Sobre la perplejidad

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El extranjero de Albert Camus fue seguramente una de las primeras novelas que leí en serio, quiero decir: con el deseo, con la necesidad casi urgente de encontrar algo de mí en la trama, en los personajes. Fue hace muchos años. Pero las primeras frases me resultan imposibles de olvidar: hoy ha muerto mamá; o tal vez fuese ayer. No lo sé. Recibí la noticia hoy, en un telegrama; pero tal vez fuese ayer.

En adelante, la trama es trágica y absurda, es la lenta, irremediable destrucción de Mersault, extraviado en un mundo en el que todo parece irrelevante, parejo y gris, inútil. Lo que me sedujo entonces, desde esas primeras líneas, lo que me ocasiona vértigo y asombro todavía hoy es el desconcierto con que lo vive todo Mersault, su dificultad para reaccionar. Nunca está del todo seguro de lo que siente ni de lo que debería sentir. Le resulta extraño el mundo, la gente, pero sobre todo le resultan extrañas, indescifrables, sus propias emociones. Como a mí las mías. Hay una perplejidad primera y casi muda, difícil de decir, en el escondido aluvión de los sentimientos. Acaso eso buscaba cuando leí la novela, no lo sé; tal vez lo descubriese sin buscarlo: alguien que experimentara esta misma extrañeza, este desconcierto ante la turbiedad de lo que siento.

Tal vez a todos nos pasa, alguna vez por lo menos, no estar seguros de lo que sentimos o tener la vaga conciencia de que no estamos sintiendo lo correcto, lo que se debe sentir. Sobreviene entonces esa perplejidad del extranjero, ese andar a tientas en un enredo de emociones vacilantes y contradictorias, pero con la conciencia culpable de no ser capaces de sentir lo que deberíamos sentir: cuando alguien se muere, cuando alguien regresa, cuando se va, cuando nos dice un amor encendido, un rencor de años. Porque se supone, además, que eso es espontáneo. Hay la obligación de sentir ciertas cosas y sentirlas de manera natural, inmediata, sin pensarlo: sentirlas de verdad. Y la verdad es que todo suele ser mucho más confuso.

Recuerdo ahora el agobio de Risso, en “El infierno tan temido” de Onetti, cuando recibe las fotografías que su esposa le hace llegar, posando desnuda con otros hombres en Asunción, en Bahía; su vertiginosa perplejidad ante un sentimiento desconocido, que no era odio ni dolor, que moriría con él sin nombre, que se emparentaba con la injusticia y la fatalidad, con el primer miedo del primer hombre sobre la tierra, con el nihilismo y el principio de la fe. Recuerdo la hermosa tristeza que hay en el “Mephisto-Waltzer” de Sergio Pitol, cuando descubre ella que Guillermo ha publicado un cuento sin dárselo a leer antes: por primera vez en veinte años de matrimonio; y sabe que debería sentir cólera y despecho, y no ese vago sobresalto, esa sensación de derrumbe, el miedo de que él pueda haber llegado a la misma conclusión que ella, que se hallan no a las puertas, sino en el interior de la separación definitiva: oye grandes palabras girar en su cerebro como si trataran de encontrar un cauce o la conexión adecuada. Mientras se va quedando dormida.

De todas partes nos viene el imperioso recordatorio de lo que debe sentirse. Las familias se quieren, la muerte inspira tristeza, el amor despierta entusiasmo, las separaciones son dolorosas: eso está en las películas, en la televisión, en los anuncios; eso lo sabe cualquiera, todos, con perfecta claridad: todos saben lo que debe sentirse y lo sienten sin más, de manera desbordante y natural. Como en la televisión. Por eso es angustiosa la perplejidad, sentir algo más bien impreciso y ambivalente, mezclado, cuando deberíamos movernos por un impulso obvio, efusivo, que hasta los niños conocen. Es angustioso porque significa un fracaso radical y sin remedio: como si nos faltara un resorte o un mecanismo básico de orientación.

Es posible hacer un esfuerzo, pensar con orden y controlar los gestos; es posible disimular el golpe de la alegría que nos sacude de pronto ante un desconocido, es posible concentrarse en los motivos de la tristeza cuando hace falta, hacer exhibición de un ánimo sombrío o ilusionado. Pero no sirve. El problema no está en lo que puedan ver los demás, sino en lo que uno sabe: en lo que uno siente o en lo que no es capaz de sentir. No se trata tampoco de discernir entre el bien y el mal. Uno procura hacer lo correcto, no hacer daño a los demás, uno procura ser generoso y agradecido, tolerante, respetuoso; eso no altera lo que se siente, acaso añade un poco de confusión nada más. Y uno no puede evitar sentirse malo, desasido de los demás, desconcertado.

