Una virtud antinatural

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Contra lo que era su costumbre, los curas han empezado a hacer política en serio, quiero decir: en público, remangados y sin hacer melindres. Debe ser que ven la cosa muy mal o, al revés, que la encuentran madura y a punto. Quién sabe. El caso es que, con total olvido de sí, están metidos hasta los ijares y muy puestos a resolver (digo resolver, no revolver) los problemas políticos del país. En vista de lo cual y sin ánimo entrometido, acaso convenga corresponderles y ocuparnos nosotros un poco de los problemas eclesiásticos.

Según lo que parece y se publica, allá en sus adentros la gente de Iglesia tiene sus más y sus menos con la regla del celibato sacerdotal. Que es como los candados del PRI, pero a lo bestia. Y que muchos encuentran francamente incómoda y restrictiva (con razón, digo yo).

Un simpático Movimiento de Sacerdotes Casados ha salido, en días recientes, en defensa de la fornicación con muy agudas razones y datos que -no es por nada- resultan un poco escandalosos. En resumidas cuentas que, en México, uno de cada tres sacerdotes «vive en concubinato, tiene pareja o simplemente no ha acatado el celibato»; aparte de eso, por lo visto, muchos otros hay que abandonan el sagrado ministerio o de plano no se animan por la misma razón. O sea que no todos los que descubren su vocación tienen en grado suficiente esa virtud moderativa de las pasiones concupiscibles que hace falta para abstenerse de los actos venéreos y deleites carnales.

Lo que se les ha ocurrido como solución a los miembros del dicho Movimiento es que se suprima el voto de castidad. Es decir: que razonando muy humanamente quieren disfrutar del deportivo solaz del fornicio sin cargo de conciencia y sin la molesta obligación de colgar los hábitos. Algo así como el pase automático. Los obispos, por su parte, dicen que no hay que hacer ni caso, que eso no es motivo de preocupación y que ya se les pasará.

Pero, pensémoslo un poco. Lo que las cifras dicen es que de cada tres sacerdotes uno es un sinvergüenza (lujurioso e hipócrita para empezar). Habría que averiguar, puestos en vena, cuántos de ésos además golpean a sus mujeres o les ponen cuernos o incluso usan condón; cuántos de los otros meten mano al cepillo, cuántos hacen trampa en su declaración de impuestos, cuántos hay golosos y bebedores y mentirosos, que los habrá. A ver si no va a resultar con los regaños de los curas lo de la paja en el ojo ajeno. Y, dicho sea de paso, lo más escandaloso de todo es que los obispos digan que les da igual.

Dejemos eso para mejor ocasión y vayamos a lo de hoy: el celibato. Mi idea es que debe mantenerse, definitivamente. Dicen los Sacerdotes Casados que es antinatural y tienen razón; lo que pasa es que la institución toda de la Iglesia es antinatural, como lo es en conjunto la civilización (por fortuna). Pero no sólo es por eso. A uno le parece, conociendo el percal, que esos mismos que están hoy tan ansiosos por casarse, tardarían poquísimo en estar deseando divorciarse y por ese camino, paso a pasito, de los diez mandamientos no quedarían al final ni los decimales.

Hoy que se miran con tanto aprecio las tradiciones, habría que defender con celo propiamente evangélico el celibato sacerdotal. Exigir a nuestros curas un mínimo de conciencia profesional: que sean castos, pobres y obedientes. O que se dediquen a otra cosa.

 

El Universal, 1997