Y el vivo, al bollo

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Dirá cada cual lo que más le convenga, pero la verdad es que nadie se sorprende del embrollo en que están todas las investigaciones de los asesinatos célebres de los últimos tiempos. Y no porque se dude de la capacidad y competencia de nuestros policías; eso no viene al caso, porque no son en ello más que comparsas.

Nadie se sorprende tampoco del atolondrado trastabilleo con que caminan los procesos de Ruiz Massieu o de Raúl Salinas, con presos y testigos que dicen y se desdicen según soplen los vientos. Nadie se sorprende, salvo los gringos, y es natural: ellos están acostumbrados a arreglar sus asuntos de otro modo, y no hay por qué extrañarse, que cada quien tiene su forma de matar pulgas o de dejarlas estar en paz.

Algunos políticos, sin embargo, encuentran útil y aprovechable hacer aparatosos aspavientos por la ignorancia en que todos estamos, como si fuese algo nunca visto. Con la ligereza de espíritu que les es propia, ponen a los muertos a militar en sus filas, o procuran echárselos encima a quien les quede más a mano, por ver si sacan algo con ello.

Tampoco hay motivo para extrañarse por eso, es la verdad. El festejo de los muertos ha sido siempre un recurso indispensable de la política. Porque siempre es posible, y con mucha frecuencia es también necesario, convertir a los muertos en mártires de esto o aquello, en síntoma o evidencia de lo que sea. Con más razón, incluso, en este pobre país, porque no parece sino que disfrutamos mucho los mexicanos de poder contarnos nuestra historia como si fuese una novela negra.

En los libros de texto o en los discursos de los políticos, la nuestra es una historia sangrienta, plagada de héroes asesinados y traidores malísimos. Guerrero y Pittaluga, Madero y Huerta, Zapata y Guajardo, basta oírselos mentar a alguien para saber de qué va la cosa, y no hay más remedio que alinearse con los buenos. La cosa se enreda más con los muertos recientes, porque no ha cuajado todavía un cuento que pueda pregonarse.

Están por eso los políticos, todos, envedijados y repartiéndose coscorrones, zancadillas y mordiscos, para ver quien se queda con los muertos. No hay que reírse, porque la cosa es seria, y alguno de los alegatos que hoy nos parece ridículo estará dentro de pocos años en los libros de texto, como una señal más de la inquebrantable voluntad del pueblo mexicano.

Tampoco conviene enojarse, ni hay que tomárselo muy a pecho. Al fin y al cabo, los políticos no hacen sino cumplir con su trabajo. De buena fe hacen lo suyo, que es exhibir la indignación, la angustia y hasta la histeria que conviene al momento, contando con que nosotros haremos lo nuestro, es decir, mirarlos con una enorme desconfianza y oírlos como quien oye llover. Parece cosa fea, es cierto, que se apresuren a sacar tajada, como se dice, o a llevar el agua a su molino; pero seguramente piensan, quién sabe si con razón, que no hay sino apechugar con lo que venga: el muerto, al hoyo, y el vivo al bollo.

El Universal, 1995