Una historia triste

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Días atrás hubo una manifestación en San Cristóbal, con la presencia de algunos jefes del EZLN; hubo las diatribas habituales contra el gobierno, el Congreso, la Corte y los partidos, clamoreo de protestas con ruido de machetes y poco más. A falta del líder, hablaron siete comandantes, todos igualmente radicales y amenazadores, como siempre: anunciaron que ejercerán la “libre determinación” con ley o sin ley, porque no obedecen a nadie más que a “sus pueblos”; denunciaron a los poderosos que quieren globalizar la muerte y vindicaron su derecho a “opinar sobre el mundo y ofrecer alternativas contra el neoliberalismo”. La verdad es que no hubo quien se tomara en serio ni el acto ni los discursos. Algunos diputados hicieron las declaraciones de cajón y punto. La prensa internacional reportó el episodio, si acaso, en cuatro líneas, como nota pintoresca. El caso es triste.

La del EZLN ha sido una historia extraña, infortunada (la de los campesinos de Las Cañadas, mucho más triste, más oscura también: casi nadie sabe de ella). Comenzó siendo la Revolución del Siglo Veintiuno, hace nueve años: una política novísima, de notoriedad mundial. Hoy apenas sirve como noticia de relleno. Sin haber logrado otra cosa que dislocar la vida política –y la vida diaria- de una buena cantidad de comunidades campesinas. De hecho, aparte de las siglas, lo que hoy queda es una porción de gente armada, que vive de cobrar peaje en las carreteras locales, con una organización descabezada y sin propósito. Quedan varios miles de indígenas atrapados en conflictos sin solución, cada vez más enconados, mientras el ejército y la policía discretamente se hacen a un lado.

Por muchas razones, la aparición del EZLN tuvo un éxito publicitario asombroso. Ocasionó un entusiasmo que hoy parece inverosímil. Tengo la impresión de que en ese inicio –espectacular, deslumbrante- estaba ya este final desangelado y oscuro, lento, agónico. Por supuesto, la publicidad resultó utilísima en un principio. Lo malo es que la mercadotecnia tiene sus reglas: el EZLN se convirtió en un “producto” y acabó –muy pronto- sometido a la misma lógica que cualquier otro producto. No estaba previsto, pero los consumidores querían ver una guerrilla pacifista, indígena, de una pureza y una intransigencia absolutas. Eso fue. Hacía falta, además, una imagen de marca lo bastante reconocible, seductora, como puede serlo el enmascarado misterioso y sentimental –pipa, cananas, audífono, pistolas- que se refugia en la selva. Así se hizo. Pero sobre todo se necesitaba un mensaje simple, sonoro, tan vacío y evocador como fuese posible: por ejemplo, “Larráinzar”.

El resultado ya se sabe. Hacía falta resumir, de modo que la miseria del mundo vino a quedar representada por los indígenas mexicanos, identificados todos ellos con los indígenas chiapanecos, reducidos a la población de las Cañadas, cuya imagen era el EZLN, que se materializaba en el Subcomandante Marcos. Ideal, como mandado hacer para la coquetería justiciera de intelectuales, artistas y famosos de todo el mundo, que podían tomarse una foto atendiendo a la miseria del mundo, sin contar con su utilidad como munición propagandística para cualquier protesta, donde fuera, contra lo que fuera. Pero eso es lo de menos. La misma lógica se aplicó a la solución –imposible de encontrar- para los males del mundo, condensados en Chiapas: había una única solución global, justa, pacífica y digna, que estaba ya escrita en los Acuerdos de Larráinzar y que se resumía en la iniciativa de ley de la Cocopa. De modo que era un juego de todo o nada en el que, de hecho, la mercadotecnia recomendó siempre optar por la nada: el rechazo absoluto que es lo único compatible con la pureza absoluta. En otras palabras, para ser un éxito publicitario, el EZLN tuvo que desaparecer como formación política. Era así desde el primer día en que Rafael Guillén se puso a hablar con los periodistas y quedaron todos fascinados.

Los problemas de Chiapas, los del campesinado, los de los indígenas mexicanos son otros, muchos, mucho más complicados; eso lo sabe cualquiera que mire las cosas de buena fe. Los Acuerdos de Larráinzar son una mezcla incoherente de quejas, promesas, derechos viejísimos, promesas irresponsables y simples disparates; escritos además para conseguir el nihil obstat del Obispo Ruiz, por cuyo motivo no hay en ellos ni una línea respecto a la tolerancia religiosa o la tasa de crecimiento demográfico, como si no fuesen problemas en Chiapas. Lo sabe cualquiera que quiera leer los acuerdos. No son “la alternativa al neoliberalismo”, ni de broma. La actual legislación indígena, siendo mejor que la propuesta de Cocopa, tampoco se acerca a resolver casi nada. Lo sabe cualquiera que lo estudie de buena fe. Lo que pasa es que ya no importa nada de eso.

Son nueve años: la realidad no ha cambiado mucho. En algunas partes, como en Las Cañadas, ha empeorado. Pero eso no tiene ningún valor publicitario a estas alturas. Nueve años son demasiados para cualquier campaña publicitaria. La lógica de la mercadotecnia pide algo nuevo, distinto: por ejemplo, la Nueva Democracia del Siglo Veintiuno, sin selva y sin indígenas, o cualquier otra cosa. El propio Rafael Guillén, Subcomandante Marcos, se ha aburrido hasta del estilo “indígena” con que solía escribir y está ahora, él sabrá por qué, encandilado con ETA, y envía a sus “escuderos” (perdón: él los llama así) a dar la cara por él y defender en San Cristóbal “la lucha del pueblo vasco”. No será tan popular, pero al menos consigue alguna atención en la prensa.

El EZLN –esa extravagante guerrilla pacifista y de pureza intratable- es un producto que ya no sirve; el mecanismo de la publicidad, que tanto contribuyó a su auge, ha producido el desalentador, doloroso espectáculo de estos despojos. Con apenas dos reporteros, los comandantes zapatistas terminaron de arengar a los congregados: anunciaron que su lucha apenas está comenzando; después se subieron todos a sus camiones, pacíficamente, para volverse a una selva que ya no es noticia. Es una historia triste, muy de nuestro tiempo: algo similar, por cierto, le sucedió al Presidente Fox. Sigue Lula.

La Crónica de hoy, 7 de enero de 2003