Sobre la rutina

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La sensación de la rutina puede ser devastadora: sentir que los días se repiten, iguales unos a otros, y que no hay ninguna otra cosa que esperar. No es el aburrimiento sino la idea de que uno se ha encontrado con los límites de la vida, el ahogo de pensar que ya no hay más. De pronto todo es uniforme, plano, inútil. Se mire hacia atrás o hacia delante, da lo mismo. Los días se parecen: el Gran Día, los días felices, el día de pago, el día en que nos conocimos, el día en que dejamos de vernos; como el personaje de Jeanette Winterson, los vemos fundirse todos formando una sola masa gris, irreconocible. Sabemos, como él, que no hay soluciones ni va a haberlas, que no hay a dónde huir, que volveremos a comer y a lavar los platos y a vestirnos para salir, y habrá si acaso un mínimo fragmento de nosotros que cada día busque una pequeña plaza verde, para caminar.

Pero a la vez la rutina, cuando no se nota, cuando no se piensa en ella, es lo que da consistencia a la vida y la hace única; no es un mecanismo sino un mosaico, un caleidoscopio hecho de innumerables rutinas superpuestas, cada día con un matiz diferente. El modo de preparar el café por las mañanas, las primeras voces que uno oye, el colchón de la cama, el lugar de las llaves y el gesto con el que se abre la puerta. Habrá pocas cosas tan desconcertantes, angustiosas, como perder de golpe todas las rutinas: que ya no esté esa voz para despertarnos, que no esté el café, que la pared sea distinta, que la puerta se abra de otra manera, que sea todo nuevo, ajeno. Es difícil de imaginar, inspira miedo. Recuerdo la sensación, leyendo un breve relato de Alan Bennett, Con lo puesto.

Los Ransome vuelven de la ópera una noche y se encuentran con que han robado su casa. Han robado absolutamente todo: los muebles, las lámparas, los platos y los cuadros, la ropa, los ceniceros, las alfombras, absolutamente todo. No hay más que las paredes. No está el teléfono para llamar a la policía, ni las pastillas para el dolor de cabeza, no está el cepillo de dientes ni el pijama. Súbitamente descubren que la vida, su vida, estaba anclada en esas cosas; sin ellas pierde su forma, de alguna manera ya no es suya. Lentamente, conforme pasan los días, descubren también que hay en eso una extraña libertad. Ningún gesto es automático, no hay nada previsible, nada puede ser como ayer, nada es repetido; no hay nada en que apoyar el orden del día: se puede comer en otra habitación, no hay un lugar para las llaves, no hay el horario de la televisión. Con una mezcla de alegría y pánico comienzan, confusamente, a vivir otra vida, como si fuese de otros.

Es probable que el ahogo, la sensación de asfixia que produce la rutina se deba a que sabemos, todos, que pudimos haber vivido otras vidas, que pudimos ser otros. Con el tiempo, esas posibilidades van desapareciendo bajo la rutina. Encontramos un modo de hacer las cosas, nos acomodamos. Enterramos sin saberlo y sin querer darnos cuenta a todos esos otros que no fuimos. Cuando vuelven, son fantasmas.

A todos nos pasa, alguna vez. Como a Hannah, en Mi marido Michael, de Amos Oz. A todos nos pasa ver de pronto, como una aparición, a esos otros que pudimos ser, de pronto desenterrados. También para Hannah empezó todo comprando los muebles para la casa: escobas, cepillos y cosas de cocina, junto con Michael. Siguió con la boda, los estudios, el trabajo, el primer hijo; de pronto, dice, éramos como dos pasajeros a los que les hubiera tocado estar juntos en un viaje larguísimo, obligados a ser amables y considerados, sin exigir mucho, cuidando de no ser inoportunos, mientras pasa por la ventana un paisaje plano y triste. Después de un montón de años se da cuenta de que tiene todo lo que ha querido: su familia, su casa, todo; pero no puede evitar la sensación de que la vida está en otra parte. La rutina es una máscara, una caricatura, es la vida de una mujer extraña a la que ella mira de lejos. Adiós, Michael; yo me quedaré tras la ventana, haciendo figuras con el dedo sobre el cristal empañado, y puedes imaginarte si quieres que te estoy saludando: no voy a desilusionarte. Pero no estoy contigo.

