Estampas de Liliput. Una fantasía gigantesca

Etiquetas:

Si nunca hubiese aparecido Gulliver les habría costado trabajo a los liliputienses darse cuenta de su ridícula pequeñez. No obstante, a alguien se le podría haber ocurrido inventarlo y no sería tan extraño: la compañía de un gigante cordial, educado y bien dispuesto se antoja cómoda, enormemente tranquilizadora. Por eso debe ser que incluso gentes muy poco propensas a la divagación encuentran amable una fantasía así.

Seguramente en el fondo de ello podría descubrirse alguna nostalgia infantil más o menos obvia; también intrascendente. Tiene más miga, en cambio, su significado moral: frente a un monstruo de semejante tamaño, nada de lo que hiciéramos podría ser muy grave. Incluso y con más razón si no existiera, porque cabría hacerlo responsable de todo, de manera irrebatible.

Pudiera ser que una fantasía de ese estilo explicase la propensión a imaginar conspiraciones desorbitadas, de auténtica pesadilla, obra de masones, judíos, jesuitas; también las ideas fabulosas que se tienen acerca del Estado, de Hobbes en adelante. En cualquier caso, se trata de sustitutos pedestres y bastante contrahechos de la divinidad, que sirven sobre todo porque ofrecen un desahogo moral.

Así nos viene sucediendo en México hace mucho. A fuerza de desearlo, terminamos persuadidos de que vivimos a la sombra de Gulliver: la omnipotencia del Estado mexicano es una ilusión casi unánime, que convence a propios y extraños. Lo pintan unos justiciero y otros opresor, cruel, repentinamente democrático; en lo fundamental están todos de acuerdo: es un gigante capaz de cualquier cosa. Por eso parecen sensatas las hipérboles más extravagantes y, según se dice, podríamos haber padecido nada menos que la dictadura perfecta.

A partir de lo que alegan unos y otros, habría razones para esperar, si no esa fuerza avasalladora, al menos un vigor muy considerable del Estado posrevolucionario. Por eso salir a la calle resulta ser una experiencia extraña y desorientadora: el gigante no está ahí ni parece probable que haya estado nunca. El contraste con la fantasía común es decisivo, aparatoso, desconcertante.

Desde luego, en cierto sentido el Estado es una cosa abstracta, más o menos inasible y que por eso no puede verse; pero se manifiesta de un modo muy material y concreto en cuanto se sale a la calle. Y esto al pie de la letra. El Estado y la Ciudad tienen una sola, misma historia en cualquier parte: no sólo han crecido juntos sino que mantienen entre sí conexiones hondas y complejas, casi inextricables, y a la vez bastante ostensibles. Como que no podría explicarse a uno sin el otro. El Estado se expresa mediante la Ciudad que sólo gracias al Estado puede existir como tal.

Así dicho puede sonar confuso: en realidad es algo simplísimo y que cabe apreciar a simple vista. Una ciudad consiste básicamente en un sistema de calles: un conjunto ordenado, coherente, significativo de calles. Y con eso se dice más de lo que parece.

Una calle se distingue de un zanjón, de una brecha, por su carácter de cosa pública, que le asigna una serie de funciones cuya utilidad es, literalmente, inapreciable. Resumiéndolo todo lo posible hay que decir que las calles sirven para ordenar el espacio -el espacio común y el privado, en sus múltiples usos- y para ordenar también el tránsito.

Hay, por supuesto, una serie de requisitos materiales para que una calle pueda serlo. Son muy obvios y también, al fin y al cabo, casi intrascendentes: asfalto, pintura, alguna forma de alumbrado, indicadores de nomenclatura e incluso ciertos mínimos detalles de decoración. No basta nada de eso porque no sirve para poner orden: no es decisivo, ni mucho menos, para establecer cómo se usa el espacio. Para eso hacen falta leyes; para ser más exactos, hace falta que se cumplan las leyes.

Hacer una ciudad es una tarea legislativa descomunal, interminable. Lo sería incluso si se regulasen apenas los asuntos más graves y perentorios. La más escueta enumeración resulta abrumadora: normas sobre uso del suelo, sobre espacios privados, públicos, comerciales, reglamentación del tránsito, una relativa organización del transporte colectivo, ciertos criterios generales de orden público y policía… Esa complicadísima trama de leyes, reglamentos y ordenanzas es lo que convierte al sistema de calles en un bien público: singular, indispensable, tan indispensable que sólo llega a descubrirse cuando falta.

Y bien: lo que cualquiera puede apreciar a simple vista es que en la Ciudad de México no hay calles. Las que existen como cosa material, con alumbrado y pintura, son con frecuencia intransitables y ponen un orden más bien aproximativo, poco fiable. Su existencia como bienes públicos es dudosa, en el mejor de los casos intermitente, si no es que nula.

Sería algo extraño y notable que nuestro Gulliver revolucionario se hubiese olvidado de la ciudad o no le concediera importancia. Más bien parece que no puede con ella.

Hay una disculpa superficial y tramposa: la ciudad es enorme. Es cierto, pero también irrelevante. Las calles son intransitables por muchas causas que no tienen que ver con el tamaño de la ciudad. La más obvia y escandalosa, la que suele provocar mayor indignación en el momento, es la rutina de las manifestaciones, marchas, plantones, sentones y demás intentos políticos multitudinarios. Dos docenas escasas de inconformes con lo que sea pueden imponerse, sin dificultad considerable, cerrando el tránsito dondequiera. Y no hay más remedio que esperar a que se aburran.