Me pasa a veces y me hago la ilusión de que a todos nos pasa sentir la nostalgia de algún odio nítido, de una felicidad perfecta, de los resentimientos interminables de las telenovelas, incluso de la indiferencia absoluta, maquinal, que se supone que inspira la muchedumbre de un vagón de metro. Pero no es eso lo que siento. No puedo. Me sucede como a Michael Berg, el protagonista de El lector de Bernard Schlink, que me descubro haciendo cosas que no he decidido, como si algo actuase y se moviese por mí, a contracorriente; lo que sea eso, ese algo, dice Michael Berg, busca a una mujer a la que no quiero ver más, se enfrenta inútilmente con el jefe, sigue fumando.

Es una novela amable, una historia de amor triste, mesurada, dolorosa. Confusamente, Michael se enamora de Hannah, una mujer mayor, pobre, analfabeta; confusamente se avergüenza de ella y de lo que siente por ella, y se duele de esa vergüenza. Muchos años después vuelve a verla como acusada en un juicio por haber formado parte de la SS en Auschwitz: querría a la vez comprenderla y condenar la atrocidad de los crímenes en que ha participado; siente que el horror le impide comprenderla, pero siente que la traiciona una vez más si no la comprende, siente también que al intentar acercarse a ella para entender sus motivos está traicionando a todas las víctimas. Confusamente, siente la vergüenza y la culpa de renegar de ella de nuevo, siente la culpa de haber amado a alguien capaz de todo eso. Habría tal vez todos los ingredientes para un melodrama o para un alegato político, pero no es ni lo uno ni lo otro. Sobre el fondo de los sentimientos inequívocos, transparentes y espontáneos de su familia y sus amigos, primero, de todo el público que asiste al juicio después, hay la irremediable perplejidad de Michael.

Por supuesto, la vida no tiene casi nunca esa complicación: todo suele ser mucho más simple y obvio; por eso es más aguda la conciencia de culpa cuando uno no es capaz de sentir lo que debería sentir. Acaso en otros tiempos fuese todo más sencillo, acaso pudiera vivirse sin la necesidad de sentimientos claros y espontáneos: tal como se pinta, por ejemplo, en el retorcido juego de conquistas, deshonras y venganzas de la literatura del siglo dieciocho. No lo sé. Lo cierto es que para nosotros hay la obligación de sentir con claridad y sin vacilación: naturalmente. Y no sabemos hacerlo.

No sólo son obligatorios los buenos sentimientos. También el menosprecio, la vanidad, la indiferencia: como todo, está en la televisión. Y está clarísimo. De ahí proviene la ansiedad del protagonista de “Homemade”, un cuento de estremecedora melancolía de Ian McEwan: su amigo Raymond le ha arreglado una cita con la “amorosa Lulú”, que siempre está dispuesta, para que pierda su virginidad de una vez. El sabe que debería ser capaz de sentir una combinación de alegría, seguridad y desprecio hacia la “amorosa Lulú”, pero no sabe cómo se siente eso. De modo que la noche anterior, cuando se queda en casa para cuidar a su hermanita Connie, de diez años, se inventa un aparatoso juego de “papás y mamás” para deshacerse de la perplejidad y saber qué es lo que debe sentir: la mete en la cama, la desnuda, la viola con el voluntarioso deseo de sentirse orgulloso, despectivo, alegre. Puede que haya sido –dice- una de las cópulas más desoladoras en la historia de la copulación, con las mentiras, el engaño, la violencia, el incesto, un apresurado orgasmo entre accesos de llanto; pero me sentía bien, a gusto, había entrado por fin al mundo de los adultos. Sabía lo que había que sentir. Sin duda.

 

 

Albert Camus, El extranjero, Buenos Aires: Emecé, 1979.

Juan Carlos Onetti, Cuentos completos, Madrid: Alfaguara, 1994.

Sergio Pitol, Vals de Mefisto, México: ERA, 1989.

Bernard Schlinck, The Reader, Nueva York: Pantheon Books, 1997.

Ian McEwan, First Love, Last Rites, Nueva York: Vintage Books, 1994.