Sobre la desesperanza

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Suele decirse que mientras hay vida, hay esperanza. No es verdad. Uno querría que fuese cierto, que la vida fuese siempre esperanzada y poder alentar hasta el final alguna ilusión, por insignificante que fuera, pero no es así. La esperanza se acaba un día y la vida sigue: desesperanzada. Es una vida distinta, una agonía de enterrados que se despiertan a la media noche –como dice Dámaso Alonso-, la vida de los que estamos cansados, los que tenemos sueño; una vida que se vive como si fuese de otro, de manera cada vez más lejana y ausente. Lo sabemos o lo presentimos todos: tal vez por eso nos gusta repetir que mientras hay vida, hay esperanza, con ganas de creerlo de veras, con ganas de no ver el horror de una vida en la que no hay ya nada que esperar.

Hay un relato sencillo y terrible de Castelao que habla de una mujer que quería, con una ilusión feroz, tener un hijo. Lo perdió a la mitad del embarazo, pero conservó aquel cuerpo, el fruto fallido de sus amores, en un frasco de aguardiente. Con una etiqueta primorosa que decía ‘Adolfo’. De nuevo quedó embarazada y de nuevo perdió al hijo y lo guardó, junto al otro, en un frasco de aguardiente. Y llegó a tener en el armario, entre las sábanas de lino, cuidados con todo esmero, cinco frascos con sus etiquetas, con lazos de colores para ‘Rosa’ y ‘Alicia’.

Yo no sabría decir qué es lo que hay en la historia de Doña Micaela, que me asusta tanto, no sabría decir en qué consiste la espantosa dignidad que hay en su empeño de conservar la esperanza, aun así: retorcida y seca, muerta. Es una forma de locura, sin duda, pero a todos nos pasa. Todos tenemos en algún armario, guardada en secreto, nuestra colección de frascos de aguardiente con hermosas, dolorosas esperanzas muertas, que no podríamos abandonar. Acaso sabemos que no son más que remedos deformes e imposibles de lo que alguna vez quisimos, pero no podemos admitirlo sin más, porque de eso depende nuestra vida. Mientras hay esperanza, hay vida: hay esta vida a la que nos sujetamos con avidez y que sentimos que es nuestra y que vale la pena. Por eso hacemos menos las frustraciones, disimulamos los fracasos y guardamos la esperanza de antes, como si no hubiese pasado nada, y vamos sorteando a fuerza de ilusión (y haciendo trampas) esta constante, inevitable derrota que es vivir.

Somos animales esperanzados. Podemos pensar, es cierto, y podemos pensar la muerte. Pero la vida, en lo que tiene de humano, consiste en todo lo que podemos imaginar antes de la muerte. Consiste en esa convicción cotidiana de que algo va a suceder. Puede no ser una esperanza luminosa, en general es más bien tibia, modesta, de vuelo corto: uno espera tener un hijo o un coche nuevo, un mejor empleo, curarse de esta maldita enfermedad o llegar a fin de mes sin pedir prestado, uno espera encontrar el verdadero amor o por lo menos olvidarse de él durante una noche; hay quien tiene incluso, aunque sea eso, la esperanza de una muerte rápida, que no le pese a nadie.

Pero la esperanza se gasta. A veces muy pronto, repentinamente. Entre todas las frustraciones hay una que resulta definitiva. Un día se da uno cuenta de que el futuro no trae más que una serie de días iguales, con su catálogo de pequeñas miserias y pequeñas frustraciones, todas conocidas. Que no hay nada que esperar porque nada va a suceder, nada capaz de conmovernos, capaz de ocultarnos el hecho idiota, inconmovible, de la muerte.

No hace falta que ocurra una catástrofe, no cambia el mundo: es uno el que se quiebra y ya no encuentra asideros y se ve de pronto ajeno a todos los demás, ajeno a los afanes de ése que era uno mismo ayer. Nada resulta ya maravilloso ni sorprendente, nada provoca miedo ni entusiasmo, ni siquiera curiosidad. La vida se vuelve un ambular puramente animal, aburrido e insignificante, de hoy para mañana. Sin esperanza. Eso que hace un par de días era gravísimo se convierte en una tontería, que no vale la pena, ninguna promesa de felicidad y éxito significa nada; resulta dolorosamente ridículo haber empeñado tantos años en conseguir esto –el empleo, el amor, la familia, el dinero- y poner los demás, los que queden por delante, en conservarlo. Tan ridículo e idiota como andar en círculos, moviendo una noria.

