Y próspero año nuevo

Etiquetas: , , ,

Termina el año más o menos como empezó, y como han empezado y terminado los últimos diez o veinte

, o más –con el mundo entero al borde del abismo. Lo bueno, lo malo, es que ya estamos acostumbrados, y el abismo empieza a tener un aspecto casi tranquilizador.

Acaso una de las claves para empezar a descifrar el futuro esté en el destino del kemalismo en Turquía: como ejemplo, como hecho político, como signo. Más que una ideología, el kemalismo es prácticamente una religión civil: un credo laico, autoritario, burocrático y entusiasta, modernizador, nacionalista, con la inercia genocida de los nacionalismos étnicos. Al cabo de un siglo, no está claro que tenga vitalidad suficiente, y por eso no está claro que Europa siga siendo el futuro para la clase política turca –y no está claro en qué consiste la alternativa que trata de articular Erdogan. En todo caso, el futuro de Turquía condiciona el del Cáucaso, la frontera oriental de Europa, la relación de la OTAN con Rusia, la solución de la crisis Siria.

Es otro reparo, otro indicio: la guerra civil en Siria. Es claro que ya no puede seguir mucho más tiempo, al menos no con los niveles de violencia de las últimas semanas. Pero es imposible saber cómo vaya a ser el desenlace: con o sin Rusia, que será con Rusia, con o sin Bashar Al-Assad, con o sin Irán, con Arabia Saudita, que no puede desentenderse, con Irak o una parte de Irak –y una parte de Líbano. Si se piensa un poco, no cabe duda de que el hundimiento del régimen del Baas en Siria va a ser para la región más grave que la guerra de Irak, mucho más que la guerra interminable de Afganistán. Y podría ser el eje definitivo para la evolución del problema palestino. Mirando el mapa, uno tiene la impresión de estar de regreso en 1919, en 1921. Todo puede suceder.

La experiencia reciente, por otra parte, dice que es igual de importante, si no más, lo que viene después: el cruel verano de la venganza, después de tanta primavera. Y no pienso sólo en Egipto, aunque hay que pensar en Egipto, sino en Libia, y en todos los países del Sahel, empezando por Mali. Ninguno se libra de las secuelas de conflictos como los que ha habido. La comunidad internacional hace encaje de bolillos para decidir que este sí, este no –y nadie sabe bien a bien por qué motivo.

La ortodoxia humanitaria, legalista, dice que a continuación siguen los juicios por crímenes de lesa humanidad –la “justicia de transición”, o como se le llame, que es mucho más complicada de lo que cualquiera querría imaginar. En Bangladesh, pongamos un ejemplo, se están juzgando en estos meses los crímenes de guerra cometidos durante la partición, a fines de 1971. El problema, el primero de ellos al menos, es que es el gobierno el que está juzgando, cuarenta años más tarde, a quienes entonces resistieron la partición, con apoyo de Pakistán –y que hoy forman parte de la oposición parlamentaria. El presidente del tribunal, Mohamed Nizamul Huq, renunció hace unos días, entre acusaciones confusas de parcialidad, irresponsabilidad, corrupción, tanto da.

La luz viene siempre de los Estados Unidos, faro de la democracia y la legalidad. Y que tiene remedio para todo –siempre el mismo. Todavía aparecen fotos en la prensa del llanto de los padres de los niños asesinados en Newtown, las fotos del llanto del presidente Obama: la conclusión que vienen a sacar unos y otros es que tendría que haber muchas más armas en las escuelas, que los niños deberían ir con mochila anti-balas, y los profesores tendrían que tener al menos un par de pistolas en el escritorio. Si se mira la crisis financiera, la lógica para enfrentarla es la misma: ¡más madera! Pero volvamos a las balas. La legalidad estadounidense es generosa, pragmática, realista, y entre otras cosas permite que la CIA se emplee en dar “golpes por afinidad” –es decir, asesinar a distancia, normalmente con un avión no-tripulado, a varones en edad de combatir, cuyas características son semejantes a las de los miembros de un grupo terrorista. Son “signature strikes” en el lenguaje oficial, “crowd killings” en el lenguaje coloquial: sin adornos, se trata de matar a los que parecen terroristas, en bola y sin más averiguaciones. Así se resuelven las cosas.

Mientras tanto, a Alemania le falta tiempo para hacer un caldo con la gallina de los huevos de oro (el resto de Europa pone los condimentos). Y México, esto lo digo de paso, no tiene nada que decir sobre los asesinatos por afinidad, ni sobre Siria, ni sobre lo que pasa en el Sahel, en Turquía, ni en ningún otro lado. Ni en Guatemala. México no sabe, no contesta –habla en voz bajita con los gringos, y al resto del mundo le desea un próspero año nuevo.

Al cerrar el periódico parecen casi sensatos los miles de rusos que siguen las enseñanzas de Vissarion Cristo, que se han reunido en lo más profundo de Siberia, en espera de lo peor. Pero tampoco será para tanto. El mundo no se acabó el día 21. No se acabará mañana.

La Razón, 29 de diciembre de 2013