curioso: en general, las formas extremas de cualquier emoción: del amor o el odio o la avaricia, son poco creíbles, parecen caricaturas. Sin embargo, el extremo del egoísmo podemos imaginarlo muy bien. Pienso, por ejemplo, en Misfit, en ese cuento desolador de Flannery O’Connor que se llama “Es difícil encontrar un hombre bueno”. Es un delincuente prófugo que, con otros dos, secuestra a una familia para robar su coche; en un recodo del camino hacen bajar, por turnos, a los hijos, a la madre, al padre, y van matándolos uno por uno, sin encono, sin prisa. Es un egoísmo casi mudo: Misfit habla poco y lo que dice no importa, a él tampoco le importa, no habla con nadie en realidad; sólo oímos a lo largo del cuento, angustioso e interminable, el monólogo de la abuela que trata de hablar con él de lo que sea, producir algo que se parezca a los vínculos humanos. Hasta que a ella también le toca bajar del coche.

No haríamos eso nosotros: pero podemos imaginar que otros lo hagan. En comparación, nuestro egoísmo es nada, ni siquiera egoísmo. Se parece más bien al de doña Raquel Ruiz, en El obsceno pájaro de la noche. Doña Raquel lloró muchísimo cuando le avisaron que su vieja sirvienta, Brígida, había amanecido muerta en el asilo; después se consoló un poco, por suerte, porque con la pena se le estaba olvidando que le había encargado a Brígida que zurciese el camisón de su nieta, y ojalá lo haya terminado y puedan ponérselo en un paquetito. Es de buen corazón, doña Raquel. Incluso va al asilo en su coche para acompañar al mínimo cortejo fúnebre; sólo cuando está a punto de salir se acuerda de que Brígida tenía una bicicleta un poco averiada, se le ocurre que puede servir para regalársela al jardinero, y pide que se la metan en la parte de atrás de la camioneta, y así se aprovecha el viaje.

Doña Raquel, como cualquiera de nosotros, piensa en los demás. En Brígida, en su nieta, en el jardinero. Sólo procura acomodar las cosas de modo que no estorben demasiado. Nadie podría decir que sea una egoísta: no lo es. Su indiferencia está entreverada, con esmero, en ese apretado tejido de hipocresías y simulaciones que hacen tolerable la vida. De hecho, doña Raquel es afortunada. A los demás, en general, nos toca un egoísmo mucho más crudo, sin nada que disimule su fealdad; un poco antes, un poco después, adquirimos el egoísmo de los supervivientes. No miramos lo que sienten los demás, lo que necesitan los demás, lo que quieren los demás: a cambio, tampoco vemos su indiferencia.

No pensamos mucho en el egoísmo, es la verdad. A veces conseguimos hacernos a la idea de que no tiene demasiada importancia. Más vale así. Por eso resulta sobrecogedor, espantoso el mundo que pinta Theodor Dreiser en esa obra maestra que es Sister Carrie. Porque no hay más que egoísmo: a veces laborioso y sórdido, a veces infantil, superficial, a veces feroz. Carrie quiere hacer su vida, nada más. Un amante le regala ropa, paga la renta de un departamento, otro más la lleva de viaje, otro la convierte en actriz. No hay moraleja. Ella los usa como ellos la usan, todos con la misma tranquila indiferencia, sin pensarlo. Han aprendido a sobrevivir. Hay sólo un destello de pasión, único, momentáneo, en el respetable señor Hursthwood que se fuga con ella: después viene la pobreza, el miedo, la rutina, luego el resentimiento, hasta que es nada más un viejo inútil y Carrie se va, por supuesto, a hacer su vida.

Uno querría sentir algo de piedad por el anciano Hursthwood o sentir alguna indignación por la frialdad de Carrie. No es posible, no tiene sentido. Viven en este mundo. Cada uno a su modo, con distinta fortuna, son los dos egoístas, como cualquiera de nosotros: supervivientes.

 

 

Aldous Huxley, Eyeless in Gaza, Londres: Flamingo, 1994.

Flannery O´Connor, A Good Man is Hard to Find, Nueva York: Harcourt & Brace, 1984.

José Donoso, El obsceno pájaro de la noche, Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1970.

Theodor Dreiser, Sister Carrie, Oxford: Oxford University Press, 1991.

(en castellano: Nuestra Carrie, Madrid: 2002)