En ocasiones el futuro se cierra de verdad, materialmente: no ofrece nada. En la miseria, en la opresión sin término. Es la vida en esa “Ciudad del polvo rojo” que describe Ben Okri, donde la multitud mira con una alegría vigilada y vacante el desfile que celebra el cumpleaños de un Padre de la Patria, uno de tantos, después de la guerra, una de tantas. La ciudad en que se despierta Emokhai, con los ojos secos, para ir a vender un litro de sangre y robar una cartera que está vacía y tratar de emborracharse, tratar de excitar a una mujer que mira hacia otro lado y lo deja hacer, rencorosamente. Esa misma ciudad, cualquiera, donde el Carmelo Rosa de Julio Ramón Ribeyro se da cuenta de que las cosas andan mal, que volverá a acostarse sin la más mínima llamita redentora, ya sin creer que todo pueda regresar no a lo que fue sino a lo que pudo haber sido, sabiendo que su vida se estancó hace cuarenta años, cuando peleó intensos pleitos imposibles de recordar y se enamoró de una mujer seguramente fea, y que él sigue paseándose por una rambla que no existe.

Siempre hay motivos para estar triste, también para enfurecerse. La desesperanza es algo distinto, que está más allá de la ira y la tristeza, donde no hay casi ninguna emoción humana. Por eso los políticos y los curas, los sicólogos, ponen tantísimo empeño en mantenernos la esperanza: si no se puede con entusiasmo, con resentimiento, con encono, como sea; quienes siguen esperanzados pueden todavía dejarse seducir por algo, pueden curarse y servir de algún modo para mantener andando esta aparatosa, incomprensible máquina. Llegada la desesperanza, no hay nada que hacer. No queda más que una apatía violenta, capaz de todo, un desapego monstruoso. A uno le viene la tentación de matarse, sí, pero incluso el suicidio necesita una dosis mínima de energía, algo de odio, el deseo de gritar. Y no queda ni eso.

Vivimos atados por toda clase de afectos y enemistades, urgencias, obligaciones, pero hay entre todas esas ataduras una que es indispensable. No la más espectacular, no acaso la que uno presumiría, pero una que nos une a la vida íntimamente, que la hace nuestra y única, y que hace habitable el futuro; hay una esperanza que nos mantiene a pesar de todo. Ésa entre todas querríamos conservarla, aunque fuese en un frasco de aguardiente. Cuando se pierde, todo lo demás resulta ser nada.

Es difícil imaginar una mayor cantidad de responsabilidades, expectativas, amenazas, obligaciones, que las que pesan sobre Krug, el protagonista de Bend Sinister. Es un filósofo notable, reconocido, es miembro eminente de la universidad, tiene un hijo, es además amigo de infancia de Paduk, el pequeño tirano bestial que amenaza a todos. Pero él acaba de dejar a su esposa muerta, en el hospital, y ninguna otra cosa tiene fuerza bastante para mantenerlo atado a la vida. Trata de asegurar la vida de su hijo, hacer lo que sea por la universidad, procura ayudar a sus colegas perseguidos, pero no consigue sentirse parte de lo que sucede; su vida pasada se transfigura también, se aleja: no puede ver en su obra más que la lenta tarea de escarbar un pozo donde acomodar esa sonriente demencia.

No sabemos nada de su historia de amor, ni lo que fue ni lo que hubiera sido. No hay ensoñaciones nostálgicas ni recuerdos de días felices, no hay ni siquiera fantasmas en la nueva vida de Krug. Va empujado de un lado a otro, como un bulto, apenas con una sombría irritación, una impaciencia amarga; lo dice otra vez Dámaso Alonso: con el alma transida, triste, alborotada y húmeda como una bufanda gris que se lleva el viento.

