Tiempos de prosperidad

Etiquetas: , ,

Hay algo sospechoso en la lamentación unánime sobre nuestra catastrófica situación presente. Es sospechosa la unanimidad. Como suele decirse, nunca llueve para gusto de todos: tampoco para desgracia de todos.

En el segundo volumen de su extraordinaria trilogía sobre los Estados Unidos John Dos Passos esboza una mínima historia de los negocios de J. P. Morgan; las últimas frases, con las que cierra el capítulo, se me han quedado grabadas desde que lo leí, hace no sé cuánto tiempo: “Guerras y pánico en el mercado de valores, disparos de ametralladoras e incendios, bancarrotas, préstamos de guerra; hambre, ladillas, cólera y tifus: son tiempos de prosperidad para la Casa Morgan.” Bien. Nada nuevo bajo el sol. Puede parecer escandaloso, es escandaloso, pero un terremoto, una inundación, una guerra, cualquier catástrofe puede ser un buen negocio. Los tiempos de desastre son buenos tiempos también para los políticos, para algunos de ellos al menos, porque la inseguridad, el miedo y la incertidumbre son la materia prima con la que se produce el poder. Si no fuera por eso, hace tiempo los habríamos mandado a paseo.

Nuestro presente es lamentable, sin duda. Casi catastrófico para la gente común y corriente y también para muchos políticos, empezando por el señor presidente. No llueve igual para todos. Pensemos, de cara a la próxima elección, que es lo que todos tienen en mente, en lo que se ha dado en llamar el “voto duro”; miremos las formas concretas en que se manifiesta en los últimos tiempos, en el desorganizado ensayo general que son las elecciones primarias o como se llamen.

La profesora Gordillo, por lo visto, es capaz de movilizar a los maestros, a muchos miles de maestros, para hacerle complicada la campaña a Roberto Madrazo. Eso de momento. Sin que haya de por medio ninguna queja concreta del magisterio, ningún interés concreto del sindicato, nada que se refiera ni remotamente a la educación pública. ¿Qué significa eso? Y seamos serios: hablar de “caciquismo sindical” es sólo una forma elegante de escurrir el bulto. Arturo Montiel por su parte “tiene” al Estado de México, lo mismo que Madrazo “tiene” Oaxaca. ¿Qué significa eso? Entre los dos están terminando de destruir al partido (con las palabras de Rafael Segovia: “Setenta y un años para nada, para morir por un capricho de dos políticos mediocres y enrabietados.”) Lo interesante es que no hacen más que recurrir a las prácticas de siempre, a las que produjeron en otro tiempo el enorme poder del partido.

Si se mira la elección interna del PAN, que se definía por ser exactamente lo contrario del PRI, el espectáculo es muy parecido. Según lo que se puede saber –uno sabe lo que publican los periódicos- Felipe Calderón ganó Yucatán gracias a la ayuda del gobierno del estado y Santiago Creel arrasó en algunos ayuntamientos de Veracruz porque contaba con los presidentes municipales. Voto duro, comprometido de antemano, voto de gente que seguramente tiene muy buenas razones para no creer en los políticos, gente que no se entusiasma en lo más mínimo, pero que sin embargo acude a votar y vota por el suyo. Otra vez: ¿Qué significa eso? Corrupción, uso faccioso de los recursos públicos, sí, como siempre; pero hay un mecanismo para hacerlo, no es tan simple como que el candidato presione un interruptor.

La campaña interna del PRD en el Distrito Federal ofrece un ejemplo casi de laboratorio. Para no ir muy lejos, me refiero al registro de la candidatura de Marcelo Ebrard, este fin de semana pasado. Lo acompañó un grupo de asambleístas, algún delegado, y cada uno puso a “su gente” en la calle para improvisar un mitin de apoyo al candidato; hubo la gente que recibe apoyos del gobierno local, hubo también representación de los taxistas irregulares, piratas, que son una organización extrañísima por donde se mire. Habrá después, como ha sido siempre, las adhesiones de ambulantes, microbuseros, colonos, invasores, el Frente Popular Francisco Villa, la Nueva Tenochtitlan. No hay motivo para sorprenderse. El gobierno municipal tiene recursos administrativos indispensables para mucha gente: licencias, permisos, autorizaciones, derechos de uso de suelo, calificación de terrenos, tiene también becas, plazas temporales, subsidios, contratos, el gobierno municipal está a cargo de la calle, con el margen de arbitrariedad que ofrece la vida cotidiana. Es por eso el modelo de organización de las “maquinarias políticas” desde que hay ciudades.

