Sobre la enfermedad

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Nadie o casi nadie disfruta estar enfermo; sin embargo, todos hablamos de las enfermedades que hemos tenido con una rara satisfacción, como la de quien ha realizado una proeza. Acaso es lo que nos queda del heroísmo y la aventura. No hemos ido a la guerra, no hemos recorrido el Amazonas, pero al menos sufrimos una hepatitis, una neumonía, algo que podría haber sido cáncer. Por alguna razón nos gusta hablar de eso o necesitamos hablar de eso, que es siempre una cosa pasada y además extraña, ajena, de otro mundo: como si no fuese lo más natural y cotidiano, como si no fuésemos a estar enfermos otra vez dentro de un par de días, el mes próximo.

Cuando hablamos de ella, pasado el tiempo, la enfermedad suele adquirir un dramatismo más o menos elegante; de hecho, es algo feo, de una fealdad vulgar, grosera, es algo sucio y que huele mal: a sudor, a fiebre y a orines y fármacos. La enfermedad nos obliga a mirar –a sentir, a oler- nuestra naturaleza material en lo que tiene de más desagradable y amenazador, absolutamente terrenal. Por eso hay que ponerla lejos, aislarla; no sólo porque sea un anuncio de la muerte, sino que nos recuerda que en vida somos esto, un trozo de materia orgánica siempre al borde de la descomposición. Seguramente por eso en los hospitales e incluso en el lenguaje médico y en nuestras heroicas conversaciones de gente saludable nos esforzamos tanto por darle una aire de espiritualidad: querríamos olvidarnos de que no se trata de otra cosa sino de cuerpos que están pudriéndose.

Hay un relato extraordinario de Gustaw Herling que describe, con un lirismo siniestro, todo el espanto de la enfermedad. Se titula “La torre”. Es la historia de un leproso que ha sido obligado a vivir encerrado en una torre, sin contacto con nadie. Como en una reiteración del aislamiento, lo que tenemos es el relato de un militar que descubre el relato que cien años atrás escribió un viajero contando la vida del leproso; nada está del todo claro: en la borrosa memoria de los habitantes de Aosta, incluso la torre se confunde con otra, donde el conde de Challant encerró a su esposa hasta matarla de hambre. Las dos historias se mezclan en una sola imagen y un solo, repetido lamento, en algo que nadie querría recordar con detalle ni pensar muy detenidamente; sin embargo, después de leer a Herling, no se puede reprimir la sensación de que uno ha estado allí, encerrado en esa torre, separado del mundo, enfermo.

La enfermedad nos aleja de los demás, nos disminuye, nos resta algo difícil de definir pero fundamental. Sucede por eso que no queremos estar enfermos, no queremos esa mirada compasiva, temerosa, protectora y vagamente hostil que inspiran los enfermos. Nos pasa como a ese personaje de un apunte de Dino Buzzatti que, sencillamente, se rehúsa a estar enfermo, que no quiere verse arrinconado y no deja de ir a la oficina pálido y renqueante, fatigado, con un optimismo cada vez más estruendoso, mientras se va consumiendo hasta morir feliz, sin haber admitido nunca que estaba enfermo. Sin haber aceptado nunca que lo mirasen como a un enfermo.

Con los enfermos se tiene toda clase de miramientos, es verdad, lo mismo que con algunos animales domésticos, lo mismo que con los niños; porque sufren, porque son más vulnerables y dependientes, se supone que sobre todo son sensibles y se procura que no se esfuercen en pensar mucho, que no tomen decisiones, que no se preocupen. Es curioso: sobre todo se procura no hablar de su enfermedad y se trata de que piensen en cualquier otra cosa, en algo agradable y tranquilizador; es curioso porque cuando uno está enfermo lo que más necesita es hablar precisamente de su enfermedad. Nada más tiene tanta importancia. Pero uno termina por hacerse cómplice del silencioso miedo de todos y uno también habla de asuntos agradables y tranquilizadores. Sería impensable, de un mal gusto escandaloso aconsejarle a un enfermo grave que leyese, por ejemplo, Pabellón de cáncer de Solzhenitsyn; sin embargo, se me ocurren muy pocos libros tan apasionantes para leer en esas circunstancias.