Lo más extraño es que el mundo no se vuelve hostil, amenazador o intratable; es casi al revés: se nota que uno está raro y los demás, casi todos tienen al menos un gesto de atención, hasta de afecto. Y un consuelo pronto y sensato, sencillísimo: ¡la vida tiene tantas cosas todavía! Es inútil tratar de explicar lo que sucede, que ninguna de esas cosas tiene la menor importancia, que uno mismo no es ya importante porque ése que éramos ya no existe. El mundo en que podíamos vivir se ha quedado trunco, falto de algo mínimo pero indispensable, y éste que queda ya no tiene que ver con nosotros: estamos desasidos de la vida, en otra parte. Estar aquí es un accidente, una tontería a la que uno mismo no le presta mucha atención. Los demás, los más amables y generosos de los demás, son un estorbo: amablemente, generosamente estorban.

Entre las imágenes que conservo de la desesperanza las hay muy distintas. Está la del cochero de un cuento de Chejov, Yona, que después de una noche de trabajo se queda pacíficamente hablando con su caballo, explicándole que podría tener mejor comida si su hijo pudiera reemplazarlo; pero acaba de morir: “Sí, amigo…, ha muerto… ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera… Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?…” Está también la de Moncha Insaurralde, en ese relato maravilloso que es La novia robada de Juan Carlos Onetti. Uno podría conjeturar, sólo eso, la tragedia que pudo haber antes: la que cuenta Onetti es sólo la otra vida de Moncha Insaurralde, siempre vestida de novia, hablando de muertos antiguos, con una imposible serenidad: “Porque debe entenderse que todo lo demás, lo que nosotros, sanmarianos, insistimos en llamar realidad, era para Moncha tan simple como un acto fisiológico cumplido con buena salud.” Hasta que un día, sin escándalo, se encerró en el sótano de su casa y se aburrió de respirar.

Cuando sobreviene la desesperanza todo comienza a cambiar de aspecto, empieza a verse diferente. Uno mismo, en el espejo, es otro, y todo lo pasado nos provoca una risa triste, histérica. La vida sigue y uno sigue, como un enloquecido juguete mecánico. Los días se repiten: nada va a suceder, nada que de verdad importe, salvo la muerte. Por eso es posible esa pacífica indiferencia, es posible ser puntual, eficiente, ser amable incluso, da lo mismo. Sólo alguna vez, a la mitad de una conversación intrascendente o escuchando un pasaje de Wagner se nos escapa un gemido con una voz irreconocible, como de la agonía de un niño.

No importa en dónde tuviésemos puesta la esperanza, no importa qué tan modesta, tímida, qué tan infantil fuese; a todos nos pasa, de pronto, como al escritor del cuento de Roberto Arlt, vernos sumados a una multitud de pequeños fracasados. Él, como nosotros, también tuvo veinte años y un entusiasmo avasallador, sonriente y cruel, que prometía la gloria de una obra inmortal. Que nunca se escribió. En unas cuantas páginas, con la alucinada sobriedad de Arlt, se le ve pasar del desconcierto a la ira, al rencor, a la desesperanza. Hasta que sus sentimientos vibran tan escasamente que no puede odiar ni amar a nadie. “De mi ineptitud –dice- se desprende una filosofía implacable, serena, destructiva: -¿Para qué afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?. Y yo sé que tengo razón.”

 

Alfonso Rodríguez Castelao, Cosas, Madrid: Alianza, 1979.

Ben Okri, “In the City of Red Dust”, en Stars of the New Curfew, Londres: Vintage, 1988.

Julio Ramón Ribeyro, “Las cosas andan mal, Carmelo Rosa”, Cuentos completos, México: Alfaguara, 1994.

 

Vladimir Nabokov, Bend Sinister, Londres: Penguin, 1974.

Juan Carlos Onetti, La novia robada, México: Siglo XXI, 1978.

Roberto Arlt, El jorobadito, en Obras Completas, Buenos Aires: Carlos Lohlé, 1981.

Anton Chejov, Los campesinos y otros cuentos, Madrid: Espasa Calpe, 1967.