Lo más terrible, lo más amargo y desconcertante de la rutina es que siempre la hemos hecho nosotros: son nuestros gestos, es precisamente de nuestra medida. Nos devuelve una imagen de nosotros que es exacta y es injusta, podemos reconocernos en ella pero sabemos que no somos sólo eso. La rutina dice que nuestra vida tiene esa forma y ese límite: es una remota anticipación de la muerte.

Tal vez lo que tienen de siniestro casi todos los cuentos de Raymond Carver sea la abrumadora presencia de la rutina. Son pequeñas ventanas abiertas sobre un día cualquiera en la vida de gente cualquiera, donde no sucede apenas nada. Un matrimonio que va a cenar a casa de unos conocidos: una casa común y corriente, con un niño que llora y un pavorreal decrépito. Una pareja que repite, por enésima vez un pleito, con la misma secuencia disparatada: por la mañana me pone whiskey en el estómago, para lamerlo, por la tarde trata de saltar por la ventana, esto no puede seguir así. Pero sigue. Con los mismos reproches sobre la misma cama, el recuerdo de todos los planes que alguna vez hicieron para el futuro y todos los pasados que no fueron: pude tener muchos otros hombres, pero no quise; yo no sería capaz de hacerlo fuera del matrimonio.

Son personas absolutamente vulgares y lo saben. De vidas estrechas, casi inertes. Pero viven sobresaltados, entre el miedo y la esperanza, por la convicción de que algo va a suceder; algo catastrófico, imposible, que va a cambiar su vida de arriba abajo. No sueñan aventuras, no se imaginan ninguna historia, pero saben que las cosas tienen que cambiar, que tiene que sobrevenir eso, lo que sea, la vida.

Acaso la pesadilla más típica de nuestro tiempo sea precisamente la de la rutina: la reiteración interminable de días idénticos, con las mismas caras y el mismo trabajo, el mismo horario. No porque sea algo aburrido, sino que es la negación de la vida; porque nos gusta imaginar la vida como una cosa siempre cambiante, siempre nueva, imprevisible. Y todo se nos vuelve rutina: los viajes, las fiestas, las vacaciones. Es posible que otros tiempos fuesen más emocionantes, llenos de los peligros y las sorpresas que hoy buscamos en los parques de diversiones; también es posible que haya habido siempre la misma nostalgia por esas otras vidas que pudimos haber elegido.

Es curioso: hacemos un enorme esfuerzo, de años, por conseguir algo de seguridad en el empleo, la casa, la familia; y de pronto resulta que lo cambiaríamos todo por una vida distinta, la que fuese. Es curioso. O bien lo cambiamos todo: el trabajo, el amor y el color de los calcetines. Para instalarnos en otra rutina espantosamente parecida a la anterior, indistinguible. Una parte esencial de lo que somos está en la rutina, algo esencial también se escapa siempre, se queda fuera.

Por eso resulta tan fácil, incluso inevitable identificarse con Rabbit Angstrom, el agobiado protagonista de la novela de John Updike. Lo tiene todo: una esposa y una amante, un empleo y un montón de deudas, una casita entre otras innumerables casitas en un suburbio y una rutina como la de cualquiera. Sale una noche a correr, como todas las noches; y de pronto, en lugar de ir hacia la derecha, va hacia la izquierda y corre, pasa una calle y otra y corre. Sin mirar, sin pensar. Corre. Y uno con él, a donde sea.

Es más difícil aprender a disfrutar todos los matices que hay en un día cualquiera; aprender a asombrarnos con el abismo que nos separa de ése que éramos ayer mismo, con esa mínima diferencia que hay en el aroma del café.

 

 

Jeanette Winterson, “A Green Square”, The World and other places, Londres: Vinatge, 1999.

Alan Bennett, The Clothes They Stood Up In, Londres. Profile Books, 1996.

Amos Oz, My Michael, Londres: Vintage, 1972.

Raymond Carver, Where I’m calling from, Nueva York: Vintage, 1988.

John Updike, Rabbit, Run, Nueva York: Alfred Knopf, 1990.