Una política indecorosa

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Lo más grave que hay en la ambición de Martha Sahagún es que sea necesario hablar de ella, porque efectivamente está en el centro de la vida pública. Implica demandas, comisiones de investigación, exhortos del Congreso, declaraciones de todos los partidos y confusas, airadas intervenciones del Presidente. Eso significa que ya no queda casi nada del valor simbólico del Estado. La política es cosa de motivos personales, deseos personales. Un pleito entre jefecillos de tribus enanas, para ver quién manda más. El caso Sahagún es sólo un síntoma, y uno entre muchos, pero resulta particularmente revelador.

Es posible que haya operaciones ilegales en el manejo de la extraña Fundación Vamos México. Es probable que haya actitudes de dudosa moralidad en el uso de la influencia personal para gestionar donativos o apoyos públicos. Lo peor de la ambición política de la señora Sahagún no es que sea ilegal ni que sea inmoral, sino que es indecorosa. Pero el decoro es algo tan absolutamente obvio que casi no puede ni explicarse: si no hay el sentimiento del decoro como un límite definitivo, insalvable, entonces no hay nada que hacer.

La señora Sahagún quiere ser Presidenta porque ya se acostumbró a vivir en Los Pinos y le gusta. Eso dijo. Quiere ser Presidenta para hacer el bien. Su programa político es el amor a México, nada más y nada menos. La señora Sahagún quiere ser Presidenta porque puede y tiene ganas. Porque está en su derecho, como cualquiera. Con la ventaja de que no es cualquiera, sino la esposa del Presidente. Insisto: aunque no fuese nada ilegal, es indecoroso. Se ve feo. Y esa nimiedad, el hecho de que se vea feo, cuando se trata de la autoridad del Estado, resulta muy grave.

Era muy fácil hacer burla de la solemnidad de los viejos políticos priístas, porque tenía su lado cómico. En ocasiones daba un aire de rigidez monárquica, desorbitada. En ocasiones era además de una hipocresía transparente. Con razón o sin ella, esa rigidez terminó siendo para muchos uno de los signos característicos del autoritarismo. Ahora bien: a pesar de que se manifestara con más o menos torpeza, a pesar de la hipocresía, tenía su mérito. Indicaba que había al menos una vaga conciencia de lo que significa un puesto público. Indicaba la idea de que hay una dignidad que corresponde a los puestos públicos, que hay algo impersonal en la función pública y que pone límites a lo que se puede hacer o decir: por lo menos, aunque sólo fuera eso, que pone límites a lo que se puede hacer o decir en público. Dicho de otro modo: había la conciencia de que hay cosas que se ven feas. Y que un político no se las puede permitir, por esa sola razón.

De esa nimiedad está hecho el valor simbólico del Estado, su capacidad para inspirar respeto. Que es algo tanto más necesario cuanto más precaria y más débil es la estructura material del Estado.

Bien: eso es lo que hemos perdido. Eso es lo que le falta a nuestra clase política, casi toda. No tiene ya sentido del decoro. El de la señora Sahagún es sólo un caso entre otros. No le pide nada a las intemperancias de la diputada Elba Esther Gordillo. Lo mismo habría que decir del señor López, Jefe de Gobierno, que despacha las preguntas incómodas con una burla o cantando una canción y hace chistes de su capacidad para saltarse las leyes. Lo mismo habría que decir, sin duda, de las salidas de tono del señor Presidente, de sus bromas de mal gusto.

A nadie le parece que sea importante. Todo se les juega en las encuestas de popularidad y resulta que a la gente le gusta esa cercanía campechana de Vicente o Andrés Manuel. En eso estamos.

 

La Crónica de hoy, 17 de febrero de 2004