En la novela no ocurre ninguna aventura, nada insólito; es una obra morosa y penetrante, áspera, con la tortuosa lucidez de una enfermedad lenta. Hay un grupo de enfermos que hablan, que fantasean; algunos mueren, otros siguen. Saben que no son ellos sino la enfermedad, el tumor el que decide lo que va a suceder; repentinamente, con el diagnóstico, lo han perdido todo, ya no son más que unos cuantos kilos de carne, una bolsa de órganos con el tumor como un muro que los separase del mundo entero, también del llanto y del dolor de su familia. Ese tumor inesperado, absurdo y completamente innecesario, que los arrastra. Por supuesto, cada tanto se dejan ganar por la ilusión de alguna curación milagrosa, acaso algo que se ha pasado por alto, algo que se ha descuidado, o un médico, un herbolario que hay en algún lugar. Van a la deriva de la enfermedad. Pero incluso entonces hay un resquicio para la voluntad, la capacidad de escapar de la la lógica completa de la enfermedad y la curación; por ejemplo, en la indignación de Kostoglotov, intratable: usted, le dice al médico, saca la lógica deducción de que he venido a salvarme al precio que sea. ¡Y yo no quiero que sea a cualquier precio! ¡No existe nada en el mundo por lo que estuviese dispuesto a pagar cualquier precio!

A todos nos pasa. Cuando estamos enfermos nos descubrimos distintos, vemos abismos y sombras que nunca antes, una violencia nueva. Vista desde fuera, a lo lejos, como cosa abstracta, la enfermedad parece un estado de dolorosa quietud, un apagamiento, pero nunca es así. Cuando estamos enfermos podemos pasar, en un instante, de la ira al llanto al desconsuelo, al anonadamiento; ahora resulta que nada importa, ahora resulta que odiamos con ferocidad todo lo que está sano o nos asfixia la nostalgia, ahora sólo hay el dolor en el costado y la sensación de la fiebre. Repentinamente, la vida mejor organizada, la más enérgica y entera se disuelve, como dice Thomas Bernhard, y queda reducida a un montón de carne podrida, sostenida apenas por la piel y los huesos. Y no hay manera de soportar eso con tranquilidad.

Por supuesto, la idea de la muerte nos agita, aunque no sea más que un instante, con la infección más trivial; la agonía cotidiana no se refiere a eso, sino al cuerpo: a nuestra relación con el cuerpo. Sólo estando enfermos encontramos ocasión, por ejemplo, para usar con naturalidad la palabra “ingle” o “axila”, para mirarnos los pliegues de la piel en la base del cuello, para tocarnos despacio en el costado, buscando. Y todo ello adquiere otra realidad, existe de otra manera. Sabemos, o tendríamos la ocasión de saber que somos esta materia sensible y limitada, que pesa y huele y se hincha, que se calienta, que produce líquidos y se mueve sin propósito ni intención, por su cuenta. La voluntad, la inteligencia, el deseo, todo está anclado aquí, irremediablemente, todo lo demás que querríamos ser está mezclado con esta trama de tejidos y órganos.

Resulta extraño. Por eso hacemos lo posible por olvidarnos, pensar en otra cosa: en algo agradable y muy espiritual. El mundo entero, la vida, la nuestra y la de los demás que revolotean compasivos alrededor nuestro, todo cambia de significado. “La muerte de Ivan Illich”, de Tolstoi, es acaso el relato más exacto de esa transformación. Poco a poco todo comienza a resultarle ajeno a Ivan Illich, que hasta ayer era un magistrado dignísimo y de pronto no es más que un enfermo; todo se aleja y adquiere un aspecto grotesco: la dolorida gesticulación de su esposa, las pretensiones de su hija, la conmiseración pomposa y científica de los médicos, su propia vida; de pronto lo único que importa es acomodarse en el sofá, levantar las piernas. Los otros no es que no quieran, sino que no pueden entenderlo, se sienten heridos. A todos nos pasa: llegados al fondo de la enfermedad adquirimos una mirada cruel, porque todo empieza a ser idiota, insignificante.

Hay veces en que uno es dócil y acepta ser el enfermito, agradecido y obediente, bien portado: uno se toma su medicinita para curarse pronto. Uno no entiende nada, se deja llevar y puede que ofrezca incluso un espectáculo edificante. Los médicos, los parientes pueden atendernos con una satisfacción sufrida y alegre. Hay veces que no. Hay veces en que uno resulta intratable: sobre todo en una enfermedad grave, larga, cuando uno ha tenido ocasión de entenderse con su cuerpo.

