Tolerancia: ingenuidad y cinismo

Etiquetas: , ,

La iglesia católica mexicana, como casi todas, tiene dos varas de medir. Una la usa para sí misma, para sus reglas, su organización y su jerarquía; la otra es para el resto del mundo. Se siente autorizada, más aún: se siente obligada a juzgar cualquier obra y conducta humana, leyes, instituciones y prácticas, pero no puede admitir que nadie la juzgue a ella. Es lógico. En la medida en que es depositaria de la verdad –sin reparos ni falsa modestia: la Verdad-, su posición es absolutamente privilegiada, incomparable con ninguna otra. No sólo pide, sino que exige transparencia, respeto, exige que se acepte su moralidad, pero no aceptaría que nadie le exigiera nada parecido. No puede haber en la iglesia ni transparencia ni democracia, no pueden discutirse los dogmas ni se puede poner en duda la discriminación sistemática de la mujer, por ejemplo.

Habrá quien piense que es una actitud hipócrita pero, insisto, es enteramente lógica y consistente. Digámoslo así: esa hipocresía es constitutiva de la iglesia, está en su naturaleza, puesto que su organización y su doctrina le vienen de dios y no de los hombres. Tiene la misión de cambiar el mundo, pero sólo dios podría meterse a cambiar la iglesia. Por eso es problemática siempre su intervención en la vida pública: porque juega con otras reglas. A más no poder, se acomoda con las leyes vigentes, pero no puede reconocerles plena autoridad; se lo impide su propio catecismo, que es un instrumento de derecho público del Estado Vaticano.

No es nada nuevo, así ha sido siempre y sucede en todo el mundo, con el catolicismo como con el islam. Conviene tenerlo presente. La iglesia católica no es un grupo de presión que quiera conseguir esto o lo otro, no es una corriente de opinión, con una idea particular del mundo: su misión no tiene plazo ni límite. Puede aceptar cualquier regalo que le hagan los legisladores y los gobiernos, pero eso no cambia su naturaleza. En los últimos días se ha centrado en la denuncia airada de los métodos anticonceptivos de emergencia, que en buena hora incluyó el gobierno federal en su programa de salud. Se nota mucho, pero es un detalle y no hay que equivocarse al respecto: la iglesia se opone con la misma energía, como cosa de principio, a todas las políticas de población del Estado mexicano, a buena parte de las campañas de salud pública, al sistema educativo y al Código Civil.

Como toda religión proselitista, tiene el mandato de convertir al prójimo. También al distante. No puede ceder en el empeño de transformar el mundo, incluidas las almas, las leyes y las costumbres. Por la fuerza de las cosas, se resigna transitoriamente a lo que hay, pero no puede admitir tampoco el ser relegada al ámbito privado, porque no puede admitir la distinción entre lo público y lo privado: le concierne la vida entera de todos los hombres. Ahora y en la hora de nuestra muerte. Es decir: es una institución peculiar. Hace falta tratarla en consecuencia.

El tema es muy viejo, ya lo sé, aburre de puro repetido. Ya lo sé. Parece mentira que haya que seguir ocupándose de él. Sin embargo, cuando uno ve a los representantes del Estado hacer ostentación de sus creencias religiosas, en amable diálogo con los jefes de su iglesia para tratar asuntos de interés público, cuando uno los ve tomarse fotos en misa, acompañados de obispos y cardenales para inaugurar obras públicas, cuando nos dicen que habría que pensar en incluir la educación religiosa en el sistema público, es obvio que hace falta volver sobre lo mismo.

Por razones históricas y políticas que no son difíciles de entender, el Estado mexicano tiene que definirse frente a la ambición de la iglesia católica. También de otra cualquiera. Por eso es laico. El principio es muy simple y muy claro: significa que los asuntos religiosos corresponden al ámbito privado. No obstante, en los últimos tiempos se ha vuelto confuso porque se mezcla con el lenguaje de las libertades, típicamente norteamericano. Termina pareciendo que el laicismo es sólo una forma arcaica de la tolerancia, un resabio de otros tiempos que resulta igualmente incómodo para la izquierda bonapartista y para la nueva derecha cosmopolita y contracultural .

Aclaremos: la laicidad no es equivalente al pluralismo, no significa la libre concurrencia de todas las iglesias, sino la exclusión de todas ellas. Cuando se define al Estado o a la educación como espacios laicos no se quiere decir que sean espacios tolerantes, abiertos a la expresión de todas las religiones, sino que se dice que deben ser explícitamente ajenos a toda religión. Sobre esa base se construye la autoridad del Estado, también la posibilidad de integración a partir de una identidad civil: republicana.

Se dirá que han cambiado los tiempos, que estamos muy lejos ya de la Reforma y de la guerra cristera. Es verdad. Pero la iglesia sigue siendo básicamente la misma. Se dirá, se dice que los mexicanos son mayores de edad y que no hay que temer a la manipulación eclesiástica. No es ése el punto. También los franceses son mayores de edad y están de nuevo, en estos días, defendiendo trabajosamente el carácter laico de la república contra una ofensiva integrista, crecida al amparo de la moda multicultural, que ya ni siquiera disimula su vocación teocrática ni su inclinación por el mismo, repugnante antisemitismo de siempre. Han cambiado los tiempos, es cierto: las confusiones de hoy no provienen de la ingenuidad, sino del cinismo.

 

La Crónica de hoy, 3 de febrero de 2004