Todo es relativamente fácil de entender. Veremos todo eso y mucho más en los meses que vienen, el “antiguo régimen”, como dicen algunos, en todo su esplendor. Ningún candidato, ningún partido las tiene todas consigo. Su imagen difícilmente podría ser peor. Aun así, empeorará, porque todavía no suena la tercera llamada. Son malos tiempos para los políticos, sin duda, pero no para todos. De pronto resulta que el secretario de desarrollo social de Yucatán es un personaje importante, el alcalde de un ayuntamiento menor en Veracruz es motivo de polémica en la prensa nacional, el líder de una organización de taxis ilegales forma parte del cortejo para registrar a un candidato; resulta que un gobernador como Ulises Ruiz, de Oaxaca, es factor fundamental para la elección presidencial. Siempre estuvieron allí donde están, ellos u otros como ellos, haciendo lo mismo que hacen ahora, son el mecanismo que hay entre el interruptor que maneja el candidato y el “voto duro”. Pero han cambiado las tornas. Para ellos son éstos tiempos de prosperidad.

La clase política mexicana, en sus recursos y en sus prácticas, es un parásito de la desigualdad. Su poder, su capacidad para producir orden depende de la necesidad de unos y el miedo de otros, de la ambición, de la penuria y sobre todo de la inseguridad. No se trata sólo de que el Estado tenga pocos recursos, que no haya funcionarios profesionales, que falten leyes o que falte honestidad; el problema es que dondequiera que el Estado interviene para regular, controlar o subsidiar se producen nuevas fracturas sociales, intereses contrapuestos, nuevos espacios de ilegalidad que no pueden administrarse con los recursos formales. Es una consecuencia inevitable de la desigualdad. Cualquiera que sea la forma de intervención del Estado: créditos para vivienda, protección del ambiente, permisos de construcción, subsidios directos, precios de garantía, inversión en infraestructura, irremediablemente produce alguna forma de desorden porque impone una nueva configuración de intereses y relaciones sociales. No sucedería lo mismo si una mayoría razonable de la población tuviese un empleo seguro, bien remunerado, con servicios de educación y salud asequibles, es decir, si el orden social pudiera configurarse aproximadamente como supone la ley. No es un problema moral, no se resuelve dando clases de civismo.

Los políticos, los que conocen su oficio, se sitúan en los márgenes de esos nuevos espacios de ilegalidad, muchos comienzan su carrera como agitadores: organizan, articulan, expresan intereses nuevos. Así se hacen con “su gente”. Su función consiste en politizar los mercados y politizar los servicios públicos; aprovechan las fracturas que hay y donde no las hay las provocan y se convierten en intermediarios de ambulantes, campesinos, microbuseros y taxistas, también de banqueros, empresarios monopolistas, órdenes religiosas. Antes había un orden general al que debían incorporarse todos, había una politización legal de los mercados, que finalmente obedecía a la autoridad del presidente. Eso cambió con las privatizaciones, con la desregulación, la liberalización y la retirada general del Estado; fue un golpe prácticamente fatal para los intermediarios priístas, que ya no hacían falta porque no podían ofrecer nada. Lo de hoy es, por decirlo así, casi una reivindicación de sus funciones, una revancha de la sociedad –ésta, tal como es- en la que hay una especie de justicia poética: la furiosa modernización del fin de siglo ha contribuido a consolidar como nunca antes a los factores reales de poder del “antiguo régimen”.

Hay reformas estancadas, auditorías pendientes, publicación de secretos sucios y machetes en las calles; hay bloqueos de carreteras, motines, linchamientos: son tiempos de prosperidad para los políticos, para los pequeños políticos que producen el orden cotidiano. Los que pueden ofrecer un “voto duro”. La mayoría de las quejas denuncian eso: la rebelión de las masas.

 

La Crónica de hoy, 12 de octubre de 2005