El enfermo, dice Bernhard, tiene que tomar el sufrimiento en sus propias manos y, sobre todo, en su propia cabeza, en contra de los médicos. Habla como enfermo crónico, tuberculoso, que ha pasado media vida en hospitales y se ha hecho intratable, adiestrado para rechazar, impedir, frustrar. Porque sabe que está solo; porque incluso la idea de la salud, eso tan simple y tan obvio, se le ha vuelto problemática, dudosa, difícil de entender. Se refiere a su cuerpo y al sentido de su vida, se trata de cómo respira y cómo escribe, se refiere a la voluntad de vivir y trabajar y escribir absolutamente sin sentido, sostenido sólo por una disciplina propia, resistente a todo, para poder mirar el mundo como es: una cloaca, en la que se desarrollan las formas más hermosas y complicadas, pero sigue siendo una cloaca.

No es extraño, desde luego, que una de las mayores novelas del siglo veinte, La montaña mágica de Thomas Mann, se refiera a la enfermedad: la medicina, la ciencia y la muerte, se enlazan en nuestra obsesión más característica, en la necesidad de vencer al cuerpo. A falta de otros dioses, una vez que nos han fallado todos, nos hemos quedado con la idolatría de la salud, que consiste en adorar al cuerpo como si no lo fuera, como si no fuera materia, con su inercia inmanejable y caduca. Adoramos un simulacro de una simpleza idiota: un cuerpo de juventud congelada, que ni suda ni se indigesta, un cuerpo hierático, angelical, dispuesto sólo para un placer que remeda el éxtasis religioso. Un cuerpo que ni pesa ni duele ni se va corrompiendo, como éste. Un cuerpo perfectamente saludable, que hemos aprendido a admirar como si fuese lo más natural, como si la enfermedad fuese una falta, algo semejante al pecado, que está en las lindes de lo sagrado y lo demoniaco.

En la novela de Mann, Hans Castorp llega al sanatorio de la montaña como un visitante, para pasar unos días de reposo; desde luego que él no está enfermo, en absoluto. No tiene nada que ver con esa comunidad doliente. Él sólo necesita descansar. Es un ingeniero de ideas claras, firmes y superficiales, con un feliz sentido práctico; y de pronto se encuentra con la enfermedad: algo religioso, conmovedor, de una belleza triste, y que al mismo tiempo es absolutamente material y prosaico, imposible de describir como espiritual ni conmovedor, ni mucho menos hermoso. Como todos nosotros, quiere ver en la enfermedad algo que ennoblece, algo serio y vagamente espiritual, que merece una mirada grave, incompatible con la estupidez; como todos, se encuentra con que es un modo de rebajamiento, una dolorosa degradación.

El cuerpo, en particular el cuerpo enfermo es la naturaleza, con toda su prepotencia, con su fuerza irracional. Contra ella hemos levantado el aparatoso edificio de la civilización y la idea del espíritu. Hasta hoy, y acaso hoy más que nunca, el cuerpo significa el mal: porque se enferma, se pudre, se muere, porque no cabe sujetarlo con el espíritu. Querríamos pensar que nos corresponde, en realidad, otra forma, inasequible al deterioro. Cuando estamos enfermos tenemos la ocasión de saber que no es así; podemos ver nuestra medida justa y reconciliarnos con esta mezcla de ambición y naturaleza, de fantasía e inercia orgánica. Es lástima que se nos olvide tan pronto, que convirtamos la enfermedad en una remota aventura; algo que sucede a otros, en otro mundo.

 

 

Thomas Bernahrdt, El frío, Barcelona: Anagrama, 1985.

Dino Buzzatti, Siamo spiacenti di, Roma: Mondadori, 1975.

Gustaw Herling, The Island. Three tales. Londres: Harvill, 1990.

Thomas Mann, The Magic Mountain, Londres: Vintage, 1995.

Alexandr Solzhenitsyn, Pabellón de cáncer, Madrid: Aguilar, 1971.

Leon Tolstoi, “La muerte de Ivan Illich”, Obras escogidas, Madrid: Aguilar, 1988.