Stuart Hampshire

Etiquetas: ,

Stuart Hampshire, Justice is conflict. Princeton: Princeton University Press, 2000.

Hay algo extraño en este librito de Stuart Hampshire, que inmediatamente llama la atención: es un libro sensato. Modesto, inteligente y sensato. Leyéndolo, uno cae en la cuenta de que hemos vivido las últimas décadas sumergidos en el entusiasmo. Sobre todo –es extrañísimo- cuando se trataba de la Justicia. Había –hay todavía, casi todos- entusiastas de la democracia y entusiastas del mercado, de la comunidad, de la libertad individual, entusiastas humanitarios, religiosos, nacionalistas. Nos habíamos acostumbrado, incluso, a ese frío, iracundo entusiasmo de burócrata en los filósofos que, a golpe de hipótesis contrafáctica, establecían de una vez por todas las condiciones formales infaltables para un acuerdo sobre los procedimientos de una discusión racional acerca de la Justicia.

Es un alivio el que ofrece el ánimo apacible, inquisitivo, prudente, de Hampshire; que no se propone gran cosa ni ofrece mucho: busca una definición razonable y mínima, asequible, de la Justicia. Una definicióin que por lo menos sea útil. Sin pedir demasiado (ni a la definición ni a la Justicia). Viene a quedarse con un par de reglas generales. La justicia hace falta porque hay conflictos y en todo conflicto hay, al menos, dos partes enfrentadas: se deben oír las razones de las dos partes (ésa es la primera regla); la solución es justa sólo si se puede esperar que las dos partes la acepten, y para eso es necesario que el procedimiento para atender, evaluar y decidir sea conocido, habitual, arraigado en el orden cotidiano (es la segunda regla). No es mucho, ciertamente; pero como definición es útil. Entre otras cosas, sirve para entender que no hay una solución última y general, que no es razonable aspirar a la armonía definitiva: la justicia es una forma civilizada –insegura, cambiante- de ordenar el conflicto, nada más. Una forma del conflicto.

Según Norbert Elias la madurez consiste en haber hecho las paces con las imperfecciones del mundo; no lo dice pero se entiende que se trata de saber conformarse, no pedir demasiado, sobre todo no pedir lo que no puede ser. De acuerdo con eso, el final del siglo veinte resultó ser bastante inmaduro: infantil. Acaso angustiosamente infantil. Por eso resulta extraño y tranquilizador leer a Stuart Hampshire; recordar, entre otras cosas, conforme uno se hace viejo, la modesta y serena inteligencia que puede haber en la vejez.