Tiempo de asesinos

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En el futuro próximo va a agitarse más la situación internacional. No por la elección en los Estados Unidos, sino por la muerte de Yasser Arafat: puede que no sea inminente, pero ya pesa en el horizonte político regional. Ninguno de los que aspiran a sucederle tiene la misma autoridad ni va a conseguir fácilmente que se le reconozca como representante de la causa palestina. El gobierno de Israel dice que con algunos podría dialogarse e incluso recuperar la “Hoja de ruta” –por lo visto, prefiere a Mahmud Abbas-, pero es imposible fundar un liderazgo en ese apoyo, al menos a corto plazo. Lo más probable es que aumente la violencia, que se vuelva más enconada todavía la lucha por el control político de Cisjordania y Gaza, donde no queda ya ni la sombra de un estado; será tiempo propicio para los radicales, se hará más ostensible y más directa la presencia de Siria, Irán y Arabia Saudita, tratarán de situarse igualmente los integristas afines a la constelación de Al-Quaeda. Falta ver si Estados Unidos, Europa y sus aliados pueden aprovechar esa inestabilidad para iniciar un proceso de pacificación.

La lucha del pueblo palestino es el principal recurso simbólico del nuevo terrorismo islámico: ninguna otra de sus justificaciones encuentra la menor simpatía en la opinión internacional, ni siquiera dentro del mundo árabe. Por esa razón el conflicto interesa a todo el mundo, empezando por los Estados Unidos. El vínculo es arbitrario, Al-Quaeda no surgió en Palestina y eso quiere decir que no desaparecería con un acuerdo de paz, si lo hubiera, pero perdería mucho de su atractivo entre los árabes musulmanes.

Una aclaración mínima, sumarísima. La resistencia palestina no fue nunca un movimiento islámico: para empezar, porque una proporción considerable de los palestinos son cristianos, como el propio Arafat. La guerra contra Israel fue de hecho uno de los ejes del nacionalismo árabe secular, el de Egipto, Siria y Jordania o el Irak de Hussein. Sólo empezó a tener algún peso el factor religioso después de la guerra de Líbano, con la presencia de Hamas, es decir, como consecuencia de la política exterior de la revolución islámica de Irán, tras su fracaso en la guerra contra Irak; hoy es una de las mayores amenazas para la autoridad nacional palestina.

En cuanto al integrismo islámico, tiene otros orígenes y hace su política en otros lugares. Su definición ideológica es una variación de la doctrina oficial de Arabia Saudita: un Islam político, de vocación totalitaria, que por su radicalismo tiene afinidades con el discurso de Jomeini, pero se ha desarrollado sobre todo en Afganistán, Pakistán e Indonesia: su propósito es la regeneración moral y política de las sociedades musulmanas a través de la imposición de la ley islámica; eso requiere entre otras cosas la liberación de los lugares santos de Arabia, manchados por la alianza de la dinastía Saúd con los Estados Unidos. Su mayor éxito fue la derrota del ejército soviético en Afganistán, cuando era todavía un movimiento útil, en el esquema de la Guerra Fría. Fracasó después en el intento de hacerse con el poder en Bosnia, Egipto y Argelia, perdió el apoyo de las monarquías del Golfo Pérsico. En esas condiciones, para ampliar su base de apoyo en los países árabes adoptó como bandera la causa palestina, que había vuelto a encenderse con la segunda intifada, y atacó directamente a Estados Unidos.

La tensión que se produjo en el sistema internacional después del 11 de septiembre de 2001 favoreció en general a los radicales de todos los colores. El conflicto entre Israel y Palestina estaba otra vez en el centro, con una nueva carga simbólica. El gobierno de Ariel Sharon vio la ocasión para desechar los acuerdos de Oslo y aumentar la violencia represiva en Cisjordania y Gaza; Estados Unidos se limitó al gesto diplomático de proponer la “Hoja de ruta”. Los movimientos islámicos, en la órbita de Hamas o de Al-Quaeda, comenzaron a figurar como representantes auténticos, únicos defensores eficaces del pueblo palestino.

En esa situación estamos. La lucha por el poder que se ha abierto con el declive de Arafat, agravado por su enfermedad, se refiere no tanto al control material de los territorios, sino al valor simbólico de la causa palestina. Durante medio siglo los gobiernos árabes han podido parasitar el conflicto, se han legitimado con un discurso bélico, antisemita; en este momento, sin embargo, la inercia es favorable para el radicalismo islámico, que también los amenaza a ellos. Por primera vez la militancia en favor de Palestina puede volverse en su contra. Por eso van a intervenir todos –Siria, Arabia Saudita e Irán, también Egipto y Jordania- en la pequeña guerra por la sucesión de Arafat, pondrán lo suyo Francia y Estados Unidos: los muertos serán, como siempre, israelíes y palestinos.

Puede imaginarse una solución aceptable para los dos pueblos, sin duda: está a la vista, en la Declaración de Ginebra. Ahora bien: hace falta mucha imaginación y oficio diplomático, energía, claridad, para lograr que la acepten los gobiernos de Jerusalem y Ramala, Riad, Amman, Damasco, Beirut y El Cairo, para que renuncien todos a los réditos del conflicto. Tendría que imponerse mediante una política concertada de Europa y Estados Unidos, que no es más fácil de conseguir. Todos tienen mucho que perder con la deriva actual: eso hay a favor de un acuerdo de paz; pero todos siguen en la idea de que podrían ganarlo todo, estirando un poco más. Viene un tiempo de asesinos, de fanáticos y de idiotas.

La Crónica de hoy, 3 de noviembre de 2004