Puede ser muy molesto y sin embargo hay en ello todavía un atisbo de reconocimiento de la naturaleza pública de la calle. En teoría, una manifestación callejera es ápice de una lucha política: un enfrentamiento entre la ciudadanía -una porción de ella, se entiende- y el poder público. Ocupar la calle tiene un profundo, serio sentido cívico. Por cuya razón el asunto suele resolverse en los países civilizados con gases lacrimógenos, balas de goma y cargas espectaculares de la policía montada.

Entre nosotros sería impensable algo así y rara vez ocurre. Ni por un lado ni por el otro ofrecen las manifestaciones ese aspecto épico, sensacional. Las más de ellas reúnen, en efecto, a dos docenas de gentes que piden las cosas más pueriles e intempestivas y que interrumpen el tránsito un día tras otro, sin consecuencias apreciables. La dimensión política llega a ser tan irrisoria que el acto se convierte en otra cosa: una especie de ritual sin dignidad, un festejo desganado, insulso, que sobre todo impresiona por su vacuidad. Se trata de ocupar la calle porque sí, porque se puede.

Por más estorboso que sea, finalmente parece ridículo porque cualquier automovilista hace poco más o menos lo mismo –tomarse la calle- y sin necesidad de pretextos políticos: con toda naturalidad. El tránsito se arregla por eso a partir de la urgencia, la comodidad, la ocasión, también a partir de la audacia o la ineptitud de cada cual. Observar la circulación de coches en la Ciudad de México es un espectáculo sobrecogedor, que suspende el ánimo. Una tan pareja y vigorosa manifestación de incivilidad no puede más que ser deliberada: lo que se ve no es escepticismo ni desgana, sino una hostilidad muy positiva hacia cualquier cosa pública. Sin duda el tema tiene un hondura insondable; lo cierto es que las señales de tráfico inspiran odio y desprecio, y por algo será.

Aunque parezca extraño, el resultado de todo ello no es un desorden absoluto, irreparable. La perfecta anarquía es tan rara, tan difícil de encontrar como la disciplina: hay algo distinto, hay formas muy previsibles y bien arregladas de la prepotencia. En cada caso, cualquier ciudadano sabe quién puede más, qué puede hacerse y qué es lo que no tiene remedio. Se dirá que es la ley del más fuerte y lo es, sin duda; por otra parte, en la medida en que se cumplan, todas lo son. Lo único peculiar del caso es que el Estado no sea el más fuerte: que contra él se impongan, con graciosa soltura, otros muchos poderes y, en particular, dos enormes aparatos políticos, el de los ambulantes y el del transporte colectivo.

Los tianguistas y ambulantes deciden sobre el uso del suelo y el derecho de tránsito sin atender a otro criterio que su necesidad. Imponen límites, condiciones y servidumbres a la propiedad privada con una eficacia inalcanzable para las leyes y sin apelación. De hecho, en su modo de apropiación y organización del territorio cabe reconocer los atributos clásicos de la Soberanía, en su correcto sentido político.

Con parecido poder para lo suyo campan por sus respetos los dueños, administradores y conductores de los vehículos de transporte colectivo. Podría ser, desde luego, que encontrasen algún placer material y sustantivo en la transgresión puntual de toda regla; casos hay en que esto no ofrece dudas. Lo decisivo es, de cualquier manera, el sentido de afirmación política que eso lleva consigo y que no es trivial.

El predominio de unos y otros es un hecho contundente aunque también relativamente pacífico y, por eso, intrigante. Frente a un desafío de esa índole, ese Estado gigantesco, que pudo ser perfectamente dictatorial debería reaccionar con una violencia ilimitada, incluso con saña: si hubiese lógica, las calles serían escenario de una lucha permanente y encarnizada. No es así.

Los agentes de policía, los inspectores de vía pública y los otros incontables funcionarios no luchan a brazo partido contra la ilegalidad. Suele vérseles bastante apoltronados, cómodos y se diría que también contentos. Cada quien usa la calle como mejor le conviene, como si fuese un bien mostrenco o de otro modo dispuesto para su apropiación particular y los funcionarios hacen otro tanto con la parte que les toca. Seguramente tienen razón. Ellos cuentan como recurso propio con las leyes, que son tanto más útiles cuanto más disparatadas e impracticables, y les sucede lo mismo que a los políticos: lo último que querrían sería una ciudad ordenada. Para ellos el Estado es verdaderamente el enemigo, y de un modo mucho más próximo, material y entendible.

No es extraño que seamos aficionados a la fantasía gigantesca del Estado. Mientras resulte creíble podrá disculparnos de casi todo. Sería francamente desagradable, en cambio, tener que vernos reflejados en ese otro orden que hemos hecho entre todos. Por eso nos sorprendemos, varias veces cada día, ante tianguis, mordidas, plantones, motines, accidentes, que se nos antojan excepciones rarísimas y muy apropiadas para escandalizarnos. Por mucho empeño que pongamos, no obstante, la ilusión no deja de serlo: no tenemos calles y no está Gulliver para remediarlo.