Sobre la alegría

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Hay un par de versos de César Vallejo que me vienen a la memoria con frecuencia, desde hace no sé cuánto. Hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me gusta vivir. Yo no sabría decir de otro modo en qué consiste la alegría. Hoy es casi cualquier día: hoy, a medio mes, se me ha acabado el dinero, hoy está enfermo mi padre, hoy me duele como nunca la boca del estómago o el alma. Hoy me gusta la vida mucho menos. Pero de pronto, así, como un aguacero se me viene encima la certeza de que siempre me gusta vivir. Eso es la alegría: algo de lo más sencillo, una afirmación sonriente y sin estridencias, decir que sí, a pesar de todo, a sabiendas, con todas sus consecuencias, decir que sí.

Los cuentos que nos contaban, hace mucho, solían terminar con una frase que nunca ha dejado de serme misteriosa: y vivieron felices por muchos, muchos años. Yo no sabía, no supe nunca cómo era eso, qué seguía después, pasados los dragones y los hechizos, cuando el príncipe y la princesa se iban a su casa y podían empezar a parecerse a mí. A lo mejor a todos nos pasa, que desde entonces nos afanamos a todas horas buscando la felicidad, nos desvivimos en busca de un estado de paz, de abundancia y seguridad y armonía de muchos, muchos años, que no llega nunca. Necesitamos eso, la felicidad. Algo larguísimo, interminable, emocionante; y literalmente nos desvivimos, nos dejamos la vida reparando goteras, pidiendo prestado, haciendo promesas, tratando de apuntalar algo que se parezca a ese misterioso futuro de los cuentos.

Yo no sé si la felicidad exista; conforme me hago viejo, empiezo a dudarlo cada vez con más fundamento. Eso me parece, al menos. Pero también entiendo que, en general, resulta muy útil creer en ella. Sólo por eso emprende uno los viajes más azarosos, los que nos hacen la vida. Sí sé que la alegría es otra cosa, que no necesita tanto aparato ni está sujeta a tantas condiciones; la alegría no depende de nada ni de nadie: no es la paz, ni la seguridad ni la esperanza. Ni siquiera la ilusión. Es una pura fuerza, una afirmación casi del todo gratuita pero material, ciertísima.

Sucede a veces que en el orden rutinario, repetido, se abre una rendija y hay momentos de una perfección inexplicable, en que uno se queda deslumbrado por el hecho simple y absurdo de la vida. Uno se descubre estando alegre, uno se ríe sin más: sin pedir más. La sensación es rara, cuesta trabajo ponerla en palabras. La encuentro, por ejemplo, en un cuento de Harold Brodkey, “Verona: habla una mujer joven”. Es un relato de estremecedora simplicidad. El recuerdo de una plaza de Verona, de una niña que siente de pronto el abrazo de su padre librándola del agobio de las palomas, en el momento justo; el recuerdo de un vagón de tren, de noche, donde la niña mira por la ventana pegada a su madre, mientras pasan en silencio montañas nevadas.

La alegría es eso, es así: no está lastrada por la esperanza, no necesita el futuro. No es optimista, ni confiada, no consiste en pensar que el mundo sea bueno, porque no lo es, no consiste en contar con la prosperidad o la compañía o cualquier otra cosa que dure muchos, muchos años. Es incondicional. De algún modo, la alegría está fuera del tiempo. Si acaso, conforme pasa la vida, la alegría reposa más bien sobre el desengaño; brota cuando uno decide renunciar a todos los soportes, a la ambición, a la seguridad, a la tramposa solidez de las promesas, y descubre la pura voluntad de vivir. O algo que es menos que la voluntad, ni siquiera el deseo, la sola sensación de vivir: y eso basta.

Seguramente es una experiencia infantil, es verdad. De la infancia anterior a los cuentos. Esa experiencia que descubre el solitario de Ionesco cuando se pone a mirar en torno suyo, fijándose en lo que sea: en la gente que pasa, en los muebles, en la textura de la pared, deteniendo la vista en todos los detalles hasta que lo más conocido, lo de todos los días se vuelve de pronto extraño, desconcertante. El mundo es algo nuevo, insólito, que se mira con el asombro de la primera mirada infantil. Y resulta extraordinario descubrir que el mundo está ahí y que uno está en el mundo, y hay un entusiasmo vertiginoso, hay la alegría de encontrarse con el hecho incomprensible de la existencia, con la sensación de existir.

Uno no busca la alegría, sino que se tropieza con ella. La alegría se abre paso sola, se impone. Es un breve olvido de todo: de lo que sabemos, lo que esperamos, lo que hemos aprendido a temer. Como Leila en su primer baile, en ese cuento sencillo y vagamente siniestro de Katherine Mansfield; el hombre gordo –feo, gastado, viejo- que le habla mientras baila no le dice nada insólito, nada que ella no supiera: en unos pocos años ya no estará allí bailando con las demás niñas, estará con las matronas sentada mirando de lejos el baile y temiendo que alguien intente besar a su hija, y le dolerá el corazón de saber que nadie intentará ya besarla a ella… Leila escucha. Sabe que es verdad, que en ése, su primer baile está comenzando ya su último baile. Quiere irse, huir, estar sola. Vuelve a bailar sólo por cortesía, sólo mientras busca una excusa. Pero están las luces, las azaleas, los vestidos: todo gira despacio con la música, mientras ella gira también y sonríe, baila y sonríe luminosa, olvidada de todo.

Nunca tenemos razones para estar alegres: habrá razones, pero no tienen importancia. En la alegría lo que hay es la vida: el sol que calienta hoy con una suavidad extraña, el olor del café, una vista de árboles y tejados antiguos, el azul de un dibujo, una voz o un silencio, las ganas de saltar, esos acordes de la Patética. Todo lo que no tiene importancia, lo que apenas se nota, lo que no pesa.

Por eso, seguramente, nos sobreviene la alegría cuando desaparece el peso de la esperanza, de esa necesidad angustiosa de ser felices muchos, muchos años. Enmedio de una tragedia, cuando todo se hunde. Es la historia de Ruby Waterhouse, que cuenta Rose Tremain en Carta para la hermana Benedicta. Gordita y cincuentona, formal, ha vivido con el empecinado propósito de la felicidad, dedicada a un par de hijos que ya se han ido a hacer su vida, dedicada a su marido que agoniza en el hospital; ha vivido tratando de pertenecer, ser parte de una familia y perderse en ella, sintiéndose como un enorme caracol que se arrastrara despacio –medio escondida- tropezándose con todos, lenta, enorme y desorientada.

Pasan los días, los meses de una agonía silenciosa, todo comienza a ser pasado y deja sólo un confuso rastro de amargura. Una vida llena de esperanzas, es decir: una vida en la que el presente siempre era algo que había que soportar y apresurar, dejar atrás; poco a poco, no obstante, el futuro desaparece. Lo que hay es el presente, con las escasas, mínimas cosas del presente. Desconcertada, se da cuenta de que después de veinticinco años de amor, lo único que le queda es hacer abrigos para el invierno, para sus hijos, repetir cada tarde un monólogo trenzado de pequeñas mentiras junto a la cama de su marido. Con esa misma lentitud de caracol, conforme lo va perdiendo todo, comienza a sentir el empuje de la alegría: la ligereza de la vida que ya no está uncida a ningún propósito importante. La vida, con todo lo que no tiene importancia, lo que no pesa.

Con la alegría no puede hacerse nada: no sirve para construir nada, para asegurar nada, no se puede ni siquiera sujetarla. Por fortuna, cuando se está alegre, tampoco hace falta otra cosa. Resulta que, a pesar de todo, a uno le gusta vivir.

 

 

César Vallejo, Obra poética completa, Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho, 1985.

Eugene Ionesco, Le Solitaire, Paris: Folio, 1973.

Rose Tremain, Letter to Sister Benedicta, Londres: Vintage, 1999.

Katherine Mansfield, The Collected Stories, Londres: Penguin, 2001.

Harold Brodkey, Stories in an almost Classical Mode, Londres: Picador,